La cobertura de los Juegos Olímpicos en Río de Janeiro incluyeron algunos interesantes reportajes sobre la segregación urbana en la ciudad carioca, tan frecuentes en las urbes de América Latina y que, como cicatrices, son la huella de la desigualdad que las ha trazado.  

No es un problema sólo de aquellas latitudes. A este lado del charco también hemos visto aparecer cicatrices similares. En España, el efecto del elevado precio de las viviendas que durante la burbuja inmobiliaria crecieron sin parar, dejaron con pocas alternativas habitacionales de calidad a la población más vulnerable. Esto, unido a la falta de viviendas sociales públicas en España, ha contribuido a un aumento paulatino de la segregación urbana. Los personas con dificultades migran a barrios más alejados, con viviendas más antiguas, con más problemas. Pero con precios más económicos.

La creciente distancia geográfica de las personas según nivel de renta es lo que llamamos segregación urbana, o gentrificación. Un territorio con alta segregación es un caldo de cultivo de la desigualdad y la pobreza.Y es que la vivienda tiene una importancia más allá de sus paredes. El lugar donde una vivienda se encuentra es fundamental para el desarrollo vital de sus habitantes. En el barrio donde se crece y se vive se generan espacios de socialización, amistades,  nexos, redes. Es el nicho ecológico donde se obtienen recursos, información, saberes.

La distancia tiene un coste: el tiempo es dinero, y calidad de vida. Según datos del INE, para el año 2011 las personas que viven en municipios madrileños como Parla y Móstoles gastan en traslado 1,5 más tiempo que quienes viven en Alcobendas. Huelga decir que Parla y Móstoles ocupan el primer y cuarto lugar en el ranking de los municipios con rentas medias más bajas (nuevamente, datos del INE de 2013).

La segregación urbana no genera pobreza y exclusión por sí misma, pero la favorece.

Es un caldo de cultivo ideal, porque homogeneiza las redes sociales de los individuos. Crea círculos virtuosos para las personas que residen en zonas acomodadas, pues ofrece recursos materiales y sociales para un buen desarrollo. Y círculos viciosos en las zonas degradadas, en las que sus residentes tendrán grandes dificultades para acceder a relaciones, bienes y servicios, que les permitan salir de la situación de pobreza, porque viven en espacios con pocos recursos. Una trampa de la que es difícil salir. El coste de cambiar la residencia de espacios degradados a barrios favorecidos es inasumible para muchas de las personas que habitan en los barrios más pobres. 

En la ciudad de Madrid, (perdonadme el localismo, pero para bucear en datos conocer el territorio es un plus) el barrio con menor renta media anual es San Cristóbal, con 18.121,61 euros al año, y el de renta media más alta El Viso, con 113.836,83, más de 6 veces más que el distrito de San Cristóbal (INE, 2013). ¿Nos podemos imaginar cuán diferente es vivir en uno y otro barrio? ¿Qué oportunidades ofrece El Viso que San Cristóbal no? ¿Cómo serán sus bibliotecas, sus polideportivos, sus colegios?

Estas nuevas formas de exclusión residencial están cambiando profundamente nuestras ciudades, y afectando las oportunidades de quienes las habitan. Estamos generando territorios fracturados: entornos empobrecidos acogen a personas pobres, a quienes por vivir donde viven, se les dificulta la movilidad social, y entornos privilegiados, donde viven aquellos con más rentas. Sin espacios comunes donde personas de distintos orígenes sociales se vean, convivan, se conozcan, se vinculen, se importen.

España tiene un grave problema de vivienda. Necesitamos dar una solución rápida a quienes han sido desahuciados en los años de la crisis, y quienes están en riesgo de perder su vivienda. Necesitamos políticas que fomenten el alquiler social, garantizar el acceso a una vivienda digna y segura, y por supuesto acabar con el sinhogarismo. Pero debemos procurar que estas soluciones no se hagan a costa de generar segregación, promoviendo barrios homogéneos y excluyentes. No se trata sólo de dar viviendas, sino de que éstas sean un recurso verdadero para la convivencia y la inclusión.

Cañada-Real