Ciencia, técnica y cultura

Las relaciones entre técnica, ciencia y filosofía o religión se han trastocado. Un día cualquiera lo iniciamos con el uso de las máquinas. Con frecuencia estamos en permanente contacto con ellas, instrumentos creados por el hombre. Vivimos ajenos, cada vez más, a la naturaleza, gracias a la cual nacemos y existimos. Nos levantamos con el sonido de un despertador y continuamos con la radio y/o la televisión, en vez de que sea la luz del día y el cantar de los pájaros el que nos espabile. Después tomamos un ascensor y viajamos en coche, autobús, metro o avión para desplazarnos al trabajo. La mayor parte de las tareas las realizamos con máquinas (ordenadores, vehículos motorizados y mil utensilios con motor impulsados por energía eléctrica). Si se estropea cualquiera de esos resortes que nos facilitan la vida nos quedamos paralizados sin saber qué hacer y con la angustia y urgente necesidad de que se reparen urgentemente.

Esta dependencia de las máquinas nos lleva a poner crecientemente nuestra esperanza en la ciencia. Creemos que los avances científicos permitirán que la mayoría de nuestros problemas queden solventados. Desde las tareas cotidianas en la casa y en el trabajo, hasta el control de las emociones y la felicidad personal parecen satisfacerse mejor gracias a los electrodomésticos y demás aparatos electrónicos, así como a los fármacos e intervenciones que la neurociencia y la cirugía permiten. No es nuestro contacto con la naturaleza ni con los demás lo que creemos que alimenta nuestra vida y conforma nuestras actitudes y comportamientos. Inconscientes de que la respiración, el agua y los frutos de la naturaleza son la fuente primaria de nuestra subsistencia; y que la relación con los seres vivos, y especialmente con los de nuestra misma especie, es lo que configura nuestro ser esencial.

Si hasta Copérnico creíamos que la Tierra, y derivadamente la especie humana, era el centro alrededor del cual giraba todo el Universo, ahora tendemos a creer que nosotros somos los artífices de un nuevo Universo que sustituirá el anterior. Lo expresa muy bien el chiste de El Roto en que un hombre mirando hacia el cielo dice “Es totalmente imposible que Dios crease el mundo hace millones de años, porque por aquel entonces aún no existía la tecnología necesaria para ello”.creacion Los hábitos de consumo y modos de vida adoptados nos impiden ver que el adelanto tecnológico es imposible sin el progreso de la ciencia y que éste sólo puede venir de la contemplación, del arte y la cultura, en definitiva de la búsqueda de la verdad y la apertura al “otro”.

Así lo han expresado numerosos científicos y pensadores. Sirvan como ejemplo las palabras de Bertrand Russel y de José Ortega y Gasset. “El grave peligro de la ciencia moderna es que deje de alimentarse de las inquietudes y problemas generales de los hombres, en definitiva del amor al mundo y la búsqueda de la verdad, y se instale en sus propias conquistas técnicas”. “La ciencia en sus comienzos fue debida a hombres que tenían amor al mundo”, pero cada vez más se está haciendo incompatible con la veracidad, pues “tan pronto como se considera el fracaso de la ciencia considerada como metafísica, el poder que la ciencia confiere como técnica se obtiene merced a algo análogo a la adoración de Satanás, o sea por renuncia al amor(….), la sociedad científica, en su forma pura, es incompatible con la persecución de la verdad, con el amor, con el arte, con el deleite espontáneo”(B. Russel, La perspectiva científica, Ariel, Esplugues de Llobregat (Barcelona), 1974, p. 215 a 217).

Ortega y Gasset en el mismo sentido: “La técnica es consustancialmente ciencia, y la ciencia no existe si no se interesa en su pureza y por ella misma, y no puede interesar si las gentes no continúan entusiasmadas con los principios generales de la cultura. Si se embota este fervor –como parece ocurrir, la técnica solo puede pervivir un rato, lo que le dure la inercia del impulso cultural que la creó” (J. Ortega y Gasset, La rebelión de las masas, Planeta-Agostini, Barcelona, 1985, p. 102). Russel remacha: “Para que una civilización  científica sea una buena civilización es necesario que el aumento de conocimiento vaya acompañado de un aumento de sabiduría. Entiendo por sabiduría una concepción justa de los fines de la vida. Esto es algo que la ciencia por sí misma no proporciona. El aumento de la ciencia  en sí mismo no es, por consiguiente, bastante para garantizar ningún progreso genuino, aunque suministre uno de los ingredientes que el progreso exige” (B, Russel, La perspectiva científica, Ariel, espulgues de Llobregat, 1975, p. 9)

Haisenberg insiste: “Es imposible fundamentar exclusivamente en el conocimiento científico las opiniones o creencias que determinan la actitud general ante la vida. Tal fundamentación, en efecto, no podría en ningún caso remitir más que al cuerpo de conocimiento fijado, y éste no es aplicable más que a sectores acotados de la experiencia” (W, Heinsenberg, Las imagen de la naturaleza en la física actual, Orbis, Barcelona, 1985, p. 25 y 26). Una de sus consecuencias es lo que señaló Frank H. T . Rodes (primer presidente de la Universidad de Cornell): “Las ciencias se han vuelto extremadamente eficaces, pero cada vez más ininteligibles para los no científicos. Las ciencias sociales, extasiadas por el microanálisis y la cuantificación, se han vuelto progresivamente más irrelevantes para los problemas sociales y la política pública. Las humanidades, abrazando la fragmentación, la enajenación y la entelequia, han descuidado los problemas mayores y más relevantes del conjunto de la humanidad”  (La creación del futuro. El papel de la Universidad americana, Cornell University Press, 2001).

Los que magnifican el desarrollo tecnológico secan las raíces científicas que lo alimentan. Los que en nombre de la ciencia niegan cualquier cosa por encima de ella, Dios o la sabiduría que nace de la gratuidad y la entrega confiada, están matando las bases de la propia ciencia. Gramsci llamó la atención al respecto: “Cabe señalar que la infatuación superficial por la ciencia va acompañada, en realidad, de la mayor ignorancia de los hechos y los métodos científicos, cosas muy difíciles y que cada día lo son más por la progresiva especialización de nuevos sectores de investigación. Esta infatuación cuyos peligros son evidentes (la supersticiosa fe abstracta en la fuerza taumatúrgica del hombre lleva, parodógicamente, a esterilizar las bases mismas de esta fuerza y a destruir todo el amor por el trabajo concreto y necesario, para caer en la fantasía, como si se hubiese fumado una especie de opio) tiene que combatirse en diversos medios, el más importante de los cuales debería ser un mejor conocimiento de las nociones científicas esenciales, divulgando la ciencia por obra de científicos y de estudiosos serios y no de periodistas omniscientes y de autodidactas presuntuosos. Al esperarse demasiado de la ciencia se la concibe, en realidad, como una brujería superior y por esto no se consigue valorar realísticamente lo que la ciencia ofrece de concreto” (Antonio Gramsci, Introducción a la filosofía de la praxis, Ed. Península, Barcelona, 1970)

Sólo el que admite que entender es una forma de ignorar puede adquirir conocimiento y sabiduría. Como dijo Goethe: “Toda teoría, amigo mío, es gris y verde el árbol dorado de la vida”.

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