Por Fran Otero. Periodista. Redactor de Alfa y Omega

De todas las metáforas que se pueden realizar sobre un periodista, nunca se me hubiese ocurrido la del buen samaritano. Y es fantástica. Y sirve de igual manera para todos los periodistas; da igual si llevan el adjetivo de creyente o no. La primera vez que supe de ella fue en una reunión de Crónica Blanca, ese grupo de jóvenes periodistas promovidos por Manuel Bru, que nos habló de un congreso de comunicadores católicos en Argentina del año 2002. El título: “Comunicador, ¿quién es tu prójimo?”. Y ese fue también el encabezamiento de la ponencia de apertura, que impartió el cardenal Jorge Mario Bergoglio. Sí, el Papa Francisco.

Intentó responder a esta pregunta y a cuantas se derivan de ella. «Aunque la imagen del hombre apaleado por los ladrones que quedó tirado al costado del camino apunta al proceder evangélico -ético y moral-, es lícito trasponer lo que se dice del bien al terreno de la verdad y de la belleza. Más aún, bien, verdad y belleza son inseparables cuando nos comunicamos: inseparables por presencia o también por ausencia, y en este último caso el bien no será bien, la verdad no será verdad ni la belleza será belleza. Actualmente hay una “mayoría invisible” de excluidos que están al costado del camino, apaleados y robados, ante los cuales pasan los medios de comunicación. Los muestran, les dan mensajes, los hacen hablar… Entra en juego aquí la projimidad, el modo de aproximarse. El modo de hacerlo determinará el respeto por la dignidad humana».

Así, para el hoy Papa, aproximarse bien implica comunicar la belleza de la caridad en la verdad; incluso cuando la verdad es dolorosa y el bien difícil de realizar. «La belleza –decía– está en ese amor que comparte el dolor, con respeto y de manera digna. Contra todo sensacionalismo hay una manera digna de mostrar el dolor que rescata los valores y las reservas espirituales de un pueblo y ayuda a superar el mal a fuerza de bien…». Del mismo modo, aproximarse bien también significa dar testimonio, pues la credibilidad de un comunicador tiene su base en el testimonio personal. Y, finalmente, aproximarse bien es estar abierto al otro, a la trascendencia, a la esperanza. «Es todo lo contrario a la propuesta frívola de algunos medios que transmiten una caricatura del hombre. Es mostrar y resaltar su dignidad, la grandeza de su vocación, la belleza del amor que comparte el dolor, el sentido del sacrificio y la alegría de los logros», concluye el Papa.

De aquel texto, que leí infinidad de veces y al que vuelvo con asiduidad, también me llamó la atención la interpretación de los signos de la parábola: el aceite y el vino; el dolor y la alegría. ¿Y qué tendrá que ver esto con un periodista? Pues que «lo que hay que comunicar debe ser aceite perfumado para el dolor y vino sabroso para la alegría. La belleza del amor es alegre sin frivolidad».

Y fiel a su estilo, ofrece más imágenes: «En el Jesús roto de la cruz, que no tiene apariencia ni presencia a los ojos del mundo y de las cámaras de TV, resplandece la belleza del amor hermoso de Dios que da su vida por nosotros. Es la belleza de la caridad, la belleza de los santos. Cuando pensamos en alguien como la madre Teresa de Calcuta, nuestro corazón se llena de una belleza que no proviene de los rasgos físicos o de la estatura de esta mujer, sino del resplandor hermoso de la caridad con los pobres y desheredados que la acompaña.(…) Hay hermosura, más allá de la apariencia o de la estética de moda en cada hombre y en cada mujer que viven con amor su vocación personal, en el servicio desinteresado a la comunidad, a la patria; en el trabajo generoso por la felicidad de la familia, comprometidos en el arduo trabajo anónimo y desinteresado de restaurar la amistad social. Hay belleza en la creación, en la infinita ternura y misericordia de Dios, en la ofrenda de la vida en el servicio por amor. Descubrir, mostrar y resaltar esta belleza es poner los cimientos de una cultura de la solidaridad y de la amistad social.

No es poco lo que proponía el hoy Papa en 2002; tampoco su intención de oración para este mes de octubre, que tiene, precisamente, como protagonistas a los periodistas. En mi caso, no soy el periodista que soñaba ser antes de entrar en la facultad; soy el que Dios ha querido para mí. Y esto me lleva a confesar que en este tiempo he descubierto un oficio maravilloso, el de ser –al menos, intentarlo– una humilde voz para los que no la tienen, una palabra a favor de la dignidad de la persona con nombre y apellidos. Es dejar de ser fariseo o escriba para ser buen samaritano. Y en Francisco tenemos un buen ejemplo. Lo he dicho muchas veces; me gustaría parecerme al él en mi trabajo y hacer una comunicación cercana, que encuentra belleza incluso en el dolor, un periodismo que abraza.