Casi siempre vuelven a casa… aunque no sea Navidad

Hace tiempo que me hago una pregunta que sale de la reflexión del trabajo diario: ¿somos suficientemente valientes, o nos conformamos con cubrir el expediente? El trabajo con menores, (esos que tienen que salir de su casa con una maleta cargada de recuerdos, ilusiones, emociones; y también miedos, abandonos y vacíos, para irse a vivir a un centro), tiene una construcción repleta de búsqueda de la familia, de su familia. No podemos generalizar, porque es un argumento que no nos sirve a la hora de pensar en una u otra persona, pero debemos reconocer una realidad que cada día se repite: los niños y niñas que viven alejados de sus familias, dentro del sistema de protección, en la mayoría de los casos tarde o temprano vuelven con aquellos de los que fueron separados,…y esas familias a las que vuelven, en la mayoría de las ocasiones no han recibido el apoyo necesario y suficiente, para que ese momento les permita acoger a sus hijos e hijas en mejores condiciones que las que les llevaron a separarse de ellos tiempo atrás, o al menos, no lo suficiente como para garantizarles el cuidado y la seguridad que debieran. Las estructuras del Estado aún no han dado el paso comprometido por ello; por lo que creo es necesario hacer un diagnóstico sincero y honesto que nos lleve a reconocer que muchas familias se han convertido en pacientes crónicos por su incapacidad de desempeñar sus capacidades parentales, que no pueden ser abandonadas. Cuando nos adentramos en la historia personal de alguien que ha sido separado de su familia, se reduce a un pequeño número, el de aquellos que pierden el contacto con su familia de manera definitiva, bien porque los motivos de la separación obligan a que esto siga siendo así en el futuro, bien porque no están y se abren otras vías para ellos. El otro gran grupo, vuelve a tener no sólo contacto con sus familias, sino que muchos de ellos regresan a convivir con ellos, sin que hayamos dedicado toda nuestra energía a procurarles unas familias que les devuelvan parte de la confianza perdida. Y es en ese vacío donde se puede incidir, por no haber otros que apuesten por ellos, los crónicos. Parece que todas las respuestas van encaminadas a que se busquen soluciones a situaciones agudas, a familias que viven momentos de crisis, que pueden ver resueltas las dificultades en el cuidado de sus hijas e hijos con las intervenciones adecuadas .,.pero ¿Qué podemos o debemos hacer con aquellas familias que no son capaces de adquirir esas habilidades, esas herramientas que les procuren una parentalidad responsable, pero que más temprano que tarde volverán a tener a sus hijos en casa, porque así se determine o porque llegada la mayoría de edad, el camino de vuelta a casa es uno de los pocos que les quedan? En nuestro país, antes de la crisis 30.000 eran los menores que estaban dentro del sistema de protección; después de 2007 el número se ha ido incrementando hasta llegar a alcanzar los 40.000 en los momentos más difíciles. Las teorías tocan suelo cada vez que mostramos la realidad, y hoy ha sido uno de esos días en los que me he topado con ella, cuando una madre con apenas 40 años, y una vida truncada desde los primeros años de su infancia por el abandono del cuidado y la protección de sus progenitores, poco antes de las dos de la tarde, decidía tirar la toalla por enésima vez; ya sólo una de sus hijas menores de edad está con ella, sus otros dos hermanos menores viven en centros de protección hace meses, y el caos se ha apoderado de su vida hace años, así que ha decidido darle una oportunidad a su hija lejos de ella. Y es ahora cuando vuelven a asaltarme las dudas… ¿hemos cubierto el expediente, o realmente podemos darle herramientas a esa mujer para sentir que cumple como realmente le gustaría, como madre? La nuestra, es una responsabilidad que va más allá de lo que marca la Ley, va donde el corazón nos lleve.

Flor G. Muñiz 
Educadora Social, Fundación Hogar de San José

 

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