Miles de españoles realizan un viaje a sus raíces en estas vacaciones de Semana Santa, Desandan así, por unos días, el camino emprendido en los años 60, entonces del campo a la ciudad; ahora, a la inversa. Es una ilusión, la de la repoblación de los pueblos, en mi caso, de Castilla. Una ilusión que durará no más de unos días y luego, vuelta a la gran urbe, albergue de la globalización.

Los paisajes desamparados del campo se ven invadidos por los “forasteros” que regresan al lugar del que sus antepasados emigraron. Insuflan cierto oxígeno a los pingües negocios que con los ingresos de las fechas señaladas han de sobrevivir el resto del año.

El trabajo escasea por aquí. No hay empresas y el autoempleo permite una supervivencia muy limitada que a menudo se confunde con una agonía. Adivinas las subvenciones que Europa da a los agricultores observando el trigo, el girasol o la remolacha. Cultivos que bordean las carreteras, dibujando un horizonte aburrido, tanto como la vida de los largos inviernos.

Esa lenta muerte de los paisanos les lleva en ocasiones a tentar la suerte con propuestas que a otros se les antojan escandalosas. Pero que se comprenden mejor cuando se conoce la realidad diaria de esta gente casi tan abandonada como sus pueblos. Algunos solicitaron en su día albergar los cementerios nucleares, otros se han visto invadidos por molinos de viento que prometen una prosperidad que nunca llega.

Las nuevas tecnologías auguran un nuevo El Dorado. Así lo vaticinan algunos visionarios cansados de malvivir cuidando ganado o cultivando tierras para una cosecha que a nadie interesa. La llegada de la tecnología a la agricultura les ha proporcionado un rédito de horas ociosas que algunos están aprendiendo a rentabilizar.

Perdido el sentido de abrir negocios para una población menguante, se lanzan a buscar clientes al alcance de un click. Así, gracias a internet, pueblos enteros se dedican a registrar nuevos negocios online donde venden productos que almacenan en sus más que amortizadas naves. Donde otrora se albergaran rebaños o reses, ahora se acumulan cajas y cajas de paquetes que enviar a destinos lejanos.

Empresas de mensajería, productores, consumidores, ayuntamientos, escuelas cerradas, iglesias vacías,… Todos viven una nueva oportunidad. Hijos de emigrantes que buscan una vida más tranquila se sienten también atraídos. Profesionales saturados que huyen del estrés. Familias antes rotas que se reagrupan por las nuevas oportunidades profesionales que se abren a los jóvenes. Se ayudan todos, cooperan para dar empuje a sus respectivos negocios. Paradójico, pero en el mundo de la globalización, estos pueblos semiabandonados pueden llegar a vivir una segunda juventud.

Imagen: www.palenciaturismo.es