Cambio global, opción por los pobres y Ellacuría

Por Dr. Agustín Ortega Cabrera Ph. D.

Autor de un post previo en entreParéntesis, donde puedes encontrar más detalles de su pensamiento: Liberación integral y resistencia ética.

Este artículo, quiere entrar en diálogo y ser respuesta al último, sugerente e interesante artículo que, en esta misma web de entreParéntesis, ha publicado Raúl González Fabre SJ “El riesgo reaccionario en la opción por los pobres”. El texto se refiere al filósofo y teólogo Ignacio Ellacuría SJ, uno de los conocidos como “jesuitas mártires de la UCA”. Y conviene precisar que como nos muestran los estudios y sus mismos textos, por ejemplo el que puede ser considerado como uno de sus legados “Utopía y Profetismo desde América Latina”, Ellacuría no entendía el cambio sólo en el sentido de transformación de las estructuras. Sino de una forma global, cultural, personal y espiritual, una transformación profunda, renovación honda y liberación integral. Además, Ellacuría valoraba los avances técnicos, científicos y civilizatorios. Él fue un autor pionero en ver y analizar las semillas de lo que hoy se conoce como globalización. Un mundo cada vez más unificado, con todas las posibilidades de una nueva civilización. Y que Ellacuría proponía que fuera más fraterna y justa con los pobres.

En sus propias y ya casi últimas palabras, a manera de testamento vital, “sólo utópica y esperanzadamente puede uno creer y tener ánimos para intentar con todos los pobres y oprimidos del mundo revertir la historia, subvertirla y lanzarla en otra dirección”. Los pobres no como objetos sino como sujetos de su promoción y liberación integral, como protagonistas de las luchas liberadoras por la justicia y de los cambios globales. En oposición a todo paternalismo, asistencialismo, elitismo y “liderismo” que niega el fondo del humanismo y personalismo que se encuentra en la fe y en Ellacuría. Por cierto, quiero decir que, según tengo entendido, la expresión “reverso de la historia” no es tanto de Ellacuría sino más propia de Gustavo Gutiérrez. Aunque  de cualquier modo, el teólogo peruano, al igual que Ellacuría, entiende el cambio y la liberación de esta forma global e integral.

Tanto Gutiérrez como Ellacuría comprenden y promueven un cambio y liberación personal, social, estructural, histórica, global, trascendente e integral. En donde se articulan correctamente la libertad personal con la justicia social-global, el cambio (conversión) personal y espiritual con el civilizatorio. Ellacuría mostró cómo el sistema económico y político del capitalismo, con sus desigualdades e injusticias crecientes, se iba haciendo cada vez más global. Él lo llamaba “la civilización del capital”, dominada por el  lucro y beneficio que, para el capitalismo, es el motor de la historia. A lo que contrapuso “la civilización del trabajo”. Esto es, la vida y dignidad del trabajador, de toda persona, con una economía al servicio de las necesidades de los pueblos y pobres, para un desarrollo humano, liberador e integral. Y, como ya hemos apuntado- al igual que hace la Doctrina Social de la Iglesia (DSI)-, Ellacuría discernió muy bien que, aunque no se deben negar ni dejar de valorar los avances verdaderos de la técnica o de la ciencia, el capitalismo como tal no es ético, es intrínsecamente inmoral.

Puede interesarte:  Ley natural, antropología y ética con el Papa Francisco

Como ya afirmaba Pablo VI, “por desgracia, sobre estas nuevas condiciones de la sociedad ha sido construido un sistema que considera el lucro como motor esencial del progreso económico; la concurrencia, como ley suprema de la economía; la prosperidad privada de los medios de producción, como un derecho absoluto, sin límites ni obligaciones sociales correspondientes. Este liberalismo sin freno, que conduce a la dictadura, justamente fue denunciado por Pío XI como generador del «imperialismo internacional del dinero». No hay mejor manera de reprobar tal abuso que recordando solemnemente una vez más que la economía está al servicio del hombre. Pero si es verdadero que este capitalismo ha sido la causa de muchos sufrimientos, de injusticias y luchas fratricidas, cuyos efectos duran todavía, sería injusto que se atribuyera a la industrialización misma los males que son debidos al nefasto sistema que la acompaña. Por el contrario, es justo reconocer la aportación irremplazable de la organización del trabajo y del progreso industrial a la obra del desarrollo” (Populorum Progressio 26).

