Buenas, soy Pablo de Tarso…

  • Buenas, soy Pablo de Tarso, he venido a evangelizarle…”

Intento imaginar a San Pablo, una persona nacida en la actual Turquía, de religión judía, ciudadanía romana, cultura griega y convertido al cristianismo en Siria. Me lo imagino evangelizando por aquellas tierras griegas. Supongo que después de un saludo inicial, seguiría algo así:

  • “No sé si sabe que el Dios de los judíos, el creador de todo lo que usted ve, ha estado viviendo entre nosotros hasta hace tan solo un par de años. Le mataron, pero ha resucitado…”

Lo normal es que el oyente respondería algo así como:

  • Mire, hoy tengo por fin la oportunidad de pasar tiempo con mi familia y me gustaría poder disfrutar de ella, así que si no le importa…”

Pero como Pablo era tenaz, consiguió convencer a algunos de estos oyentes.

Sólo con los que ya habían creído aquello de que existía un Dios y que éste se había estado paseando por aquí, continuaba entonces su discurso hacia una segunda fase:

  • Han crucificado a nuestro Maestro y Señor, por lo que no debemos esperar nosotros un trato más digno. También nosotros seremos perseguidos, acusados, sentenciados, azotados, humillados y crucificados.

Aquí se produce naturalmente otro filtro importante. La mayor parte de los que lograran pasar a la segunda fase dirían algo así como:

  • Ya Pablo…, mira… me caes bien y me gustaba la idea de un Dios que se comprometía con la raza humana hasta el punto de dejarse crucificar, pero sinceramente… no creo que un Dios tan bueno como el que cuentas me pida un sacrificio como ese. Tu mensaje no es consistente.
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Y así continuaría, uno tras otro, consiguiendo convencer sólo a uno de cada mil.

Lo impactante es que su objetivo era convencer al mundo entero. Obviamente sabía que antes de que le mataran solo podría llegar a unos pocos, pero el proyecto duraría milenios hasta conseguirlo.

Cualquiera que analice esto, con la mente un poco fría, debe quedar absolutamente atónito de que el proyecto haya superado hoy la cifra de 2.000 millones de “followers”. Y aún más maravillado si la persona que lo analiza no es cristiana, ya que no podrá justificar el éxito pensando que hay un Dios guiando la historia y empujando para que esto suceda.

Naturalmente la persona “tipo” del siglo XXI considera que la evangelización en sí misma es puro adoctrinamiento, ya que la religión de moda hoy es el relativismo, e incluso tendrá acumuladas mordaces críticas en contra de los frutos de dicha evangelización, ya que no piensa ni un segundo en lo que sería el mundo sin ella, por lo que el proyecto de San Pablo difícilmente puede ser visto por la persona “tipo” como algo “admirable” en sus fines. Aun así, debemos admitir que como ejemplo de tenacidad nos sirve a todos.

Y es que San Pablo pensaba al corto plazo, dando consejos a su amigo Timoteo sobre como podía aliviar su dolor de tripa[1]. Pensaba estratégicamente al medio plazo, evangelizando a los judíos de la diáspora y a los griegos temerosos del Dios de los judíos antes que a los demás (se evitaba así explicar todo el antiguo testamento[2]). Y también miraba al larguísimo plazo, lo cual implicaba llegar a todos los confines de la tierra[3].

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Pero la cultura de hoy no es solo relativista, sino que también se ha vuelto “inmediatista, de forma que los objetivos solo pueden ser a corto plazo, siendo fácilmente medible la locura de las personas en función de la distancia a la que llega su mirada. De esta manera, los que miran a medio plazo son “ilusos”, los que miran a largo son “iluminados” y los que miran a larguísimo son “locos peligrosos”. San Pablo hoy no sería crucificado, pero sin duda estaría con una camisa de fuerza en un hospital psiquiátrico.

Cuento esto porque la pobreza y la extrema desigualdad de este mundo, por mucho sufrimiento que genere, no puede ser resuelta ni ahora, ya que requiere de mucho tiempo, ni sólo aquí, ya que cualquier política nacional que no se rinda a una regulación laxa en todas las materias y a unos impuestos al capital bajos debe aceptar el castigo de que el capital global le aísle empobreciendo aún más a su país. Y es que hoy no es el imperio romano sino el imperio del dinero el que gobierna el mundo entero.

La lucha contra la pobreza y la extrema desigualdad, que por cierto es también una parte esencial del proyecto de San Pablo, requiere de al menos un siglo y de una política global que garantice acuerdos mundiales en todas las materias regulatorias y fiscales[4], que vuelvan a poner al capital al servicio de la ciudadanía y no al revés. Así que, si no pensamos al menos un poquito como San Pablo, me temo que no hay solución.

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[1] https://www.biblegateway.com/verse/es/1%20Timoteo%205%3A23

[2] http://bibliaparalela.com/1_corinthians/9-20.htm

[3] https://www.bibliacatolica.com.br/el-libro-del-pueblo-de-dios/hechos/22/15/

[4] http://entreparentesis.org/necesitamos-nuevo-relato/

 

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