Buenos pobres, malos pobres

La semana pasada me invitaron a una experiencia, para mí, curiosa. Eldiario.es está organizando “encuentros digitales” con personas de distintos ámbitos; la semana pasada me invitaron a hablar de pobreza. La comunidad de Menéame iba a lanzar durante 24 horas preguntas, se votarían y yo tendría que responder las más votadas, durante una hora. Accedí con miedo y entusiasmo a partes iguales: a mí me gusta Dialogar entre fronteras, pero Menéame tiene fama de ser una frontera de guerra.

No fue una hora, sino dos, porque la velocidad de mis dedos es más bien penosa. Aún así, me quedé con la sensación de que pude responder más bien poco. El resumen, aquí. Las preguntas fueron variopintas, algunas muy interesantes, otras con más nivel del que la “experta” tenía, y otras francamente inquietantes.

Con la protección que da lo virtual, en muchas de las preguntas se formulaban, sin tapujos, prejuicios que nunca suelo escuchar de forma tan directa, así, sin atenuantes. De muchas formas distintas lo que estaba detrás era lo mismo: ¿por qué hay que ayudar a los malos pobres, a esa gente que se merece estar como está, los que se aprovechan, que en realidad podrían trabajar, pero prefieren vivir parasitando de lo que aportamos todo con el sudor de nuestra frente? ¿Qué hacemos con estos aprovechados?

Pero, ¿lo son? Hay bastante evidencia sobre los prejuicios frente a la pobreza. Y ninguna que señale que se concentren, entre quienes padecen pobreza, más defectos morales que en cualquier otro grupo humano como clase media, o los ricos, o la gente rubia, o los fumadores, los franceses o los médicos.

El nivel de fraude en ayudas sociales es extremadamente bajo (existe, claro) pero no hay más fraude entre los pobres que entre otros grupos sociales. De hecho, según los informes de Gestha, el sindicato de técnicos de Hacienda, se señala repetidamente que el mayor nivel de fraude lo realizan las grandes fortunas, que no son beneficiarios de ayudas sociales, claro, y que probablemente causan un gran daño a la economía.

Por otro lado, algunas experiencias como la iniciativa del Banco Grameenque hace años comenzó Muhammad Yunnus, y que otorga microcréditos a personas pobres, sin controlar para qué lo quieren usar (puede ser para fines productivos o simplemente de consumo), se ha mostrado como una experiencia exitosa y que tiene un nivel de devolución de los préstamos del 97%. Un nivel muy alto.

¿Y la conclusión entonces es que los pobres son buenos? Pues no. La conclusión es que no se debería hacer una lectura moralizante de la pobreza. Las personas lidian con las consecuencias de la pobreza de la misma forma que el resto de los seres humanos: de la mejor manera que se puede. Y como el resto de los seres humanos cometen errores, aciertos, y enfrentan las circunstancias cotidianas como nuestra especie las enfrenta, con una dosis de buena voluntad, con otra de racionalidad y otra de irracionalidad.

Y para ilustrar esto último, os invito a ver este vídeo, en el que Dan Ariely, investigador del MIT, nos muestra de qué locas maneras tomamos decisiones transcendentales en nuestra vida, independientemente de cuán pobres o ricos seamos, algo que deberíamos recordar la próxima vez que escuchemos: “los pobres son…”

 Dan Ariely: ¿Tenemos el control de nuestras decisiones? – TEDTalks

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