Por James Martin, SJ. Editor de America Magazine.

Tras la elección de Donald J. Trump como presidente de los Estados Unidos, ¿qué pueden hacer los católicos? ¿Cómo ubicarse, cómo avanzar? Para muchos no es problema, dado que la mayoría de los católicos votaron a favor de Trump y, posiblemente, estén encantados con su elección. Pero está claro que hay mucha –y muy amarga– división en EEUU. Aquí ofrezco algunas sugerencias para los católicos norteamericanos. Hay dos caminos, que subrayan dos aspectos de nuestra vida como católicos en el mundo moderno: la necesidad de reconciliación y la necesidad de un disenso legítimo.

Reconciliación

Nuestro país está dividido, de un modo muy doloroso. Cuanto más divididos estamos, menos espacio hay para el verdadero progreso y más espacio hay para el odio y la violencia. Así que, aunque algunos estemos furiosos, debemos buscar cómo disminuir las divisiones. ¿Qué podemos hacer para aumentar la unidad?

  • Reconciliar otorgando el beneficio de la duda. Es lo que San Ignacio de Loyola coloca como presupuesto al inicio de los Ejercicios Espirituales. Ya sé que esto es difícil. Muchos de los críticos de Trump se preguntan cómo se ha podido votar a alguien que ha hecho comentarios racistas, misóginos y xenófobos. Alguna gente me ha preguntado: ¿Cómo se puede dar el beneficio de la duda a Donald Trump, con todas las cosas que ha dicho? Este es un buen punto. Muchos hermanos y hermanas nuestras tienen miedo ante la elección de alguien que ha hecho, en público y en privado, comentarios odiosos. Pero el único camino de la reconciliación, como nos muestra Jesús, es tratar con caridad a quien parece tu enemigo. “Amar a tu enemigo” no es algo nuevo. Como decía Dorothy Day, “el amor quemará todos los pecados y los odios que nos entristecen”. [¿Qué pasa si alguien no es digno de confianza? ¿Si nuestros líderes no lo son? ¿Si les damos el beneficio de la duda y nos fallan? En la segunda parte del post, vuelvo sobre esta cuestión].
  • Reconciliar escuchando. Escuchar de verdad al otro. Una ayuda puede ser la “escucha refleja”, que intenta resumir y “reflejar” lo que la otra persona ha dicho. Eso te fuerza a escuchar. Por ejemplo, “parece que estás preocupado por lo que la inmigración puede hacer a este país, ¿es así?” O “parece que sientes que los pobres están siendo olvidados por el gobierno, ¿no?” Te sorprenderás en qué grado esto no solo ayuda a que la otra persona se sienta escuchada, sino también aumenta tu capacidad de escuchar y entender.
  • Reconciliar evitando insultos, argumentos ad hominem y el discurso del odio. Recuerda la frase de Jesús: “Quien llame a su hermano raca [inútil, idiota] responderá ante el Consejo. Quien lo llame loco incurrirá en la pena del horno de fuego” (Mateo 5, 22). Así que cuando insultas a alguien o entras en la espiral del discurso del odio, no solo estás faltando a la caridad o embruteciendo tus palabras, sino que también te estás yendo al infierno. Recuérdalo si eres un votante de Trump y estás tentado de llamar a alguien que apoya a Clinton “asesino de niños”. Recuérdalo si eres un votante de Clinton y estás tentado de llamar a alguien que apoya a Trump “fascista”. Los insultos no ayudan a la reconciliación; simplemente perpetúan e intensifican el odio.
  • Reconciliar perdonando. Quizá sea esto de lo más difícil del cristianismo. Y va directamente a contracorriente de la revancha e irritación que parecen dominar la cultura americana y nuestro mundo político. Especialmente incómodas han sido las afirmaciones de demócratas y republicanos durante la campaña diciendo que nunca podrían y nunca iban a trabajar con “ese hombre” o “esa mujer”. El perdón es más esencial que nunca. Y es un doble regalo. Es un regalo para quien recibe el perdón, porque permite que acontezca la sanación entre ambos. Y es un regalo para quien lo ofrece, porque te libera de la carga de resentimiento que puede amargar un alma o un país. El perdón debe formar parte de la reconciliación.
  • Reconciliar orando. Tienes que rezar. ¿Por qué? Para pedirle a Dios su ayuda. La mayoría de lo que acabo de sugerir requiere de la gracia. Dios necesita ayudarte para que otorgues el beneficio de la duda, que escuches, que evites el insulto, que perdones. Es duro. La oración es el recordatorio de que nos apoyamos en Dios. Necesitamos su ayuda. reza pidiendo gracia, sabiduría y coraje. La reconciliación y la unidad son cosas recias. Y mientras te empeñas en ello, reza también por esos otros americanos que solías considerar tus enemigos, pero que en realidad son tus hermanos y hermanas.

