A nuestra mente le gusta pensar la vida social en términos de buenos y malos. Sea la política, la economía, la ecología, la cultura, la etnia… hacemos una narración de buenos y malos y, a continuación, por supuesto, nos situamos del lado de los buenos. Poca gente dice sin ironía: “los malos son tales, entre ellos yo”.

Esto se aplica sobre todo a las relaciones impersonales. Cuando se trata de relaciones cara a cara, la cosa cambia y suele ser mucho más matizada. Todos conocemos personas que pertenecen a algún grupo “de nuestros malos” con los que, sin embargo, nos llevamos muy bien.

El patrón mental de buenos y malos es conocido por quienes buscan nuestra adhesión política para construir su poder. El recurso más obvio es pintar al competidor como malo (denunciarlo, desenmascararlo), de manera que, por contraposición, uno sea el bueno en la narración. El espectador, o sea nosotros, deberá ponerse obviamente del lado de los buenos.

El malo es la gran empresa, dispuesta a toda destrucción de la naturaleza, la sociedad y la cultura, por el beneficio. O los partidos del sistema, corruptos hasta la raíz. O el Estado, ineficiente y opresivo por su misma naturaleza. O los populistas, ciegos proponentes de dictaduras arruinadas. O los extranjeros, que insisten en ser como son y además de vez en cuando se estallan. O los curas, propositores de tinieblas anticientíficas con las que envenenan mentes inmaduras. O los masones, que conspiran desde sus logias para dominar el mundo. O los neoliberales, que quieren sumirnos a todos en la ley de la selva económica. O las ONG, parásitos del dinero ajeno para vivir de causas que no funcionan.

La lista puede hacerse tan larga como se quiera. Al leerla, notamos que nos molesta que se metan con “nuestros buenos” pintándolos como encarnaciones de la perversión. Nos parece injusto. Y sin embargo, no nos molesta tanto que se metan con otros, aunque sea igualmente injusto ponerlos como radicalmente malos. Más aún si el ataque va contra los que nosotros consideramos “malos”. Entonces en el fondo nos gusta: confirma nuestras creencias previas. Es cuesta arriba defender a los propios enemigos.

Esa es nuestra mente en marcha: hemos asumido algunas historias de buenos y malos, y ya sentimos mucho más por ellas que por el examen racional de las situaciones y sus posibilidades. Queremos que haya buenos y malos para poder ponernos con los buenos y atacar a los malos. No solo es satisfactorio; también es más simple: nos ahorra esfuerzo analítico para distinguir lo mejor de lo peor en un mundo social complejo. Por así decirlo, nos da hecha la respuesta a preguntas que nos importan. Los buenos siempre actúan bien; lo que viene de los malos siempre es malo. Ya está.

Para desarticular esta trampa psicológica, puede servirnos la idea de Aristóteles de que todo se quiere por razón de bien, por el bien que hay en ello. Antes de juzgar al otro hay que indagar sobre el bien que busca y sobre los bienes que produce incluso sin buscarlos. Cuando comprendemos las razones de bien de su acción, es más fácil hablar sobre los procedimientos para alcanzar ese bien, sobre los males indeseados que pueden generarse, etc. Todo se vuelve más complejo pero también más interesante: la propaganda cede espacio a la deliberación.

Señalar los males en la acción o la propuesta del otro, no implica que nuestra propuesta sea todo bondades; puede ser hasta peor que lo que denuncio. Y al contrario, comprender el bien que se persigue en una posición, incluso defenderla en público de calificaciones injustas, no implica adherirse a ella. Todo pensamiento “políticamente correcto” se tambalea.

También puede ayudar a desarticular la trampa de los buenos y los malos el concepto teológico de pecado original, y la práctica espiritual del examen de conciencia. El “pecado original” expresa la realidad antropológica de que todos “hacemos el mal que no queremos, y no hacemos el bien que queremos” (Rom 7,19). Con otras palabras, no hay “buenos” absolutos (salvo Nuestro Señor Jesucristo y la Santísima Virgen, quienes precisamente por ello no tenían “pecado original”, proclama el dogma).

Que no hay buenos absolutos lo comprobamos en el examen de conciencia. Si no dejamos pasar nuestros males e inhibiciones sino que los revisamos cada día, ya notamos que no se sostiene la historia de buenos y malos en que nosotros estamos siempre del lado de los buenos. En el examen nos reconocemos haciendo (también) el mal. Y por lo mismo, podemos suponer que nuestros oponentes en cualquier enfrentamiento social, será gente como nosotros, parcialmente mala, parcialmente buena, llamada sin embargo a mejorar.

Recuerdo una inscripción a ambos lados de la portada de la iglesia de la Divina Pastora, en la parte vieja de Caracas (ver imagen): “Nadie hay tan malo que no pueda entrar”; “Nadie hay tan bueno que no necesite entrar”. Eso es: ni nosotros somos tan buenos, ni los otros, a los que nos enfrentamos, son tan malos. Podemos hablar, al menos por nuestra parte.


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