Capitalismo y castidad

En 1601, el p. José de Jesús María, carmelita descalzo, publicó en Alcalá su Primera parte de las excelencias de la virtud de la castidad, unas 900 páginas a dos columnas. Aunque se anunciaban tres tomos más, no parecen haber sido publicados.

El autor utiliza una clasificación del amor de san Lorenzo Justiniano: “hay tres maneras de amor: carnal, sensual, y espiritual”. Del primero dice: “carnal es un amor torpe, que sirve a la lujuria y destemplanza, el cual como sea contrario a Dios, desea cumplir las obras de la carne, que son inmundicia, deshonestidad, lujuria, y todos los demas vicios que cuenta el Apóstol por frutos de la carne.” (p. 15)

El p. María escribe un libro de divulgación, no un manual de Teología Moral, ni siquiera una Guía para Confesores. Su tema central es cómo la virtud de la castidad puede acercar el amor sensual al espiritual, evitando que se convierta en amor carnal, el cual, como queda dicho arriba, resulta pecaminoso por definición.

Un teólogo profesional hubiera tenido más cuidado. De cualquier forma lo que dice el p. María no necesita estar mal, si “manera” no significa “tipo” sino “modo”. No es que hay un tipo pecaminoso de amor, sino un modo problemático de vivir el amor. Al borde del s.XVII, “manera” podía entenderse en cualquiera de los dos sentidos.

La pastoral católica a menudo cargaba los claroscuros para impresionar mejor la sensibilidad del oyente, de lo cual el libro del p. María es un buen ejemplo. Por siglos, el sexo fue visto con gran desconfianza entre los cristianos. Por supuesto que el sexo siempre se podía hacer bien; pero lo mejor que se podía hacer, era no hacerlo.

Después de las definiciones, el libro del p. María ofrece once capítulos sobre los peligros de la sensualidad, que habrán de evitarse para que el amor no se torne carnal. Copiemos los primeros, y ya con eso nos hacemos idea de por dónde va la argumentación:

  • Cap. IIII. De la engañosa y falsa representación del deleite sensual y de su brevedad y vileza.
  • Cap. V. De la violencia y tiranía del amor sensual y de sus diversos accidentes.
  • Cap. VI. De cómo la sensualidad no respeta personas, edades ni estados, ni de ella se aseguran.
  • Cap. VII. De cómo el amor sensual ciega miserablemente a los que le dan acogida.
  • Cap. VIII. De los grandes e innumerables daños que causa el amor sensual, y de cómo consume y destruye la hacienda.
  • Cap. IX. Cómo el amor sensual inficciona la honra, y granjea necesaria infamia.
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Como se notará, no se trata solo de los excesos de la sensualidad, sino que pronto se habla de todo amor sensual. Como antes el carnal, también el amor sensual empieza a ser malo en sí mismo. Nos vamos quedando sin ‘maneras’ legítimas de amor que correspondan al impulso sexual de las personas.

Desde la segunda mitad del s. XX la moral católica respecto a la sexualidad ha cambiado considerablemente. No en el fondo teológico-moral (que el p. María tampoco reflejaba bien para su época), pero sí en la pastoral. Cuando sacerdotes, obispos, catequistas, etc., enseñan a los fieles sobre sexualidad, precisamente evitan los claroscuros y procuran adentrarse en los matices.

Es evidente que el impulso sexual puede llevarse bien o mal. El sexo resulta imprescindible para que la sociedad funcione, porque constituye la base de la formación de las familias. Y a la vez amenaza la sociedad de raíz, porque también es la base de la carencia de familias, de su eventual malfuncionamiento y de la destrucción de muchas infancias y adolescencias. Aunque no especialmente acertado, el propósito del libro del p. María es enseñar a matizar el impulso sexual con la castidad, para que resulte finalmente bien para la persona, la familia, y la relación con Dios.

Esta aproximación a la moral sexual resulta obvia para un católico contemporáneo. Todos los impulsos básicos de la persona son necesarios para movilizarnos: constituyen un factor esencial de humanización. Pero precisamente porque son tan poderosos, con todos ellos se pueden hacer grandes desastres, personales y colectivos.

