Bienestar y felicidad: riqueza y bienaventuranzas

           Con el emocionado recuerdo de Enrique Comas de Mendoza, jesuita,           arquitecto, fallecido el pasado 4 de septiembre; y de Juan Luis            Pintos de Cea, ex- jesuita, sociólogo,  fallecido el pasado 30             de mayo, que fueron consiliarios de la FECUM.

En nuestra cultura se tiende a confundir, cada vez más, el bienestar, asociado a la riqueza, con la felicidad, el gozo derivado de las buenas actitudes (bienaventuranzas)

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Además, se ha convertido al Estado en el garante del bienestar (Estado de Bienestar). El Estado es en última instancia el responsable de que tengamos todo aquello que necesitemos y deseemos para ser felices. Esta concepción del Estado tiene un efecto parecido al que tiene la conducta de muchos padres que consienten todo a sus hijos, en vez de educarles señalándoles los límites y consecuencias de sus acciones: infantiliza a la población haciéndola irresponsable.

Lo que resulta paradójico es que muchos de los que critican esa concepción del Estado mantienen, aún más si cabe, esa identidad entre riqueza y felicidad. La diferencia es que abandonan a la acción de cada uno la consecución de la riqueza (felicidad).  Aparentemente esto hace a todos responsables de sus actos. Sin embargo, conduce igualmente a la irresponsabilidad, incluso en mayor grado. Nadie responde de las consecuencias que sus actos tienen sobre los demás sino sólo sobre sí mismo. Este individualismo extremo tiende a crear situaciones de tensión. 

Sobre la base común que identifica riqueza y felicidad colectivas, las posiciones sociopolíticas tienden a polarizarse entre los que consideran que es el mercado el principal medio para alcanzar esa riqueza-felicidad, y los que atribuyen al Estado ese papel fundamental. Unos minimizan y tienden incluso a anular la función del Estado, los otros plantean lo mismo con el mercado. Bajo este juego se ha dicho que las alternativas que saben combinar en dosis adecuadas Estado y mercado son las que triunfan, el centro derecha y el centro-izquierda. Así ha sido hasta ahora, al menos en la Europa occidental, donde han dominado los partidos liberal-conservadores y la socialdemocracia.   

El intercambio mercantil (mercado) y la regulación de la vida colectiva (Estado) forman parte intrínseca de cualquier tipo de sociedad. Pretender prescindir de uno o de otro es un intento vano. Cuando se asfixia al mercado resurge por mil intersticios en forma de mercado negro. Si se debilita en exceso el Estado rebrota normalmente con formas autoritarias. La clave no reside pues en que haya más o menos Estado y mercado, sino en que en los Estados haya una representación participativa (democracia) y los mercados tengan una regulación que incentive la innovación (competencia). Ahora bien, es difícil que mejore la democracia y la competencia cuando no se cuenta con una sociedad civil fuerte que no confunde bienestar material (riqueza) con satisfacción personal (felicidad). 

El ámbito macrosocial no puede funcionar adecuadamente si no se apoya en una base microsocial sana y estable. La sociedad civil representa el ámbito comunitario donde no predomina el interés individual, que supone un intercambio interesado equivalente (mercado), ni la obligación que imponen las leyes que regulan la vida colectiva (Estado), sino los valores compartidos. La sociedad civil es, por tanto, la base social (micro) sobre la que se conforman las instituciones colectivas (macro). Es el espacio de la tribu, la familia o las asociaciones que comparten aficiones o creencias sin que medien intereses de lucro o una obligación legal. Sin una sociedad civil fuerte, que vertebre el conjunto de la sociedad, es imposible que el Estado no se incline hacia los intereses de los grupos más poderosos y organizados, y que se logre que haya mercados más competitivos (mejor regulados).

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Es cada vez más frecuente oír la queja de que “ya no hay valores”. Lo que se expresa con ello es que faltan valores asumidos comunitariamente y con proyección social. No es que no existen valores, puesto que no hay sociedad que pueda sobrevivir sin valores; como tampoco puede subsistir sin Estado, ni sin mercado. Si los humanos no hemos desaparecido como especie es porque se han mantenido espacios y valores compartidos. 

