Carta a los jesuitas en zonas de guerra

La última Congregación General de los jesuitas, que tuvo lugar en Roma a finales del año pasado, escribió un “Mensaje orante para aquellos jesuitas que trabajan en zonas de guerra y conflicto” en forma de carta. De ella extraemos algunos párrafos para nuestros lectores:

Conversión de mentes y corazones

Sólo el Espíritu de Dios es capaz de cambiar las actitudes que engendran y alimentan el conflicto. Por eso la Congregación invita a los jesuitas de todo el mundo a la oración. A que pidan la conversión de la mente y el corazón, tanto en la oración personal como en la celebración de la Eucaristía, y que inviten a otros a que también lo hagan. Invitamos además a todas las Provincias a que luchen por la paz con los medios que estén a su alcance: redes sociales, centros sociales, instituciones educativas, parroquias o publicaciones. Recordamos por último las palabras del Papa Paulo VI (1972): “Si deseamos la paz, trabajemos por la justicia”. Esas palabras nos recuerdan que cuando trabajamos por la justicia en el mundo, estamos tomando parte en la lucha por la paz.

Una misión en el corazón de nuestra vocación de jesuitas

La lucha por la justicia, por la paz y por la reconciliación, nos remiten a las raíces de la Compañía expresadas en la Formula del Instituto. La Congregación General ha insistido en ello, considerando que hoy es algo tan relevante – y urgente – como lo era cuando nuestros Primeros Compañeros fundaban la Compañía de Jesús. Esta presencia en la frontera de la guerra y la paz, es misión que nos toca a todos como jesuitas: novicios, escolares, hermanos, sacerdotes. Es propia de los que trabajan en un ministerio activo y de los que, ya retirados, se encuentran en nuestras enfermerías. Nos atañe, ya trabajemos en una parroquia o enseñemos en una facultad de teología, en un colegio, en un centro de espiritualidad o en cualquier otro ministerio. Es una misión que nos llama a una vida de comunidad más intensa, a sanar nuestras heridas y a una verdadera conversión, conscientes de que, en última instancia, la raíz de los conflictos está en un corazón humano internamente dividido.

El Señor Resucitado trae esperanza, sanación y consuelo

Nuestros corazones pueden estar divididos, pero “Dios es más grande que nuestros corazones” (1Jn 3,20). El Espíritu de Dios actúa en este mundo nuestro. El Espíritu de Jesús Resucitado, que puede cambiar las situaciones que parecen más desesperadas, puede sanar y traer nueva vida donde la necesidad lo reclama. Sabemos que nuestra fe puede superar cualquier oscuridad, que nuestra esperanza puede construir puentes y que nuestro amor puede sanar; pero somos conscientes de que no hay soluciones fáciles. Se hacen presentes a menudo con crudeza en nuestras vidas la cruz del Viernes Santo y el silencio expectante del Sábado Santo. Por eso necesitamos que salga a nuestro encuentro el Señor Resucitado como Consolador y como Amigo. Y nuestro deseo es extender esta amistad a todos los que se ven afectados y atormentados por los conflictos, sin olvidar a los que consideramos nuestros enemigos. No tenemos más armas que las de nuestra amistad. Ella es la defensa contra la dinámica de la violencia. La amistad nos reúne como amigos en el Señor y nos llama a amar y a servir en toda ocasión, unidos a tantos amigos con los que colaboramos, celebramos y proclamamos el Evangelio. Aun en los momentos en que afrontamos grandes desafíos y aparentes derrotas, seguimos soñando con ayudar a recrear un mundo diferente, porque hemos conocido “a Aquel que tiene poder para realizar todas las cosas incomparablemente mejor de lo que podemos pedir o pensar” (Ef 3,20). Por eso nos mantenemos firmes, “calzados los pies con el celo por el Evangelio de la paz” (Ef 6,15).

Corazones inflamados – Predicar la Buena Noticia donde existe mayor necesidad

El trabajo en las fronteras no se hace sin riesgo de la propia vida. Llevándolo a la práctica hacen ustedes actual algo que pertenece al corazón de nuestra vocación de jesuitas: aquel deseo, que vivieron con tanta creatividad y pasión Francisco Javier y los primeros compañeros, de ir y predicar la Buena Noticia allí donde los riesgos y las necesidades fuesen mayores.

Al escribir este mensaje, nos sentimos unidos a todos en el manantial de nuestra vocación. Nuestro corazón se inflama con el mismo fuego que el Señor vino a traer a la tierra (Lc 12,49) y esto nos llena de consuelo. Al sentir la compasión que a todos ustedes les afecta, también nosotros nos sentimos movidos a una compasión que se traduce en el fuerte propósito de cambiar la dolorosa realidad que dan a conocer a diario los medios de comunicación. Compartimos su anhelo de lograr la reconciliación que desea Cristo y que nuestro mundo necesita con urgencia. Nos ponemos a los pies de la Cruz, como lo hacen ustedes, y buscando cómo mejor amar y servir, cómo trabajar mejor por el cambio, cómo ser mejores transmisores del Espíritu del Señor en este mundo herido.

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