Para algunos católicos, sin embargo, eso mismo no pasa con otro de los impulsos básicos: el interés propio. ¿Por qué nos parece que el placer sexual, matizado por la virtud de la castidad, hace una excelente base para formar una familia, pero el interés propio no es en ningún caso una buena base para construir la economía? ¿No estaríamos haciendo con el interés propio–simbolizado quizás por el dinero–lo mismo que hicimos en otro momento con el sexo?

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La tradición católica propone dos virtudes con las que el interés propio puede ordenarse a la humanización, sin necesidad de desaparecer: la justicia y la caridad. Cada una en su nivel, sirven para ordenar el impulso posesivo a la humanización, sin pretender anularlo ni destruirlo. La pretensión de anular o destruir un impulso básico sería psicológicamente absurda.

El impulso posesivo que se expresa en el propio interés nos sirve como motor de la vida económica. Sin embargo, para que resulte en una sociedad deseable, siquiera habitable, ha de venir moderado (no anulado) por la virtud de la justicia, practicada por los agentes económicos. Y en algunos casos–pero no en todos, no siempre, ni siquiera ordinariamente–es necesario separarse de él para atender el interés del prójimo a costa del propio, como requiere la caridad.

No puede montarse una sociedad compleja sobre la inhibición del propio interés, como no puede montarse universalizando la sublimación del impulso sexual en actividades no reproductivas. Simplemente, no funciona.

Esto tan sencillo, y tan antiguo, parece que se nos olvida a veces a fuerza de radicalidades. Son por cierto radicalidades (del sexo y del dinero, ambas) que fácilmente pueden trazarse hasta los primeros escritos cristianos, hasta Pablo y los Evangelistas. Ellos escribían para pequeñas comunidades en un mundo que iba a acabarse ese mismo siglo, según su propio pronóstico.

El mundo no se acabó, y desde hace ya un tiempo, los católicos hemos de pensar no para pequeñas comunidades sino para sociedades complejas de muchos millones de personas.

Curiosamente, las radicalidades que ya nadie sostiene respecto al sexo, hay quien las ha recuperado respecto al interés propio, con tonos parecidos a los del p. José de Jesús María respecto al amor sensual.

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También con parecida buena voluntad. Y con parecido acierto.


Nota: salvo en el título, no hablo en ninguna parte de capitalismo, sino de interés propio. En ese sentido, el post es más preciso que el título. De todas formas, difícilmente se discutirá que una economía capitalista está basada sobre el interés propio, entre otros rasgos. Aunque también lo están la economía feudal, el esclavismo antiguo, el Estado de bienestar o el comunismo. En realidad, todos los arreglos económicos de cierto tamaño desde el Neolítico, o sea desde que existen arreglos con cierto tamaño, se basan sobre el interés propio. Eso ya debería darnos una pista.

4 Comentarios

  1. Gracias, Juan Ignacio. Evidentemente tienes mucha razón en los dos puntos cruciales de tu comentario: que la comprensión del interés propio es cultural, y que la construcción de lo cultural es compleja y plural, no un diktat estatal (o eclesiástico, en otros tiempos o en los países islámicos hoy). Sobre lo primero, quisiera aportar el vínculo entre interés propio y tiempo/espacio. Un interés propio racionalmente ilustrado nota que es en el propio interés que a los otros alrededor mío también les vaya bien, porque vivo con ellos (¿de qué sirve ser un sujero de éxito en una sociedad fracasada? Que se lo pregunten a los venezolanos). Y es en el propio interés que el sistema completo, en el que precisamente aspiro o ya consigo que me vaya bien, sea sostenible en el tiempo (¿de qué me sirve mi propsperidad si mañana esto da un pertardazo y se nos lleva a todos por delante?). Una cosa está relacionada con otra, porque los sistemas económicos muy desiguales se vuelven rápidamente insostenibles, sobre todo si además son muy injustos, como suele ocurrir. Pero el interés propio es siempre el motor más confiable y más universalmente distribuido, para formar una economía; de la misma manera que el sexo es el motor universal para que se formen familias y sociedades. Como con el sexo, lo esencial es cultivar la cultura y organizar la economía para que un interés propio inteligente nos lleve adonde adonde queremos ir, en vez de que un interés propio desbocado nos lleve al precipicio social, medioambiental, económico, etc. (que es más o menos como vamos ahora).

