Clamores acallados

Por Sebastián Mora. Secretario General de Cáritas Española

No soy especialmente animoso a celebrar los “días mundiales de”.  Se convierten, al menos la mayoría de ellos, en una liturgia vacía y hueca. Discursos, declaraciones, focalización acelerada en los medios de comunicación, participación de grupos de interés o afectados… y hasta el año próximo. Seguramente me estoy convirtiendo en un peligroso escéptico de los rituales sociales que nos convocan a la nada y nos invitan a permanecer inmóviles. Sin embargo, hoy es un día distinto. Hoy es el día de la justicia social. Y a pesar de mi ateísmo en los “días de” hoy es un día necesario  porque es ineludible que reconstruyamos nuestra esperanza en un mundo más humano y cálido. Hayek (teórico del liberalismo más radical y padre intelectual de muchos de los discursos actuales) decía que después de años de estudio llegaba a la conclusión de que “la expresión justicia social carecía de sentido”.  Yo después de contemplar la realidad, desde el evangelio, he llegado a la convicción de que el compromiso apasionado para construir un mundo desde la justicia social pertenece al mensaje central de la Buena Noticia de Dios. Por eso hoy es un día necesario.

Si miramos a nuestro alrededor, con cierta limpieza, a nadie se le escapa cómo fluye el dolor y sufrimiento de tantas personas expoliadas y expulsadas de sus derechos más básicos. El mundo “gime bajo dolores de parto”  y hay “clamores que traslucen opresión”. Esta visión no la tenemos unos “cuantos tristes” que parece que estamos interesados en que las personas se radiquen en un eterno valle de lágrimas. Me parece que negar, acallar y silenciar el “clamor del pueblo oprimido y ultrajado” no es un ejercicio de bondad política y optimismo antropológico. Simple y llanamente es una irresponsabilidad dolosa con la realidad.  La desigualdad social, cultural y económica se ha instalado en nuestro mundo no como una cualidad superficial y casual sino como un elemento estructural de nuestro sistema socioeconómico. Estas desigualdades muestran de manera radical las heridas de nuestro mundo. Más bien, podemos decir,  vivimos en un mundo de injusticia social.

La justicia social, mucho antes de tener un día celebrativo, antes de ser un concepto central de la filosofía política, previo a convertirse en una noción clave de todas las polémicas políticas, ha sido un “grito descarnado desde el dolor del mundo”. Y por eso debemos reconocernos y reconfigurarnos desde esas voces que reclaman dignidad, equidad, solidaridad. Voces que provienen de vidas ajadas en ”muros y vallas” de la vergüenza. Voces emitidas desde lugares recónditos del mundo pidiendo pan y libertad. Voces expresadas desde espacios de violencia infinita y sangrienta que profana vidas por ser diferentes. Porque no podemos olvidarnos de las víctimas de una “globalización de la indiferencia” que aprisiona y avasalla a los débiles.

Más que el día de la justicia social como concepto enlatado y ornamental os invito a que celebremos el día de las víctimas de la injusticia social. Que nos paremos a contemplar,  oír y sentir sus latidos. Os invito a que escuchemos sus voces y las hagamos nuestras aunque tengamos que arriesgarnos. Os convoco a caminar junto a ellos para reconstruir este mundo desde las periferias. La justicia social solo será posible si sabemos reconocer que hay que construirla desde las fronteras de la injusticia con las personas y pueblos cuyos clamores son continuamente acallados. 

Foto: Francisco Campos SJ

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