El 25 de enero celebramos el quinto aniversario de la Revolución egipcia. Un día en que la ciudadanía egipcia hizo historia, levantándose como protagonista en la emblemática plaza de Tahrir hasta quitarle el poder al “faraón” que en aquellos momentos les oprimía, Hosni Mubarak.

Desde entonces, “mucho ha llovido” en este desértico país. En el anterior aniversario (Tahir a cuatro años de la Primavera: entre derechos y credos) y otros posts, hemos hablado de lo que vino después.

Aquellos momentos aún están en la memoria de la ciudadanía egipcia como un momento que marcó sus vidas y la historia de una manera inigualable. Permanece así entre quienes apoyaron la revolución y entre quienes piensan que fue el peor error de este pueblo. Lo que nadie duda, es que aquello fue historia, aquello marcó un antes y después como nunca habían vivido.

Pero este 25 de enero, día marcado en el calendario oficial de la República de Egipto como fiesta nacional, no se ha celebrado aquel día. Se ha celebrado el Día Nacional de la Policía. Esta generación tiene muy vivo el recuerdo de la Revolución, pero, ¿quién sabe qué historia leerán los niños y las niñas en próximas generaciones? Quizá algunos nunca lleguen a saber que una vez, la ciudadanía de su país unió sus fuerzas y consiguió lo que parecía imposible, vencer a Goliat.

La historia la escriben los vencedores, esa es la que se imprime en los libros de texto, la que marca los calendarios que regula las celebraciones de un país y la que se escribe en las placas de las plazas públicas. Por ejemplo, plaza más famosa de la resistencia de los Hermanos Musulmanes inmediatamente posterior al Golpe de Estado, la Plaza de Rabaa El-Adawiya donde se llevó a cabo la masacre de miles de personas que protestaban, hoy ya tiene el nombre del Fiscal general, Hisham Barakat, después de su asesinato. Así se escribe la historia, la que pasa de generación en generación, la escribe quien está en el poder.

3.000 vidas cobradas en brutal represión, 40.000 encarcelados, y sin números claros de los constantes desaparecidos.

Las ONGs tienen serias dificultades para operar en el país y continúan los juicios contra periodistas.

Como respuesta a la creciente amenaza del extremismo islámico en la península del Sinaí, el gobierno aumenta la represión.

El pasado octubre 12.000 personas fueron arrestadas por sospecha de relación con el terrorismo. Las cárceles están desbordadas.

Y es que, se dice, se respira y se vive que “los derechos humanos están entre paréntesis porque hay otros temas prioritarios y urgentes”. Esa es la doctrina oficial, defendida por el gobierno, el argumento utilizado para aniquilar la libertad de expresión, para cerrar ONGs y encarcelar a periodistas. Argumento también apoyado por la Iglesia copta y ampliamente entendido como “lo lógico y obvio dadas las circunstancias”.

A todo esto hay que añadir que, con el turismo desmantelado, la economía sigue precipitándose vertiginosamente. Y sí, hay mucha gente muerta, desaparecida y encarcelada, otras tantas muertas de miedo y calladas. Pero aún así el gobierno de al-Sisi tiene un apoyo tremendo, me atrevo a decir que si hubiera elecciones libres saldría ganador sin duda. Mucha gente está contenta con su líder, hay mucha otra gente que no lo ve como la opción deseable pero sí como la mejor opción real.

Me doy cuenta también de la importancia de las referencias. A menudo escucho a muchas personas egipcias decir “gracias al Sisi estamos mucho mejor que Siria y Libia”. Durante la época de Morsi, se escuchaba continuamente la frase de “vamos a convertirnos en un Irán”.

Claro que es normal mirarse en los vecinos. Pero ojalá que un día, podamos aspirar no sólo a no caer en lo peor si no a construir algo mejor. Creo que ese cambio de mirada es fundamental.

En esta línea me encuentro cada día con asuntos espinosos que me resultan muy de frontera. Por ejemplo, la Iglesia egipcia apoya en bloque al-Sisi. Hace poco tuve un momento impactante con respecto a este asunto. Se trata de la misa de la Navidad (que como ya hemos mencionado otras veces aquí se celebra el 7 de enero); Abdel Fatah el Sisi, asistió a la catedral en la misa de Navidad y pronunció un discurso de apoyo a los cristianos.

La ovación en la catedral fue indescriptible. El fervor de los fieles se elevó al infinito.

Hay que decir además que es el primer dirigente que asiste a los actos oficiales religiosos cristianos. Esto sin duda es un buen signo para una minoría religiosa que se ha visto sistemáticamente perseguida y/o fuertemente discriminada.

Como el asunto que aquí nos ocupan son las fronteras, y mirar desde el punto de vista de otros , traigo aquí algunas de estas visiones que en el día a día me encuentro aquí con una normalidad absoluta, especialmente en ámbitos cristianos, en los púlpitos y en las calles. Por eso, aunque yo para bien o para mal tenga mis respuestas, quiero acercar algunas preguntas que en algunas partes del mundo no están nada claras.

¿Pueden los derechos humanos ponerse entre paréntesis por las así denominadas “cuestiones de seguridad”?

La Iglesia en Egipto ha sido víctima de violación, represión y aniquilación sistemática a lo largo de su historia. ¿Está justificado que apoye a un gobierno militar que por primera vez “la ve con buenos ojos” y le ofrece apoyo y protección?