Disenso

La reconciliación es importante. Pero como católicos estamos llamados a algo más. Estamos llamados a alzar la voz por el legítimo disenso, a oponernos a políticas represivas, a situarnos junto a los pobres y excluidos. Aquí he tenido mi principal problema con la campaña de Donald Trump. No sus fanfarronadas, sino su modo de sembrar miedo y su división del país en las categorías de nosotros y ellos.

Los católicos no debemos tener miedo a hablar, sea cual sea el coste. Y cuando Trump dice que quiere levantar un muro para dejar fuera a los mexicanos, expulsar a los inmigrantes indocumentados y oponerse a las iniciativas para frenar los efectos del cambio climático, debemos tomarle en serio. Sería de bobos infravalorarle a él o a sus propósitos.

Por ello, los católicos deben oponerse, abiertamente, con fuerza y de modo activo, a los aspectos de sus planes políticos que tiendan a marginar o excluir a la gente. Los católicos tenemos una absoluta obligación moral de disentir. De ser “pro voice”: alzar la voz.

  • Alzar la voz a favor de los pobres. Hay bastantes personas que creían que la elección de Trump impulsaría la economía, dada su reputación pública como empresario exitoso. ¿Ayudarán a los pobres sus medidas políticas? Lo dudo. Y muchos economistas también. Hay un refrán africano (Wapiganapo tembo, nyasi huumia) que dice: “cuando los elefantes se pelean, sufre la hierba”. Es decir, en medio de las batallas políticas, siempre pierden los pobres.
  • Alzar la voz contra el racismo. La elección de Trump ha sido celebrada por un líder del Ku Klux Klan, como “una de las mejores noches de mi vida”. Y ya se han anunciado algunas celebraciones del KKK. Trump ha tenido numerosas declaraciones e incidentes que, cuando menos, han dado alas al racismo. Pues bien: el racismo es un Punto.  Y debemos oponernos a él de todos modos.
  • Alzar la voz contra la xenofobia. La retórica de Trump con frecuencia ha demonizado a los refugiados e inmigrantes. Unos pocos días antes de la elección, el arzobispo José Gómez de Los Ángeles, reconociendo los miedos de los migrantes en este contexto, pidió mayor atención a las necesidades de los inmigrantes indocumentados. El papa Francisco lo dijo bien, el año pasado, frente a los planes de Trump: “Una persona que solo piensa en levantar muros y no en construir puentes, no es cristiana. Esto no es el Evangelio”. La xenofobia, el miedo al extranjero, debería ser anatema para los católicos. Especialmente para los católicos americanos, pues somos una nación de emigrantes que hemos sufrido en nuestras propias carnes el odio del nativismo.
  • Alzar la voz por el medio ambiente. Trump ha dicho que cree que el calentamiento global es un engaño inventado por los chinos. No es así. Es un peligro claro y real, como indicó el papa Francisco en la encíclica Laudato Si. La defensa del medio ambiente está bastante abajo en la lista de las preocupaciones de Trump. De hecho, ha propuesto para liderar la Environmental Protection Agency [Agencia de Protección del Medioambiente] a alguien que rechaza la noción misma de cambio climático. El Papa ha propuesto una nueva bienaventuranza: “Dichosos los que protegen y cuidan de nuestra casa común”. Alcemos la voz, pues, por el medio ambiente.
  • Alzar la voz por todas las personas marginadas. Los migrantes indocumentados no son los únicos que han expresado miedo ante la elección de Trump. No es que la elección sea ilegítima. Es que tienen miedo de sus vidas y de sus medios de vida. Las personas LGTB, las mujeres, los afroamericanos y muchas minorías y grupos étnicos y comunidades que se sienten marginados y excluidos, ahora temen por su futuro.

Estos dos caminos –reconciliación y disenso– pueden parecer contradictorios. Pero este es el camino dual de Jesús, que nos invita a seguir sus pasos. Llamó a que la gente se uniera: “Que todos sean uno” (Juan 17, 21). Pero no tuvo miedo a alzar la voz, incluso si eso sentaba mal a algunas personas. Incluso, de manera paradójica, creó desunión. “¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división” (Lucas 12, 51).

Los católicos tienen una responsabilidad especial para trabajar con caridad por la reconciliación en medio de esta época tan divisiva. También tienen la responsabilidad de levantarse y alzar la voz, clara y apasionadamente, por los derechos de los pobres y de los más excluidos entre nosotros.

Seamos pro-unidad y pro-voice.

Nota: Este post está traducido y resumido, con permiso, del artículo aparecido en la revista America y que puede encontrarse, completo y en su original inglés, en este enlace.


Fotografía: <a href=”https://www.flickr.com/photos/9397412@N06/30934638205/”>Geoff Livingston</a> Flickr via <a href=”http://compfight.com”>Compfight</a> <a href=”https://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/2.0/”>cc</a>