Para muchos, probablemente para una mayoría, aunque eso es cada vez más dudoso, la felicidad no se asocia la riqueza o bienestar material; sino que depende del disfrute de las pequeñas cosas cotidianas que se comparten con la familia, los amigos y los compañeros de trabajo, o con personas que salen a nuestro encuentro por distintas circunstancias y caminos. Sin embargo, cuando se perciben los problemas de desigualdad, desarraigo, miseria, violencia, corrupción, destrucción de la naturaleza y demás signos de degradación social que nos acompañan, tendemos a proyectar las soluciones exclusivamente hacia el Estado y/o el mercado, que deben proporcionar el crecimiento y bienestar para todos, desentendiéndonos de nuestra responsabilidad como sociedad civil.

Refleja esto que en gran medida lo que domina es una actitud que podemos denominar tribal, que defiende los intereses del grupo de pertenencia (familia, amistades), pero que no se asienta en valores compartidos que se viven en común y trascienden al propio grupo. Esa es por cierto la esencia y principal novedad del mensaje evangélico: que el fundamento de toda la vida personal y social es el amor, y que éste tiende a expresarse comunitariamente. 

Cuando en los Evangelios se afirma “no penséis que he venido a sembrar paz, sino espadas; porque he venido a enemistar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con la suegra; así que los enemigos serán los de su casa. El que quiere a su padre o a su madre más que a mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no coge su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que ponga a seguro su vida, la perderá, y el que pierda su vida por causa mía, la pondrá al seguro” (Mateo 10, 34-39; Lucas 12, 51-53 y 14, 26-27); o “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Y señalando con la mano a sus discípulos, dijo: -Aquí están mi madre y mis hermanos. Porque cualquiera que lleva a cabo el designio de mi Padre del cielo, ese es hermano mío y hermana y madre” (Mateo 12, 48-50, Marcos 3, 31-35; Lucas 8, 19-21), no implica un desprecio de la familia o de la amistad. Lo que se señala es que es necesario trascender el egoísmo compartido, como dijera Erich Fromm, para formar comunidades que por estar basadas en el amor, en valores evangélicos compartidos que conducen a la felicidad (bienaventuranzas), son la base de toda la vida social.

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Jesucristo no se presenta como un líder que se sitúa al margen de las comunidades, sino que asienta toda su acción en las comunidades apostólicas. Tampoco como un ser con poderes mágicos: “Sí, os lo aseguro: Quien me presta adhesión, hará obras como las mías y aun mayores; porque yo me voy con el Padre, y cualquier cosa que pidáis en unión conmigo la haré; así la gloria del Padre se manifestará en el Hijo. Lo que pidáis unidos a mí, yo lo haré” (Juan 14, 12-14).

Los Hechos de los Apóstoles dibujan el panorama de los primeros tiempos del cristianismo como una proliferación de comunidades. “Todos los que iban creyendo tenían el mismo propósito y lo tenían todo en común; vendían sus posesiones y sus bienes y lo repartían entre todos según la necesidad de cada uno. A diario frecuentaban unánimes el templo; partían el pan en las casas, comían alabando a Dios con alegría y de todo corazón, y siendo bien vistos de todo el pueblo. El Señor les iba agregando a los que día tras día se iban poniendo a salvo con el mismo propósito” (Hechos de los Apóstoles 2, 44-47 y 4, 32-35). 

A lo largo de la historia se ha distorsionado el mensaje evangélico por hacer de Jesús un superhombre o un Dios que puede manipular la realidad a su antojo, en vez del hijo de Dios por antonomasia, todos somos hijos de Dios,  único ser humano capaz de haberse mantenido permanentemente abierto a la voluntad del Padre: “¿No crees que yo estoy identificado con el Padre y el Padre conmigo? Las exigencias que yo propongo no las propongo como cosa mía: es el Padre, quien, viviendo en mí, realiza sus obras. Creedme: yo estoy identificado con el Padre y el Padre conmigo; y si no, creedlo por las obras mismas” (Juan 13, 10-11).

