Bases para una ética de la ciudad

Hace unos días tuvimos en Valencia un Congreso Internacional sobre Ética y Democracia donde Mauricio Correa Casanova, un profesor de la Universidad Católica de Chile, recordó la necesidad de aprovechar el desarrollo de las éticas aplicadas para construir una “Ética de la ciudad”. Nos informó que una de las propuestas de “Ética de la ciudad” procede de quienes hablan de la ética como “adjetivo” y diseñan ciudades “éticas”. A diferencia de otras propuestas que hablan del “derecho a la ciudad”, que sitúan la ética en las oportunidades que ofrecen los procesos de urbanización, en la disminución de las diferencias y desigualdades de los habitantes, o incluso en el diseño normativo de “ciudades justas”, quienes reducen la ética a simple “adjetivo” se limitan a políticas urbanas cosméticas, epidérmicas y cortoplacistas.

En este contexto, apareció otra idea relacionada con la instrumentalización de una sostenibilidad que se ha convertido en dogma sin saber muy bien qué significa. El horizonte de la sostenibilidad ha sustituido al horizonte de justicia sin saber muy bien a qué llamamos ciudad sostenible: ¿tiene recursos para todos?,¿facilita la calidad de vida a todos los vecinos?,¿está limitada la contaminación?,¿hay suficientes zonas verdes?

Algunos responsables de gestión urbanística identifican la “sostenibilidad” con la retórica de la participación, las zonas verdes disponibles, la limitación de la contaminación, el imperialismo in-cívico de la bicicleta, la peatonalización indiscriminada, la instalación de contenedores policromados y la utilización de consumibles reciclados en oficinas municipales. Como comentábamos con el ponente, es muy difícil identificar la retórica de la participación ecológica con la ética del bien y el interés común. Es muy difícil medir el grado de satisfacción de los afectados en primera persona, las oportunidades de generación de vínculos de confianza y la calidad de vida de todos. ¿Cuál es el resultado de las decisiones “participativas”? ¿A quién se piden cuentas?¿Cómo rendir cuentas de decisiones municipales participativas y no acertadas?

No teníamos respuestas claras para estas preguntas y le sugerí al profesor Correa que leyera la tesis de Juan Eduardo Santón, un amigo y alumno mío economista que aplicó el modelo de las capacidades de Amartya Sen a las políticas públicas municipales (Ética de las capacidades y desarrollo local, Valencia 2015). Movido por la curiosidad quiso conocerlo y tuvimos una interesante conversación sobre la necesidad de realizar el tránsito “de la condición humana a la condición urbana”. Hasta ahora nos habíamos descuidado de la ciudad en nuestras reflexiones antropológicas e incluso habíamos discutido sobre la mejor teoría de la ciudadanía para el siglo XXI sin caer en la cuenta de que necesitábamos sentar las bases para una ética de la ciudad.

Conocedor de estas inquietudes, el profesor Augusto Hortal me envió las reflexiones que utilizó para una conferencia en la que los amigos de las CVX y Entreparéntesis le pidieron que describiera los retos de la ciudad a la ética y, a su vez, de la ética a la ciudad. A su juicio, hay cuatro retos importantes de la ciudad a la ética:

1º.- Mantener el vínculo social en condiciones de anonimato y contextos culturales individualistas; 2º.- Mantener el vínculo entre diferentes zonas sociales o estamentos de una misma ciudad; 3º.- Recuperar espacios y tiempos para la convivencia entre diferentes generaciones; 4º.- Recuperar la relación con la naturaleza para que la ciudad no sea aquél espacio rodeado o separado del “campo”.

Cuando hago memoria de las conversaciones mantenidas y recupero los documentos de unos y otros, percibo la necesidad de animar a mis alumnos para que apliquen la ética a la ciudad. Además, una de las alumnas de este año es urbanista y está convencida de que sus colegas responsables de la planificación urbana deberían empezar a trabajar con un horizonte ético del que, hasta la fecha, carecen. Si a ello añadimos la necesidad de incorporar a los debates educativos lo que nuestros abuelos llamaban “normas de urbanidad y civismo”, quizá ha llegado el momento de preguntarnos cómo sentar las bases para una ética de la ciudad.

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