El Reino Unido abandona la UE

El Reino Unido abandona la UE

La actual Europa configurada sobre el moderno nacionalismo y racionalismo de estado se dirige a un callejón sin salida si no escucha las crecientes voces de insatisfacción de sus habitantes, ya sea que hablemos de ciudadanos o de pueblos. El Brexit no ha sido más que la culminación de tal insatisfacción, por más que podamos hablar de causas particulares al caso británico.

Pero lo cierto es que la actual Unión Europea, que parece ser tierra de promisión para tantos que en ella buscan un hogar, para sus habitantes va dejando de ser un gran sueño para convertirse en lugar sin alma, sin pasión; o sea, se ha convertido en una casa que está dejando de ser un hogar para sus propios habitantes. La UE se ha convertido en una gran mesa de negociación de los estados, e incluso los elevados valores de libertad, derechos humanos, justicia social, pluralismo, etc. se muestran impotentes para ‘reanimar’ (volver a dar alma) al proyecto europeo. Se diría que son los valores más ‘primitivos’ o atávicos, como los patriotismos o nacionalismos (ya sean a escala de los grandes estados como Gran Bretaña y España o a escala de pueblos sin estado, como Escocia o Cataluña), los que ofrecen a

El sueño europeo, un libro de J. Rifkin.

El sueño europeo, un libro de J. Rifkin.

la población europea una mayor calidez, un verdadero sentimiento de hogar. Y es que, en efecto, tengo la impresión de que el gran sueño de una Europa unida, al pasar a ser un proyecto político en manos de los estados, ha entrado en el dinamismo de una fría racionalidad política y económica, como si bastaran para materializar el sueño. Sí, la UE parece más una asamblea de tecnócratas, que el proyecto en marcha para alcanzar el sueño de una Europa que es verdadero hogar para la pluralidad de sus habitantes, pueblos, razas, creencias, estados, etc.

Este contraste entre una UE que ha alcanzado un elevado nivel económico a la par que está generando gran insatisfacción entre la población, es el síntoma de que la política y la economía no pueden ser el único motor para la materialización de un sueño, por más que también han de estar ahí. ¿Qué otros motores, pues, deberían participar intensamente en el impulso de una unión más arraigada en el sentimiento de sus ciudadanos? Se me ocurren varios, por supuesto, pero me interesa centrarme en uno que incluso debería haberse anticipado al proceso de unidad europea: la Iglesia (o las Iglesias, según se quiera). La Iglesia, por definición, es local (congregación) y católica (universal), teniendo un único Señor, por lo que debería haber sido pionera en mostrar una unidad supra-nacional o supra-estatal y en ofrecer un testimonio de cómo una estructura fraternal rompe el temor a vincularse existencialmente a otras identidades. Pero me temo que las conferencias episcopales católicas europeas han dado más signos de ataduras a las respectivas historias nacionales que de tener grandes miras escatológicas para anticipar el futuro en el presente. Y no digamos las iglesias protestantes, prácticamente ancladas a un feroz localismo e incapaces de combinarlo con organismos supra-locales con capacidad real. Cierto, existen el Consejo Mundial de Iglesias, con sede en Ginebra, la Conferencia de Iglesias Europeas, la Comunidad de Iglesias Protestantes en Europe, etc., amén de otros muchos organismos que aglutinan a iglesias de la misma tradición teológico-eclesial pero siendo cada una de ellas soberana a nivel nacional. En todos estos organismos se habla mucho pero no se da un solo paso real para la unidad institucional de las iglesias, y mientras se habla y se habla, muchas de las iglesias representadas en tales organismos pierden fieles oficial y extraoficialmente (o sea, mediante la desafección a la vida de tales iglesias).

La cruz como símbolo de unidad

La cruz como símbolo de unidad

Así las cosas, creo que la historia del Consejo Mundial de Iglesias, creado en 1948, es tremendamente ilustrativa para el proceso europeo de unidad: el CMI se percibe como la culminación de un movimiento ecuménico muy fuerte en el ámbito protestante que nace a finales del s. XIX y alcanza efervescencia en el s. XX, pero a partir de su ‘institucionalización’ en el CMI el movimiento parece diluirse en un proceso político de negociación teológico-doctrinal entre las distintas iglesias miembro. Y a fecha de hoy, el ecumenismo (que suscribo sin fisuras) carece de impulso para incidir no sólo en la vida política de Europa, sino ni siquiera en la vida real de las propias iglesias ecuménicas, o sea, en la vida cotidiana de sus comunidades. Así las cosas, me parece que el proceso europeo que ha configurado la UE es, a pesar de todo, mucho más exitoso que el desarrollo ecuménico desde los años 90 hasta nuestros días, lo cual es una vergüenza para las iglesias (y para nosotros los creyentes ecuménicos) que proclaman tener un mismo Señor.

En resumen, cuando los procesos de materialización de un gran sueño acaban por ocultarlo a la vista de todos, o bien se recupera su centralidad visual o bien se acaba matándolo junto a los procesos a los que dio lugar. Y ante las dificultades a las que la UE ha de hacer frente, me pregunto si las Iglesias (o algunas de ellas), no deberían dar un paso al frente, de una puñetera vez (¡pido disculpas!), y alentar los procesos de unidad político-económica dando pasos decisivos hacia una unidad eclesial real basada más en la esencia fraternal de la fe cristiana que en las identidades nacionales o teológico-eclesiales. Esto podría constituir un buen reto para la propia UE, pero también para las propias iglesias, que mostrarían así su determinación por salir de su ensimismamiento de una vez por todas, recuperando quizás el impulso del Espíritu que una vez les hizo soñar con la unidad real.