Ciencia, técnica y vida

Hay una creciente desconfianza en la vida que se trata de amortiguar con una fe ciega en la ciencia y la técnica. Proliferan los “cienciólatras” y “tecnólatras”. Desengañados de la vida, de una naturaleza que causa desastres y enfermedades, y de los propios seres humanos que son incapaces de erradicar la injusticia y la violencia, se vuelven hacia la técnica y la ciencia. Creen que los avances científicos y tecnológicos permitirán tomar decisiones más adecuadas y justas. Los robots y en general los procesos automatizados podrán sustituir la acción humana perfeccionándola.

Automóviles, trenes y aviones sin conductores. Operaciones quirúrgicas sin cirujanos. Aprendizaje a distancia sin profesores. Fabricación con impresoras 3D (industria 4.0). Programas informáticos que establecerán emparejamientos más felices y duraderos. Procesadores que determinarán un voto más racional y eficiente. La denominada inteligencia artificial suplanta con ventaja a la inteligencia “natural”. En este terreno ni siquiera es necesaria ya la ciencia y la investigación básica, basta la ciencia aplicada que posibilita los avances tecnológicos. La tecnolatría olvida que como señalara Ortega y Gasset:

“La técnica es, consustancialmente, ciencia, y la ciencia no existe si no interesa en su pureza y por ella misma, y no puede interesar si las gentes no continúan entusiasmadas con los principios generales de la cultura. Si se embota este fervor — como parece ocurrir —, la técnica sólo puede pervivir un rato, el que le dure la inercia del impulso cultural que la creó. Se vive con la técnica, pero no de la técnica. Esta no se nutre ni respira a sí misma, no es causa sui, sino precipitado útil, práctico, de preocupaciones superfluas, imprácticas… Voy, pues, a la advertencia de que el actual interés por la técnica no garantiza nada, y menos que nada el progreso mismo o la perduración de la técnica” (José Ortega y Gasset, La rebelión de las masas, Planeta-Agostini, Madrid, 1985, pág. 102, edición original, 1930)

También se idolatra la ciencia. Se cree que el conocimiento científico desplaza progresivamente cualquier otro conocimiento y experiencia. La ciencia, según esta concepción, logrará no sólo eliminar cualquier pensamiento mítico y sentimiento religioso, sino superar todos los inconvenientes y obstáculos que impiden la felicidad humana, incluyendo la inmortalidad del hombre y, si se fuese consecuente con esta idea, también la de los animales. Es lo que Hinkelammert denomina “la ilusión trascendental de los progresos infinitos”

“…la ilusión de que se puede construir en la historia el Paraíso Terrestre, la satisfacción de todos los deseos por el progreso infinito de la técnica y de la ciencia. La ilusión de que no existen límites para el poder de realización, de que no hay deseos y utopías que trasciendan la posibilidad histórica y que, por tanto, todos los deseos serán realizados por el progreso técnico…el progreso técnico infinito, posibilitado por el sistema de mercado, nos llevará a la satisfacción de todos los deseos humanos.” (Franz Hinkelammert, Crítica de la razón utópica, San José, DEI, 1984, págs. 206 y 217)

Se asienta la idea que identifica ciencia y progreso. La ciencia económica, en cuanto pretende ser la expresión del pensamiento racional, se convierte en el paradigma de lo científico. En esa misma medida desvirtúa el sentido de la ciencia. Estamos ante lo que podemos denominar creencia economicista. Según esta concepción, hay unas pretendidas reglas de racionalidad y eficiencia en el uso de los recursos que se pueden proyectar a los demás ámbitos de la ciencia y de la vida social. Se acepta que “lo que ocurre en el mundo no sólo está gobernado por leyes científicas sino que además es beneficioso y progresivo en sus resultados” (Alvin W. Gouldner, Los dos marxismos, Alianza Editorial, Madrid, 1983, pág. 128).

El individuo actúa racionalmente, maximizando su propio beneficio y bienestar con independencia de los demás. Se niega así el sentido de la existencia de cualquier regulación institucional y de cualquier iniciativa personal de carácter ético y colectivo que vaya más allá de la búsqueda del interés estrictamente individual. El creciente alejamiento entre ciencia y conciencia, entre razón y vida, incapacitan cada vez más para distinguir lo esencial de lo accesorio, lo complejo de lo simple. Por supuesto que hay que seguir impulsando la investigación y la formación científica. Ahora bien, para que lo que hagamos sea pertinente hay que superar el distanciamiento entre razón y vida, entre ciencia y conciencia, que inmuniza al pensamiento científico de cualquier “anormalidad” procedente de la experiencia vital. Así lo han señalado los principales científicos.

