Caso Zapata: vida en la red, olvido y perdón.

No me resisto a hablar del concejal Zapata, del olvido en la red y de la huella digital. Apasionante tema, más actual que nunca, que ha destapado las posibles consecuencias prácticas que pueden derivarse de nuestra vida en la red. ¿Alguien todavía desconocía esa faceta arriesgada y peligrosa del mundo digital? ¿Alguien todavía no era consciente, a estas alturas, de que lo escrito, escrito está? ¿Alguien todavía desconocía que todos los pasos que uno da en la red pueden ser monitorizados, guardados, analizados, vendidos y utilizados? Si todavía queda alguien de estos… es hora de poner freno a la inconsciencia y despertar del sueño de una vida digital sin consecuencias.

No voy a analizar aquí la cuestión política del asunto, ni valorar personalmente lo que ha sucedido estos días pasados con el nuevo concejal de AhoraMadrid en el Ayuntamiento de la capital. Tengo mi propia opinión al respecto pero forma parte de otro artículo, no de este. Lo que me parece realmente interesante es el trasfondo del asunto en lo que a las redes se refiere y, también, la aportación creyente a esta dimensión de la realidad actual.

La red no forma parte del ámbito privado de las personas, de los colectivos, de las instituciones. Las redes conforman un espacio público, con más o menos restricciones o limitaciones. Aunque yo pueda sentirme “en casa”, aunque yo pueda sentirme “en familia”, aunque yo pueda sentirme “entre amigos”, aunque yo pueda actuar con disimulo y a hurtadillas… un gran ventanal con las cortinas abiertas otorga la posibilidad, a todo aquel que quiera acercarse, de contemplar lo que soy, lo que digo, cómo reacciono, con quién converso, lo que muestro sin pudor de mí mismo… Las opciones de privacidad y las cortapisas que pueda establecer… no cambian este hecho. En las redes estoy a la vista.

Este “estar a la vista” es un riesgo y también una oportunidad. Si uno apuesta por la autenticidad posiblemente no tenga de qué preocuparse. El auténtico no encontrará nada de lo que arrepentirse. Dicho esto, la autenticidad de las palabras o las actitudes no convierten algo en inteligente, deseable o prudente. Yo puedo ser un tipo al que le gusta comer bocadillo de jamón de bellota en pan untado con nocilla; puedo ser así de excéntrico, pero mi autenticidad no puede llevarme a ofrecer eso para cenar a un grupo de invitados que vivirán ese gesto con desconcierto e incluso estupor. Uno no puede ser plenamente auténtico sin situarse, también, en referencia a otros, a un entorno, a un lugar, a una cultura, a unas creencias…

En la red, por otra parte, no existe el olvido. Es un debate interesante que lleva ya tiempo en la mesa de aquellos que reflexionan sobre los derechos en este siglo XXI. ¿Es el derecho al olvido algo a construir en esta era de lo digital donde todo permanece, donde no hay oportunidad de deshacerse de lo vivido, de lo dicho, de lo publicado, de lo compartido? ¿Debemos asumir lo que hay o empezar a plantearnos en serio las implicaciones que trae detrás? ¿Podemos condenar a alguien por algo dicho 10 años antes? ¿No tiene derecho esa persona a cambiar, a cambiar de opinión, a desdecirse, a no tener que justificarse eternamente por lo dicho? Prudencia… nos llaman a la prudencia pero ¿es suficiente? ¿Claudicamos y ya está o debemos pensar y discernir juntos qué hacemos con esto?

Y, por último, apuntar uno de los aspectos que Antonio Spadaro SJ plantea en su libro “Ciberteología”: ¿nos damos cuenta de la revolución y de la fuerza que, en esta sociedad digital que todo lo recuerda, aporta el perdón cristiano? En un mundo que todo lo guarda, que todo lo retiene, que es susceptible de ser lanzado en tu contra, que no permite el fallo porque sino estás condenado eternamente… nosotros creemos en un Dios Padre que perdona, que olvida, que borra, que acoge, que permite recomenzar, que te hace siempre nuevo, que no tiene en cuenta, que no lleva medida de tu error… ¡No me digáis que no es el momento de presentar el perdón cristiano como bálsamo real en esta sociedad! ¡No me digáis que no veis la fuerza que hoy puede ejercer la práctica fraterna del perdón! A mí me parece brutal. Así os lo digo.

Poco más. Espero que nadie revise mis tuits pasados, no vaya a ser que se encuentre con alguna frase mía que desdiga lo compartido en este artículo. Un abrazo.

@scasanovam

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