Mayo-2014509En la intensidad del calor del verano acabo de venir hace unos días de la frescura de una experiencia preciosa con un círculo de mujeres que tenemos por nombre YADÁ, que significa conocer por experiencia. Una de nuestras características es la diversidad de las personas que constituimos el grupo: diversas en edades, en ocupaciones, en itinerarios vitales, en profesiones, en militancias y activismos varios. Nuestras convergencias son también muchas, pero quizás la más importante es la búsqueda de una espiritualidad ignaciana con perspectiva de género y para lanzarnos a esta aventura constituimos  un círculo de mujeres.

Nos gusta identificarnos como círculo porque el espacio que vamos construyendo entre nosotras es un espacio no jerárquico, un espacio de profundidad y de inclusión en el que nos sentimos convocadas por “El nuevamente encarnado”. Nos mueve también el deseo de hacer silencio unos días y releer  la vida a partir de la Palabra encarnada y la consciencia corporal. El círculo nace también de un anhelo el de “Buscar y hallar a Dios en todas las cosas” (EE. 1) y aplicar sentidos y gustar internamente para reorientar estilos de vida y compromisos por otro mundo y otras relaciones posibles.  

Otra característica es que junto con la pedagogía ignaciana y algunas claves de los Ejercicios Espirituales rescatamos genealogías femeninas, de modo que la experiencia hecha palabra de algunas mujeres místicas actúa como  “partera”  de  la nuestra.  Así el círculo se amplia y se suman a nuestra danza de conocer por experiencia Juliana de Norwich, Hadewijch de Amberes, María de Oingt, Etty Hillesum, Magdeleine Delbrêl, Teresa de Jesús, etc.

Con Juliana de Norwich nos adentramos en el experiencia del Dios todo-cuidadoso de la creación y en  la fragilidad como espacio de salvación“El cuidado de una madre es el más cercano, el más estrecho y el más seguro porque  es el   más verdadero. Este cuidado nunca podría darlo ni lo daría plenamente nadie que no fuera El. (…)Nuestra madre Jesús  nos engendra para la alegría y para vivir eternamente en el amor (…). Una madre alimenta a su hijo con leche pero nuestra querida madre Jesús se nos da él mismo como alimento. Con tierna delicadeza  da su cuerpo, la Eucaristía, al más precioso sustento de  vida” 

Con Magdeleine Delbrêl nos adentramos en la oración como perforación y como entrañarse. De su mano experimentamos que perforar la realidad es descubrirla habitada por el misterio de dignidad que la alienta en su hondura, aunque esté mezclada con la miseria humana, como el trigo con la cizaña (Mt 13, 24-52). Por eso orar es buscar en la densidad de los acontecimientos y del propio corazón sus respiraderos, hacer experiencia de Dios, del Amor, estemos donde estemos, convencidas que para el encuentro con Dios el mundo y la cotidianidad son cita obligada y que allí donde tenemos nuestro lugar de vida tenemos también nuestro lugar de encuentro con Él. Por eso disponernos a orar es disponernos a perforar la realidad, a hacer hoyo en ella, a tener la actitud de los zahorís, ir haciéndonos expertas en descubrir los manantiales ocultos en lugares o experiencias vitales aparentemente desiertas, porque orar es ahondar y cuidar el propio corazón ya que en él   en el en están las fuentes de la vida (Prov 4,23).

Pero orar, desde una perspectiva femenina es también entrañarse. Las entrañas son el lugar de la hondura humana, el centro del ser donde se van grabando las experiencias que marcan la existencia como símbolo de fecundidad y generatividad. Las entrañas son el lugar de la misericordia. Decir que la oración es entrañarse significa que es abrirse a la misericordia de Dios dejándose afectar por ella para ser misericordia en acción, misericordia en relación. Significa también reconocer vitalmente que la fuente de nuestro amor y de nuestro anhelo de justicia, de reconciliación de utopía, es el útero de la misericordia de Dios, donde todo y todas podemos nacer de nuevo ( Is 66,9,11; Is 65,17; Is 42,14) y desde donde brota la fuente de todo amor, de toda regeneración, de toda compasión, toda  posibilidad de cambio y transformación profunda en nuestra vida y en la vida del mundo.

Por eso, agarradas también a Etty Hillesum, podemos recorrer el itinerario de enfrentar miedos y resistencias  encarar la vida tal como nos vaya viniendoDios mío, tómame de la mano. Te seguiré de manera resulta, sin mucha resistencia. No me sustraeré a ninguna de las tormentas que caigan sobre mí en esta vida. Soportaré el choque con la mejor de mis fuerzas. Pero dame de vez en cuando un breve instante de paz. No me creeré en mi inocencia que la paz que descenderá sobre mi será eterna. Aceptaré la inquietud y el combate que vendrá después. Me gusta mantenerme en el calor y la seguridad, pero no me rebelaré cuando haya que afrontar el frío con tal que tú me lleves de la mano. Yo te seguiré por todas partes e intentaré no tener miedo. Esté donde esté intentaré irradiar un poco de amor, del verdadero amor al prójimo que hay en mi “

Las místicas nos recuerdan que creer es un abandonarse a la osadía de Dios,  que el  riesgo es sinónimo de la fe y la confianza, por eso agarradas de su mano, volvemos de nuevo a la cotidianidad de este verano convulso narrando con hechos y palabras la experiencia vivida para seguir extendiendo los círculos de mujeres Yadá, de espiritualidad ignaciana femenina, desde el convencimiento de nuestra compañera Juliana de Norwich, que “nada ni nadie puede alejarnos de la misericordia de Dios y que todo acabará  bien”.