Cataluña como síntoma

El independentismo catalán no puede verse aisladamente como un fenómeno español, sino como un síntoma de la debilidad del proyecto europeo. Es la tercera vez que me refiero en este blog a Cataluña. En la primera planteaba el alcance del desafío catalán ante las inminentes elecciones autonómicas. En la segunda recogía, entre otras cosas, los enlaces con algunos artículos que argumentaban que la independencia de Cataluña debía considerarse como un paso para un cambio a escala europea e incluso mundial. Lo vuelvo a hacer no sólo por la novedad de que se esté conformando, por fin, un nuevo Gobierno de la Generalitat, sino porque creo que sigue sin dársele la trascendencia que realmente tiene.

Las posiciones independentistas, desde un comienzo, se plantean que es necesario aprovechar las contradicciones y fragilidades de la Unión  Europea para conseguir sus objetivos. De ahí que la difusión internacional de sus planteamientos, y más concretamente la implicación europea, es una parte fundamental de su estrategia. Conscientes de que la legalidad española no puede dar cabida a sus pretensiones, la clave es convertir la condena legal en un conflicto social y político. Extender el conflicto en el tiempo y el espacio juega a su favor. Genera dudas sobre la actuación del Estado español, tanto del Gobierno como de los jueces. A la vez alimenta el victimismo, calificando a los que vulneran las leyes de presos políticos y al Estado español de centralista y autoritario. Por eso no creo que vayan a dar marcha atrás en sus pretensiones de independencia. La estrategia Puigdemont es alargar el conflicto y convocar elecciones en octubre para ver si el independentismo  consigue no sólo mayoría de escaños sino de votos.

Puede interesarte:  La sociedad de los cyborgs

Es un error hacer de los independentistas los “malos de la película”. Hay muchos catalanes que creen que el Estado español es un lastre para su desarrollo y aspiraciones. De un lado comprueban que, más allá de la crisis, el modelo de crecimiento económico conduce a una importante desigualdad que tiende  a marginar a una parte significativa de la población. De otro, que cada vez más los mercados están dominados por grandes empresas que subordinan a sus intereses a buena parte de las pequeñas y medianas empresas, y que imponen pautas culturales que chocan con intereses y valores propios de la cultura tradicional catalana.

Se equivocan no en señalar esos problemas, sino en atribuirlos a la actuación del Estado español. Es cierto que existe en Cataluña una sociedad civil y un tejido de pequeña y mediana empresa más fuerte que en otros lugares de España. Sin embargo, ni la sociedad civil catalana es tan diferente, ni tiene la suficiente fortaleza como para suponer un ejemplo que sirva de alternativa para el resto de España y Europa. Tampoco su estructura empresarial tiene un dinamismo propio capaz de imponerse como modelo al margen de España y la Unión Europea.

Fortalecer su sociedad civil y su capacidad empresarial en el contexto español y europeo, aportando iniciativas y experiencias que ayuden a una construcción europea más justa, democrática e innovadora, es sin duda un reto difícil. Pero ante dicho reto no caben atajos. Pretender que un Estado catalán independiente puede facilitar un modelo europeo diferente es engañarse, o lo que es peor es encubrir un repliegue proteccionista que permita repartir prebendas y subvenciones. La experiencia europea demuestra que cuando se busca una combinación de proteccionismo económico y política social estatalista, el impulso inicial al desarrollo social y económico que con ello se logra, acaba por frenar ese desarrollo. La sociedad civil se empobrece y se vuelve cada vez más racista. La estructura empresarial disminuye su productividad y se incrementa la pobreza. Entonces se achaca el fracaso al exterior, agudizándose el odio al extranjero y las tentaciones de expansión colonialista.

Puede interesarte:  María de Nazaret, madre y mujer. Una visión personal

No está de más recordar este año, en el que se conmemora el centenario del fin de la Primera Guerra Mundial, que si ésta fue fruto de las tensiones proteccionistas y nacionalistas de los países europeos, la Segunda Guerra Mundial lo fue aún más. En el periodo de entreguerras se generalizan los regímenes autoritarios en toda Europa. Más allá de los casos más recordados del nazismo alemán y el fascismo italiano, prácticamente todos los países sucumbieron a regímenes dictatoriales, incluida España con la dictadura de Primo de Rivera (1923-1930).

Lo que está en juego en Cataluña no es tanto la continuidad de la unidad del Estado español y de la Unión europea, sino mucho más que eso. Es la posibilidad de que Europa sea capaz de responder al reto de la globalización en los mercados y de la formación de una cultura mundial que establezca patrones comunes sobre la base de la diversidad. Lo contrario es acentuar los nacionalismos excluyentes, el proteccionismo y la xenofobia que conducen a enfrentamientos y guerras. Todos tenemos que aportar nuestro granito de arena para lograr una cultura social más rica, unas instituciones públicas más democráticas y unos mercados más competitivos que  generen mayores oportunidades de empleo y menos desigualdades.

El simple rechazo del independentismo catalán desde una afirmación del nacionalismo español y de los intereses de las grandes empresas europeas, no conduce a ninguna solución sino a agravar el problema. Al odio, el racismo y la corrupción no se puede responder con una actitud autoritaria que oculta los odios, xenofobias y corrupciones propias. No es la prepotencia sino el buscar aportar soluciones entre todos, desde las capacidades e iniciativas de cada uno, lo que se necesita. Contribuir a ello con nuestra aportación por humilde que sea, en vez de un rechazo airado que en el fondo esconde nuestra pasividad.

Puede interesarte:  Roma y la invasión de los bárbaros

Es necesario que Europa refuerce sus lazos culturales en conexión con otras culturas y que impulse la competencia mediante regulaciones que  posibiliten iniciativas a escala regional o local, no bajo el paraguas proteccionista de Gobiernos regionales o Ayuntamientos, sino abiertos al exterior. No es negativo que existan medios de comunicación y manifestaciones culturales propias de ámbitos regionales o locales, pero siempre que hubiese televisiones, periódicos y espacios culturales de nivel europeo y en conexión con otros países. Está bien informarnos sobre nuestro entorno más cercano, pero es inaudito que conozcamos cada vez menos sobre costumbres y aspectos de la vida cotidiana de los países a los que estamos unidos por lazos muy estrechos, con la excepción quizás de lo que representa el intercambio de estudiantes a través del programa Erasmus y otros análogos. En el ámbito económico no se trata de proteger a las empresas nacionales mediante ayudas, subvenciones y barreras al comercio, pero sí de alentar la cooperación entre pequeñas y medianas empresas y la capacidad de innovación propia.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.