También se ha desfigurado el sentido comunitario. Las comunidades de vida, fermento de una sociedad más justa y solidaria, bien vistas en su entorno social como se constata reiteradamente en los Hechos de los Apóstoles, han quedado subsumidas en una estructura clerical que aísla de algún modo la vida religiosa de la vida cotidiana de la gente. La comunidad, asentada en el amor mutuo que se alimenta de la fuerza del Espíritu de Jesús y Dios mismo, encarna la primicia de una nueva sociedad, que trasciende al ámbito puramente familiar o de tribu, pero no se diluye en  un todo que se impone a los individuos.

La fe religiosa se ha trastocado para convertirla en una creencia en unas verdades (“creer qué), un conocimiento puramente intelectual, o a lo más en un asentimiento a lo que dice una persona (“creer a”), en vez de en una adhesión personal (“creer en”) que supone una implicación mayor que la simple aceptación de lo que otro dice. Esta transmutación ha originado que se asiente la convicción de que la fe es algo individual, una exigencia ética derivada de unos principios (mandamientos), que puede mantenerse sin necesariamente estar implicado en una comunidad, ni tener una proyección sobre las estructuras sociopolíticas.

Más aún, en muchas ocasiones se ha transformado en un rigorismo moral que inevitablemente deviene en fariseísmo. Se anula así el mensaje evangélico que proclama que no ha venido a buscar justos sino a pecadores y anuncia que las prostitutas precederán en el reino de los cielos a los celosos de la ley y la moral (sacerdotes, letrados, escribas y fariseos). Se instala un dualismo que opone la materia y el cuerpo al espíritu, y convierte la sexualidad y el disfrute de la comida y la bebida en mera ocasión de pecado, en vez de expresión de amor fraterno. 

Ya denunciaba Jesucristo esa actitud cuando dijo: “Tocamos la flauta y no bailáis, cantamos lamentaciones y no hacéis duelo. Porque vino Juan, que ni comía ni bebía, y dijeron tiene un demonio dentro. Viene el Hombre, que come y bebe, y dicen: ¡Vaya un comilón y un borracho, amigo de recaudadores y descreídos!  Pero la sabiduría de Dios ha quedado justificada por sus obras” (Mateo 11, 17-19). De ahí la demoledora crítica a los que se atribuían el monopolio de la verdad (Mateo 23, 1-36; Marcos 12, 38-40; Lucas 11, 37-52 y 20, 45-47) cerrando a los hombres el reino de Dios: “Porque vosotros no entráis, y a los que están entrando tampoco les dejáis… recorréis mar y tierra para ganar un prosélito y, cuando lo conseguís, lo hacéis digno del fuego el doble que vosotros” (Mateo 23, 13 y 15).

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Potenciar el espíritu comunitario es condición indispensable para lograr una sociedad civil viva y fuerte, base imprescindible de un Estado democrático y una economía competitiva. La crisis del Estado de Bienestar, seña de identidad de los Estados que se proclaman democráticos, y los desequilibrios económicos que impiden un crecimiento sostenible, no tienen solución sin una sólida base social de carácter comunitario. No debería olvidarse que las primeras medidas que fueron el germen de la seguridad social y el posterior Estado de Bienestar se impusieron en la Alemania de Bismarck con la oposición de los sindicatos y el partido socialista, que fueron ilegalizados, ya que aspiraban a ser ellos los gestores de su previsión social y a que los empresarios asumiesen sus propias responsabilidades en las consecuencias que tenían para los trabajadores las condiciones de trabajo por ellos impuestas. 

Aunque no es ya este post lugar para abordar cuestiones más concretas, que muestren las implicaciones que tendría la existencia de una sociedad civil fuerte de base comunitaria, sirva como ejemplo el tema de las pensiones y los servicios sociales. Una cosa es que el Estado ampare iniciativas sociales en el terreno de la previsión, la sanidad o la educación; otra muy distinta es que necesariamente tenga que gestionarlas. La alternativa a las pensiones, la sanidad y la educación estatales no tiene por qué ser, como pretenden algunos, su privatización para situarlas en el ámbito del mercado. El carácter público no significa estatal, sino que preferentemente debe entenderse como social, fruto de la confluencia de iniciativas comunitarias, alejadas del lucro privado del mercado pero también del burocratismo estatal. ¿Dónde están las comunidades que eran bien vistas por su entorno social y eran germen de una sociedad más justa y solidaria? 

Las viñetas del texto, fuera de la imagen principal, son de El Roto, publicadas en el diario El País

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