Tres cosas que no tienen importancia

El fracaso es una condición necesaria para la compasión.

El pasado mes de septiembre escribí un post titulado “¿Una noche redentora para Europa?” en el que citaba a Carles Cardó i Sanjoan (1884-1958), sacerdote catalanista y promotor del cristianismo social que aspiraba a renovar la iglesia de su tiempo. Hoy me apetece citar otro texto de este autor, tomado de un artículo titulado “Tres cosas que no tienen importancia”[1]:

Entre la muchedumbre de cosas que obturan nuestra percepción, hay tres que no tienen importancia: la pequeñez material, el fracaso del momento presente y la falta de altavoz.

No importa el tamaño, si tiene fuerza para crecer.
No importa el tamaño, si tiene fuerza para crecer.

[…] Ser pequeño no tiene ninguna importancia cuando se guarda en las entrañas un espíritu capaz de magníficos despliegues. Lo que sí importa es la tendencia vita a crecer o a menguar. No sólo la juventud, o la adolescencia, sino incluso la infancia es mucho más interesante que una grandeza material encorvada a tierra por la pesadez de una decadencia contumaz.

De tales infancias está sembrado el mundo, siendo ellas las que dan a luz corrientes del espíritu que gobiernan realmente el mundo y anuncian los cambios. De ellas parten las lentas evoluciones, primero imperceptibles, después pintorescas, más tarde sospechosas, y en la última fase casi siempre transformadoras.

El fracaso es una condición necesaria para la compasión.
El fracaso es una condición necesaria para la compasión.

[…] Por eso, la falta de éxito inmediato es otra de las cosas que no tienen importancia. La falta de éxito inmediato es, por tanto, la condición del éxito definitivo. Un fruto madurado artificialmente por medio de éxitos obtenidos fuera de su sazón, carece de dulzor y de virtud nutritiva.  Da dentera, irrita el estómago y perjudica la salud. Quien no haya perdido nunca, jamás podrá tener clemencia, condición necesaria de todo acierto, ni podrá resistir las adversidades, condición aún más necesaria. Si la humanidad estuviera dividida entre los que siempre ganan y los que siempre pierden, la vida sería irresistible para todos.

[…] La característica más visible e inconfundible del hombre que tiene razón es que sabe esperar. Y es que la razón, como la divinidad, es eterna. El triunfo de mañana es triunfo de hoy.

¿Altavoces o una fina voz que penetre el alma?
¿Altavoces o una fina voz que penetre el alma?

Hay una tercera cosa que apenas tiene ya importancia. El imponderable que está de vuelta dispone de potentísimos altavoces. Se aprovecha de ello y hace bien. El peligro es que un manejo rutinario del aparato llegue a hacerle creer que aquella potencia de voz es propia o, lo cual sería mucho peor, que es del propio aparato de donde sale la fuerza que pone en marcha las cosas. Los imponderables que todavía no han creado una mitología no tienen altavoz. No lo necesitan. Es más penetrante la voz fina que se filtra ‘alma adentro’ como un aire de espíritu que la fuerte voz que ensordece el ambiente y hace vibrar solemnemente los cristales.

[…] San Agustín veía el caos primitivo fecundado por miles de razones seminales. Bien podríamos elevar esta bella intuición al orden del espíritu, y contemplar el mundo humano sembrado de mil turgencias en busca de la eclosión vital, dentro de las cuales se esconden aquella palabra nueva, aquel espíritu inédito, aquel ideal nonato, adorables de silencio, formidables de simplicidad, preñados de las eficacias de mayor alcance.

Si no creyera esto, creo que no creería ya en nada. Creo que este tipo de reflexiones maduradas en el ejercicio del silencio y del apartamiento temporal del trajín diario, son hoy tan necesarias como lo fueron ayer. El bombardeo de noticias, opiniones, debates, … es excesivo y trae como consecuencia la indiferencia o la incredulidad, no ya sobre Dios sino respecto a la propia humanidad; o también provoca una crítica simplista que pone la culpa siempre sobre ‘el otro’. Sólo cuando se toma distancia de tal bombardeo, es posible entonces identificar lo que de veras es motivo de esperanza cierta (no sugestionada o inducida). Y es la esperanza  firme un cimiento necesario para construir estrechas y fraternas relaciones humanas.

 

[1] La nit Transparent, Barcelonesa d’edicions: Barcelona, 1989, págs. 205-208.

  

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