Bases genéticas de la espiritualidad

En el año 2004 el genetista Dean Hamer publicó un polémico ensayo que llevaba por título “El gen de Dios”. El autor afirma que la predisposición biológica de las personas a la espiritualidad tiene una base genética causada por el llamado “gen VMAT2”, implicado en la utilización que el cerebro hace de las monoaminas, una sustancia que forma parte de un grupo de neurotransmisores en el sistema nervioso central, sustancia química que utilizan las células nerviosas para comunicarse entre sí. La revista Time se hacía eco de estas investigaciones dos años más tarde con una portada que llevaba por título “El gen de Dios”.

portada-de-time-vmat2-gen-de-diosSegún estas investigaciones, una teoría de la inteligencia espiritual es tan razonable como cualquier otra teoría de la inteligencia, sea lógica, emocional, social, paternal o maternal. Con ello no sólo se sientan las bases científicas de la espiritualidad sino que se pretende establecer un fundamento biológico de las religiones, porque se clarifica la predisposición natural del ser humano hacia la espiritualidad. De esta forma, no sólo podemos caracterizar al ser humano como animal divino o espiritual sino que podemos afirmar que estamos ante un animal deiforme, tal y como Xavier Zubiri lo presentaba en sus investigaciones. No estamos ante un problema nuevo porque filósofos como Miguel de Unamuno o el propio Nietzsche exigían la necesidad de establecer una fisiología del alma, como si la separación entre cuerpo y alma de la antropología tradicional fuera excesivamente simplista.

Se trata de un problema que se nos volvió a plantear hace unos días en las aulas de la UIMP de Valencia en el curso sobre Mística y Antropología que patrocinó la Fundación Fernando Rielo. Un problema que planteó desde una perspectiva interesante la profesora Mar Álvarez, de la Universidad Abat Oliba, cuando analizó las relaciones entre Psiquiatría y Espiritualidad. A su juicio, la espiritualidad ya no es tratada en los manuales de Psiquiatría como un “factor distorsionador” en los análisis de la personalidad sino un “factor protector”. Con ello, además de contar con las categorías filosóficas de cuerpo y alma, los investigadores están obligados a contar con la categoría de ”espíritu” para acercarse de una forma más completa a la vida humana.

La exposición abrió un interesante debate por múltiples razones. En primer lugar porque mantiene abierta la apasionante relación entre ciencia y religión, entre biología y espiritualidad. En segundo lugar porque se convierte en un lugar de encuentro para investigadores de ciencias y de letras, es decir, para investigadores de lo que hasta ahora se había llamado “dos culturas”. Además, porque sitúa en el espacio público la instrumentalización de la espiritualidad que se está produciendo en sociedades pos-secularizadas. En otros términos, porque reclama un análisis no sólo cultural o filosófico sino mercantil, empresarial y financiero de todos los profesionales que plantean la espiritualidad como una nueva oportunidad de negocioteilhardp_1955

También fue un debate interesante porque la opinión pública confunde con demasiada facilidad términos muy diferentes como espiritualidad, religiosidad, ritualidad, eclesialidad o trascendencia. El hecho de que haya unas bases biológicas y genéticas para la espiritualidad no nos puede llevar un determinismo espiritualista, como antes nos llevaba a un determinismo materialista. Algún día, la opinión pública dejará de confundir la pregunta por las bases con la pregunta por el fundamento. Determinar las bases biológicas o naturales de la acción humana no es atribuir o establecer en ellas su fundamento. Para dar cuenta y razón de un fenómeno no sólo necesitamos sus condiciones de posibilidad sino sus condiciones de sentido. Un problema recurrente que aprendimos en la mejor historia de la Filosofía y la Teología cuando aprendíamos a distinguir entre el Dios de los filósofos (o científicos) y el Dios de Abraham, Isaac y Jacob. Distinguir no significa escindir, romper, destruir o separar. Distinguir para unir… y discernir.

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