  2. Gracias, Carmen. Yo añadiría el concepto de sostenibilidad. Si piensas que el mundo se va a acabar en diez años por intervención divina, no importa tanto. Si piensas que tú vas a morir de aquí a diez años, pero el mundo va a seguir, lo mejor que TU puedes hacer incluye un mundo habitable para la gente después de que hayas muerto. No solo buenas intenciones, si me explico, sino acciones tuyas que no lleven al desastre a los siguientes. Por ejemplo, organizar una sociedad que funcionaría suponiendo la gente que existe, no una que ni existe ni puede existir (todos nobles y generosos, supongamos).
    Ese es un problema que la primera generación cristiana no tenía, porque pensaban que el mundo se iba a acabar enseguida. Por cierto, que no se acabó. Ni siquiera su mundo se acabó lo bastante rápido para evitar que la comunidad de Jerusalén, ejemplo de comunismo religioso según los Hechos, quebrara. Jerusalén cayó en el año 70; pues bien ya desde los ’50 San Pablo anadaba haciendo colectas para “los santos de Jerusalén”, cuya comunidad en que todo el mundo recibía según su necesidad, ya no se sostenía sobre sus propios pies.
    Por supuesto, si te eximes del conjunto social, puedes sostener las radicalidades ideales que quieras. Siempre que te las apliques a ti misma y a tu grupo inmediato, tu gente, tu comunidad, etc. Eso puede estar muy bien. De hecho ser muy iluminador para los demás. Pero hay que tener mucho cuidado de no proponer lo mismo en serio para toda la sociedad. Quienes han intentado hacer sociedades de “perfectos” de ese género, como la gente que hay no encaja, terminan haciendo dictaduras. Lo que era un grupo de amigos voluntariamente metidos en algo radical, acaba en intentar meter a martillazos a gente estándar en esquemas fallidos. Tenemos historias de eso en cantidad en la Historia de la Iglesia, con el sexo y con el dinero.

  3. En relación con la ética radical, de fin de los tiempos, solamente señalar que, en efecto, el mundo no se acabó en el siglo I, pero sí ciertamente se acabó para todos los que vivieron en él; como también se acabará para todos nosotros, en un momento indeterminado y desconocido. La cuestión es que, si en verdad creyéramos que una vida que merece la pena ser vivida es aquella en la que, aunque supieras con certeza que el mundo se acababa mañana, no dejarías de hacer lo que en ese momento estuvieras haciendo, no debiera haber grandes diferencias en la forma de vivir un mundo que se acabara ya o que se deslizara por un tiempo indeterminado. El fin de la vida individual y el de la humanidad se unen en ese punto en el que el tiempo y mundo dejan de existir. Lo propio ¿y necesario? de la juventud es ignorarlo, así como en la tarde de la vida (o en los momentos de crisis en que la muerte, en cualquiera de sus aspectos, se hace presente, momentos de exámenes por sorpresa) es necio ignorarlo. Pero estamos en una sociedad en la que la máxima aspiración parece ser lograr la eterna juventud, y el poder se concentra en manos de quienes la representan.

  4. Me parece muy oportuna e interesante tu reflexión. A propósito de eso cabe plantearse que el interés propio no es algo que se establece al margen de un determinado ambiente y contexto social. Interés propio no tiene por qué significar egoísmo. Ahora bien, eso no depende tanto del ámbito económico, ni tampoco del político, como si el Estado fuese el que tuviese que imponer una determinada moral o actuación social. Lo fundamental está en la sociedad civil (familias y asociaciones de todo tipo donde primen los valores o intereses comunitarios sobre los intereses más generales de la colectividad que debe representar y garantizar el Estado). Creo que una de las cuestiones esenciales del mensaje cristiano es precisamente que lo comunitario debe ser la clave de la vida social. Sin embargo, la Iglesia con frecuencia ha primado lo individual sobre lo comunitario. De hecho buena parte de su estructura y funcionamiento sigue fomentando, paradójicamente, el individualismo al hacer hincapié no en la responsabilidad y conciencia personal en un marco comunitario, sino en la culpa individual asociada a un puritanismo que confunde castidad con anulación del sexo o solidaridad con ausencia de interés propio.

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