“Es imposible fundamentar exclusivamente en el conocimiento científico las opiniones o creencias que determinan la actitud general ante la vida. Tal fundamentación, en efecto, no podría en ningún caso remitir más que al cuerpo de conocimiento fijado, y éste no es aplicable más que a sectores acotados de la experiencia” (W. Heinsenberg, premio Nobel de Física en 1932, Las imagen de la naturaleza en la física actual, Orbis, Barcelona, 1985, págs. 25 y 26)

Actualmente sería más beneficioso que cada científico reconsiderase sus propios objetivos y los ajustase a las necesidades sociales, independientemente de la superficial carrera científica por los premios y el reconocimiento dentro de un estrecho grupo de especialistas. Ciertamente, una elección responsable de los objetivos científicos es difícil, pero es esencial para intentar evitar una carrera científica que se autoimpele, que no es susceptible de un control racional y responsable..…La aceleración por sí misma de las actividades de negocios o de investigación puede ser perjudicial. Conduce a una creciente superficialidad, a un sentimiento de merma de seguridad, a una pérdida del sentido de la propia vida, a una acelerada decadencia cultural y a una destrucción de nuestros cimientos vitales. Actualmente, son necesarios más resultados de la investigación en un menor tiempo para crear más productos de consumo, dando lugar a más consumo para estimular los beneficios empresariales y finalmente a mayor basura que somos capaces de asimilar. ¡Y nadie sabe con que propósito! ¡Una perniciosa carrera de apresuramiento que se vuelve completamente absurda! Estamos contribuyendo de este modo a una “muerte rápida” de la cultura y estamos cogidos en una “trampa de aceleración” autopropulsada”.   (Richard Ernst, premio Nobel de Química en 1991,Etica y ciencia: the responsability of universities in our time”, en Economía ética y bienestar social / coord. por Joaquín J. Guzmán Cuevas y Emilio Fontela Montes, 2003, págs. 69-86)

“Para que una civilización  científica sea una buena civilización es necesario que el aumento de conocimiento vaya acompañado de un aumento de sabiduría. Entiendo por sabiduría una concepción justa de los fines de la vida. Esto es algo que la ciencia por sí misma no proporciona. El aumento de la ciencia  en sí mismo no es, por consiguiente, bastante para garantizar ningún progreso genuino, aunque suministre uno de los ingredientes que el progreso exige…..La ciencia en sus comienzos fue debida a hombres que tenían amor al mundo, pero cada vez más se está haciendo incompatible con la veracidad, pues tan pronto como se considera el fracaso de la ciencia considerada como metafísica, el poder que la ciencia confiere como técnica se obtiene merced a algo análogo a la adoración de Satanás, o sea por renuncia al amor(….), la sociedad científica, en su forma pura, es incompatible con la persecución de la verdad, con el amor, con el arte, con el deleite espontáneo” (B. Russel, premio Nobel de Literatura en 1950, La perspectiva científica, Ariel, Esplugues de Llobregat, 1974,  págs. 9 y 215 a 217)

“Cabe señalar que la infatuación superficial por la ciencia va acompañada, en realidad, de la mayor ignorancia de los hechos y de los métodos científicos, cosas muy difíciles y que cada día lo son más por la progresiva especialización de nuevos sectores de investigación. La superstición científica lleva consigo ilusiones tan ridículas y concepciones tan infantiles que la misma superstición religiosa resulta ennoblecida. El progreso científico ha hecho nacer la creencia y la esperanza en un nuevo tipo de Mesías, que realizará en esta tierra el reino de Jauja…Esta infatuación cuyos peligros son evidentes (la supersticiosa fe abstracta en la fuerza taumatúrgica del hombre lleva, paradójicamente, a esterilizar las bases mismas de esta fuerza y a destruir todo el amor por el trabajo concreto y necesario, para caer en la fantasía, como si se hubiese fumado una nueva especie de opio) tiene que combatirse con diversos medios, el más importante de los cuales debería ser un mejor conocimiento de las nociones científicas esenciales, divulgando la ciencia por obra de científicos y de estudiosos serios y no de periodistas omniscientes y de autodidactas presuntuosos, Al esperar demasiado de la ciencia se la concibe, en realidad, como una brujería superior y por esto no se consigue valorar realísticamente lo que la ciencia ofrece de concreto“ (A. Gramsci, Introducción a la filosofía de la praxis, Ed. Península, Barcelona, 1970, págs.. 92-93)

Obnubilados por los adelantos tecnológicos, sofocamos el conocimiento científico. Extasiados con la ciencia ahogamos la capacidad de contemplación. Y sin esta última no hay investigación ni avance científico, cercenando en última instancia el propio progreso tecnológico. Los adelantos tecnológicos nos proporcionan ventajas y comodidades; y la ciencia nos da seguridad. Ambas cosas son positivas, pero cuando la comodidad y la seguridad incapacitan para la iniciativa y el riesgo estamos renunciando a la vida.

Las imágenes son viñetas de El Roto, diario el País

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