A este respecto, como se observa, el mal del capitalismo no es sólo de tipo económico y político. Su patología es a la misma vez, unida inseparablemente, de carácter ético-antropológico. Con su individualismo liberal, burgués, posesivo y propietarista que niega el ser solidario en el destino universal de los bienes; que impide el bien común y la justicia social con la equidad en el reparto de los bienes, destinado para toda la humanidad según el Plan de Dios. Ya que, como enseña muy bien Ellacuría, el capitalismo está enraizado en la “civilización de la riqueza”, en la deshumanización de ser ricos con su afán de tener, poseer y consumir. Frente a lo anterior, para este cambio global e integral, Ellacuría proponía “la civilización de la pobreza”. Esto es, ser pobres en una vida sobria y una austeridad solidaria en el compromiso por la justicia liberadora con los pobres de la tierra. Esta pobreza solidaria y compromiso por la justicia liberadora con los pobres: es lo que va logrando el sentido en la vida y la felicidad, nos va dando la vida humanizadora, realizada, trascendente, plena y eterna en el Dios de la vida. Por todo ello, también Ellacuría hizo una crítica severa y profunda del comunismo colectivista o colectivismo que, como nos transmite la misma DSI, no es más que un capitalismo de estado, un materialismo economicista.

Puede interesarte:  Cataluña como síntoma

En este sentido, no deben oponerse la transformación de las estructuras al cambio más estructural-global, mundial o personal. Las ciencias sociales y la propia teología e iglesia con su DSI, por ejemplo el Papa Francisco, siguen mostrando la importancia de las estructuras para comprender bien la sociedad-mundo. Francisco afirma claramente que “así como el bien tiende a comunicarse, el mal consentido, que es la injusticia, tiende a expandir su potencia dañina y a socavar silenciosamente las bases de cualquier sistema político y social por más sólido que parezca. Si cada acción tiene consecuencias, un mal enquistado en las estructuras de una sociedad tiene siempre un potencial de disolución y de muerte. Es el mal cristalizado en estructuras sociales injustas, a partir del cual no puede esperarse un futuro mejor” (Evangelii Gaudium 59)

Y, sigue enseñando el Papa, la relevancia del cambio social y global que supone e incluye a estas estructuras. “La necesidad de resolver las causas estructurales de la pobreza no puede esperar, no sólo por una exigencia pragmática de obtener resultados y de ordenar la sociedad, sino para sanarla de una enfermedad que la vuelve frágil e indigna y que sólo podrá llevarla a nuevas crisis. Los planes asistenciales, que atienden ciertas urgencias, sólo deberían pensarse como respuestas pasajeras. Mientras no se resuelvan radicalmente los problemas de los pobres, renunciando a la autonomía absoluta de los mercados y de la especulación financiera y atacando las causas estructurales de la inequidad, no se resolverán los problemas del mundo y en definitiva ningún problema. La inequidad es raíz de los males sociales” (EG 202).

Por último, consideramos que existe el riesgo de ideologizar las cuestiones sociales y éticas, con las “etiquetas de conservador o progresista” que no siempre valen ni se ajustan a lo que realmente es moral, bueno y justo. No todo supuesto cambio es, de suyo, bueno o malo. Ni conservar algo (como tal) está mal o es un bien. Habría que ser más precisos a nivel intelectual, social y ético para no caer en ideologizaciones, imprecisiones e incluso descalificaciones. Como, a modo de ejemplo, tachar de conservador o reaccionario por oponerse a un cambio que, en sí mismo, no es humano ni justo. Como afirman el mismo Francisco o Luis Ladaria (actual prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe), las calificaciones de conservadurismo o tradicionalismo y progresismo no reflejan propiamente una correcta comprensión de la fe y de la moral. Tienen el riesgo cierto y comprobado de ese mal que ya alertaba Pablo VI: poner las ideologías por encima de la fe y de la moral.

Puede interesarte:  Bioética global desde Francisco para una ecología integral de la vida

Ph. D. Agustín Ortega (España) es Trabajador Social y Doctor en Ciencias Sociales (Dpto. de Psicología y Sociología).  Asimismo ha realizado los Estudios de Filosofía y Teología, Doctor en Humanidades y Teología. Profesor e investigador de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador y, actualmente, de la UNAE (Universidad Nacional de Educación) así como invitado en diversas universidades latinoamericanas. Autor de diversas publicaciones, libros y artículos.


Imagen: www.caie-caei.org

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.