José Eizaguirre.

“El cielo proclama la gloria de Dios,
el firmamento pregona la obra de sus manos” (Sal 18, 2)

En la Agenda Latinoamericana Mundial de 2017 (p. 104) leemos unos párrafos de una entrevista a Ernesto Cardenal publicada por ABC en 2012 en la que el sacerdote y poeta nicaragüense reconoce: «Leo libros de temas científicos como una oración. Me descubren la grandeza y el misterio que imaginamos que es Dios». Y continúa el entrevistador:

[Cardenal] Cita tanto a santos (San Pablo, San Juan, San Agustín) como a científicos. Entre ellos, J. B. S. Haldane, un biólogo que afirmó que la ciencia acerca más a Dios que la religión. Cardenal está de acuerdo. «Es un camino más directo», asegura, y empieza una complicada reflexión en torno a lo que los científicos han llamado materia oscura o «gran nada». Acaso la gran nada es el gran todo y Dios pinta algo en esta historia. «Igual desde el ateísmo también se llega a Dios», señala citando a un místico sufí del siglo XIII.

“La ciencia acerca más a Dios que la religión”. La frase es contundente, por cuanto durante mucho tiempo se ha considerado a la ciencia enemiga de la religión. Tal vez si, aunque solo sea en esta frase, sustituimos la palabra “Dios” por “el gran todo” o “el Misterio”, el significado puede resultarnos más accesible: la ciencia nos está descubriendo cada vez más la grandeza y el misterio del cosmos. Hoy la ciencia está descubriendo que la esencia de la realidad escapa a la comprensión humana, que el universo es inabarcable (200.000.000.000 de estrellas solo en la Vía Láctea ¡y hay millones de galaxias en el universo!) y que lo profundo de la materia, lo que se encuentra en un nivel más minúsculo de lo que se suponía que era indivisible (“a-tomo”), es un pozo sin fondo de energía entrelazada.

“La tierra es un milagro, la vida sigue siendo un misterio” (Yann Arthus-Bertrand en el documental HOME). Y qué bien que la ciencia nos abre las puertas de este misterio, en el que los creyentes encontramos al Creador.

Pero la frase de más arriba tiene otra connotación inquietante al formularla de modo contrario: la religión nos acerca menos al Misterio –a Dios– que la ciencia. ¿Será posible? Se dice con frecuencia que la religión es el dedo que apunta a la Luna (el sabio mira a la Luna, y el necio se queda mirando al dedo). ¿No es precisamente la función de las religiones el acercar a las personas a “ese misterio que imaginamos que es Dios”? ¿No tienen las religiones –y la Iglesia– un magnífico patrimonio espiritual, amasado por la “experiencia de Dios” de millones de creyentes a lo largo de los siglos? Y, sin embargo, debemos reconocer que no siempre está siendo así. Como dice Pablo d’Ors, “el verdadero drama de la Iglesia es que no ha habido suficiente creatividad pastoral para reformular en nuevos odres el patrimonio espiritual tan extraordinario”.

Este “verdadero drama de la Iglesia” es también su gran reto: ayudar a las personas a encontrarse con su realidad profunda, con el misterio de la vida y del universo, con Dios. Y, de paso, reconciliarse con la ciencia.

Y en esta tarea, la contemplación serena de lo creado es un medio indudable para ello. ¿No hemos tenido, siquiera alguna vez, esta experiencia, la de contemplar un fragmento de Creación, quedarnos extasiados ante un misterio que nos desborda y caer de rodillas reconociendo la mano de un Creador infinitamente amoroso? Es la misma experiencia de tantos creyentes de todo tiempo y espacio. El papa Francisco lo expresa muy bien en el epígrafe “El mensaje de cada criatura en la armonía de todo lo creado” [84-88] de la encíclica Laudato si’:

Dios ha escrito un libro precioso, «cuyas letras son la multitud de criaturas presentes en el universo». Bien expresaron los Obispos de Canadá que ninguna criatura queda fuera de esta manifestación de Dios: «Desde los panoramas más amplios a la forma de vida más ínfima, la naturaleza es un continuo manantial de maravilla y de temor. Ella es, además, una continua revelación de lo divino». Los Obispos de Japón, por su parte, dijeron algo muy sugestivo: «Percibir a cada criatura cantando el himno de su existencia es vivir gozosamente en el amor de Dios y en la esperanza». Esta contemplación de lo creado nos permite descubrir a través de cada cosa alguna enseñanza que Dios nos quiere transmitir, porque «para el creyente contemplar lo creado es también escuchar un mensaje, oír una voz paradójica y silenciosa». Podemos decir que, «junto a la Revelación propiamente dicha, contenida en la sagrada Escritura, se da una manifestación divina cuando brilla el sol y cuando cae la noche». Prestando atención a esa manifestación, el ser humano aprende a reconocerse a sí mismo en la relación con las demás criaturas: «Yo me autoexpreso al expresar el mundo; yo exploro mi propia sacralidad al intentar descifrar la del mundo». (Laudato si’, 85)

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