Bot y la identidad digital

Cada vez es mayor el número de personas que tenemos un “Bot” a nuestro lado. El nombre tiene un origen sencillo, procede de la palabra “Robot”, definida en el diccionario como “máquina o ingenio electrónico programable capaz de manipular objetos y realizar operaciones antes reservadas solo a las personas”. Aunque técnicamente sea un robot, los informáticos han bautizado emocionalmente este ingenio con el término “Bot”. Lo hacen para describir un programa de software que tiene nuestro teléfono o dispositivo móvil, que nos conoce muy bien porque almacena toda nuestra identidad digital. Los ingenieros informáticos hablan de “Bot” para describir el programa que sustituye las numerosas aplicaciones que hasta ahora tienen el nombre de “Apps”.

Quienes profesan la casi-religión de Apple antes hablaban con “Siri”, el nombre familiar del robot que les ayuda y acompaña en todas y cada una de las actividades cotidianas. Visto con cierta distancia y perspectiva, Bot no ha venido para sustituir a Siri, ni tampoco a ninguno de los otros ingenios de inteligencia artificial que ya tenemos en el mercado. Recordemos que Ikea tiene un ingenio llamado “Anna”, Amazon uno llamado “Alexa”, Microsoft uno bautizado como “Cortana” y Google ha puesto en marcha “Home”. Aunque este último sea emocionalmente menos atractivo, nos remite al “hogar” y, por tanto, sigue teniendo una fuerte carga emocional.

No compite con ellos porque genéricamente todos son robots, tienen diferentes nombres comerciales de una inteligencia artificial que no sólo está al alcance de la mano, sino que va perfilando nuestra identidad digital. Conoce lo que hacemos, lo que compramos, lo que vendemos, con quién hablamos, con quién discutimos, a quien engañamos, los restaurantes a los que vamos, los hoteles en los que hemos ido, los viajes que hemos hecho, los contactos nuevos que hemos guardado, los que hemos suprimido, las fotos que hemos almacenado, las páginas que hemos visitados, las transferencias bancarias que hemos realizado, etc. Y eso sin contar nuestra actividad en las redes, sabe los amigos de Facebook con los que perdemos más tiempo, los comentarios que hemos realizado, los tuits que hemos escrito, los que más nos gusta o lo que más nos admira.

No es que Bot nos conozca como si nos hubiera parido, ¡hasta ahí podíamos llegar! Pero sí tiene un conocimiento sorprendente y hasta preocupante de nosotros mismos. Parece que nuestra identidad digital no se construye voluntariamente, la prefiguran quienes han construido los programas de inteligencia artificial que nos rodean y nosotros mismos contribuimos a darle forma o configurarla con nuestra actividad digital cotidiana. Por eso, cada vez dependemos más de nuestro dispositivo móvil para todo. No sólo nos despierta dulcemente por las mañanas, nos ayuda en la cocina cuando no sabemos hacer un bizcocho, en el coche cuando nos hemos perdido, o en la agenda cuando olvidamos los apellidos de alguien. En realidad, Bot almacena de tal forma todo lo que hacemos que no podemos prescindir de él.

Esta dependencia cotidiana de estos robots se incrementa aceleradamente y cada vez nos hacemos más esclavos de Bot. Ahora, en lugar de descargar aplicaciones, instalarlas en los dispositivos y darnos de alta, la presencia de Bot nos garantiza inmediatez de los servicios por el simple reconocimiento de nuestra voz o mirada. Nadie como Bot sabe lo que necesitamos en cada momento. Así, las fronteras entre hacer y nuestro ser, entre nuestro cuerpo y la tecnología son cada vez menores. La distancia entre los artefactos, la tecnología y las cosas es cada vez menor. Estos programas de inteligencia artificial no sólo nos permiten dominar con más agilidad el entorno que nos rodea y perder menos tiempo en actividades inútiles, sino que nos sitúan ante nosotros mismos y nos obligan a que nos preguntemos por la inteligencia “natural” que aún nos queda. Nos ayuda tanto y de tal forma que sustituyen funciones de nuestra voluntad que antes eran puramente rutinarias y aparentemente poco valiosas.

Bot no ha venido con la voluntad de ser una simple máquina de inteligencia artificial para ser usada por la inteligencia natural de los mortales. Bot ha venido para acompañarnos, para ayudarnos, para facilitarnos la vida. Es probable que tenga almacenada más información de nosotros mismos de la que nos imaginamos. Las posibilidades de que esta información esté fuera de nuestro control son grandes y por eso es muy probable que la identidad digital sustituya a la identidad personal.

Los problemas éticos que esto plantea aún no han sido bien pensados y conviene que no perdamos tiempo porque cada generación está más prefigurada digitalmente que la anterior. ¡Tanto luchar por la autonomía moral y la libertad para caer en manos de Bot! ¡Tantas cadenas rotas para construir una sociedad emancipada y ahora somos prisioneros de los creadores de Bot! ¡Tanta soberanía del consumidor para emanciparse de los mercados y consentimos la dulce esclavitud de móvil u ordenador! ¡Tanto celo para preservar la intimidad y Bot nos hace transparentes!

Con todo ello, Bot parece que rompe la tradicional barrera entre hombres y máquinas. Lo hemos visto cuando nos escucha con paciencia, comprende nuestras situaciones y hasta nos hace los deberes. Creemos que nadie como Bot nos había facilitado tanto la vida y nos había ahorrado tanto tiempo. Los expertos dicen que nos controlará como “Internet de las cosas”, y esa es el área de moda que alimenta las fuentes de la inteligencia artificial. Tengo serias dudas de que sepa jugar al mus o cortejar a una dama. Por ahora, hay serias dudas de que sepa interpretar una mirada, generar una caricia, traer consuelo, facilitar sueños o descubrir un buen chiste.

 

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