La paradoja de las capas

Debemos a la escritora y crítica especializada en las relaciones entre ciencia, tecnología y literatura Katherine Hayles una simple y curiosa idea que ha recibido su nombre: “Capas de Hayles” o “Paradoja de Hayles“. Según esta autora, la eficacia informacional de lo que obtenemos digitalmente…

  1. depende de las distintas capas que, a modo de sustrato, se superponen para obtener tal información, …
  2. de forma tal que cada capa añadida diluye la importancia subjetiva de las inferiores
  3. que, sin embargo, son objetivamente esenciales para que la superior exista.

El ejemplo más significativo de esta paradoja lo tenemos al alcance de la mano a diario. Para que podamos leer una información que buscamos en Internet, (1) debemos haber accedido a ella a través de un enlace o buscador, (2) porque tenemos un dispositivo electrónico, (3) conectado a una red (4) de un servicio telefónico que (5 y último) funciona gracias a la electricidad.

Complementariamente, podemos constatar que los ciudadanos del siglo XXI  (5) damos por supuesto que existe corriente eléctrica en cualquier punto, (4) consideramos un servicio básico que la infraestructura de telefonía llegue a todos los lugares del territorio, (3) exigimos aparatos y tarifas que nos permitan acceder a la red en todo momento, (2) vamos acompañados de un aparato que ansiamos tenga siempre batería, (1 y último) aspiramos a que la información que queremos conocer sea accesible de la manera más rápida, simple y visual posible.

Creo no exagerar si afirmo que todos somos a lo sumo consumidores medios de información de la Red, porque aunque podamos dominar determinados campos del saber, buscamos también datos, noticias y comunicaciones en otras esferas. Tanto en éstas como en el acercamiento a la Red nuestro comportamiento tiende a ser acrítico. Nos fiamos del medio porque se ha establecido entre nosotros como una nueva demarcación o dimensión de nuestra existencia. Los posthumanos, como nos denomina Hayles, confiamos en la Red como en una nueva pierna que nos permite movernos, una tercera mano que nos alcanza nuevas realidades, un ojo adicional que nos permite descubrir territorios por explorar. Esta confianza en Internet se extiende desde los contenidos al soporte, de ahí a la infraestructura, y por último a los elementos básicos que la hacen posible. Los tenemos como irrelevantes porque han desaparecido de nuestra atención, aunque estén ahí.

Esta pérdida perceptiva de relevancia de las capas inferiores que sustentan la posibilidad de tener lo que buscamos al alcance de un clic tiene, a mi entender, algunas consecuencias sobre las que debemos estar prevenidos:

  • Fomentan la sensación de que una Red ilimitadamente accesible, rápida y limpia es una infraestructura tan básica que puede ser exigida por los ciudadanos como parte de nuestros “derechos fundamentales”. Es más, pedimos que su capacidad se adapte de inmediato a las nuevas posibilidades de uso y demandas sociales.
  • Hacen olvidar el progresivo aumento de costes de mantenimiento para sustentar la eficacia de un sistema cada vez más amplio y complejo, incluso cuando la factura del servicio nos lo recuerda. Olvidamos que, según la llamada ley del cuello de botella, la velocidad de la evolución del conjunto del posibilidades que ofrece la Red depende de la velocidad más baja de adaptación a las necesidades de cada una de sus capas, y que el aumento de la complejidad exige nuevos mecanismos de control, lo que conlleva molestas servidumbres para el uso.
  • Hacen pensar que la capa (hoy) última, la de la información y los servicios, goza de la misma eficacia que aquellas que las sustentan, equiparando la certidumbre informativa con la eficacia técnica subyacente. Damos una enorme veracidad a lo que se encontramos en Internet y creemos ciegamente en los servicios más demandados (piénsese, por ejemplo, en los navegadores). Esto no es algo deducible de la potencia tecnológica subyacente por tratarse de un distinto tipo de realidad.

Dicho esto, lo que a mi juicio es más grave es que olvidamos que la eficacia demostrada del boom tecnológico y sus aparentemente ilimitadas posibilidades reposa en último término en nosotros: en el tiempo y atención que le dedicamos, en la gestión crítica de la información obtenida o de los servicios que empleamos, en el rendimiento efectivo generado y en la aplicación última que hacemos de todo ello para mejorar nuestra calidad de vida. La Red no es una prótesis mental cuya eficacia pueda suplir el análisis humano, la conciencia, el esfuerzo de la voluntad y la moralidad de los actos. Irónicamente, la eficacia informacional de la que habla Hayles encuentra su motor de búsqueda y validación en lo mismo que toda la información transmitida por cualquier otro medio que históricamente ha existido: el factor humano.

Por eso, a la hora de formar en el uso de las tecnologías, y en particular de Internet, creo que no está de más reflexionar sobre:

  • La limitación inherente a cualquier desarrollo humano. No es posible la completa eficacia en el acceso a la información y a los servicios. Tampoco puede certificarse la entera veracidad de las aquellos ni la absoluta precisión de estos. En este sentido, la tecnología es un excelente instrumento para tomar conciencia de los límites humanos, tanto por su capacidad específica de error (distinta de la de los medios no digitales) como por el carácter más circunstancial y efímero de gran parte de sus contenidos.
  • La necesidad de dar tiempo a que los cambios y las mejoras se universalicen. Una correcta formación en el uso de las tecnologías debe fomentar tanto un nuevo tipo de paciencia como el no arrinconamiento de los instrumentos de búsqueda de información y consecución de servicios más tradicionales. Pensando en términos corrientes, incluso como una forma de recuperación de otros ritmos humanos, el recurso al papel y a la información oral son complementos indispensables para formar adecuadamente en el uso de las tecnologías.
  • La limitación del número de derechos a los necesarios para dar acceso común a otros deseables. Puede que Internet (o su evolución) llegue a ser un derecho universal en algún momento próximo. Pero hoy no es así porque no es común bajo distintas perspectivas que lo miremos. Y sólo lo será, por otra parte, si queda garantizada universalmente la accesibilidad de las distintas capas subyacentes; lo cual dista de estar conseguido.

Concluyo. Reflexionar sobre las distintas cuestiones que se plantean desde la paradoja de Hayles resulta muy interesante. Al menos para constatar que, como opina la autora, información y conciencia no están separadas, respectivamente, de la infraestructura tecnológica ni de la realidad humana concreta, como pretende cierto idealismo postmoderno.

Imagen de cabecera: www.pixabay.com

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