Del auténtico viaje y sus misterios

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Los hombres más espirituales, siempre que sean los más valientes, también viven, con mucho, las tragedias más dolorosas; mas por eso mismo exaltan la vida, oponiéndoles su más grave adversidad.
Nietzsche

¿De qué trata la experiencia del auténtico viaje? De volver, tras la tormenta, sobre nosotros mismos y de traer a casa lo aprendido luego de tan larga y dolorosa travesía; de abrazar y de recibir en las relaciones interpersonales cercanas el don del otro, de aceptar el regalo de su ser, su generosa cosecha que te hará mutar y crecer como persona. De encontrar en el camino nuevos compañeros de viaje, amigos, estudiantes y vecinos que se convierten en familia también.

No necesitamos movernos físicamente para viajar. Viajamos también gracias a la lectura comprensiva de un texto, en el disfrute de una película o entonando una canción que, por trastocarnos, por movilizarnos y hacernos sonreír o llorar, nos permite comprendernos mejor y hallar los hilos existenciales que nos conectan los unos a los otros, más allá de los localismos que generan discriminaciones y xenofobia, que nos enfrentan y que nos empequeñecen como seres humanos.

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Cuando viajamos a otras latitudes, viajar se refiere también a la conexión auténtica que alcanzamos con otros países y su cultura porque nos abrimos a ella y a su gente otorgándonos, así, la posibilidad de socavar los sitios y significados que nos han sido asignados por nuestro lugar de origen creciendo, de este modo, en libertad y humanidad porque nos reconocemos entre todos como iguales.

El arrojo del auténtico viaje

De modo tal que viajar supone arrojo, coraje y valentía espiritual. Esto es así porque el auténtico viaje trata del arrojarse, del ir al encuentro, del derribar muros y tender puentes. Específicamente se refiere a cultivar, en cada paso, con cada movimiento y en cada mirada compartida, el valor de la confianza necesaria para salir de nosotros y tocar al otro. A su vez y en un mismo movimiento, tener dicha confianza y seguridad para regresar con la misma fuerza a nuestra interioridad habiendo sido tocados por el otro e integrar, conmovidos y movidos, el encuentro a nuestro ser, la novedosa experiencia del viaje -en el otro y con el otro- a nuestro fuero interno.

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Sea una persona, un lugar, un libro, una película, una canción, un terrible o magnífico estado anímico, lo que pretendemos con la auténtica experiencia del viaje, aquella que no le teme a la travesía y se entrega a ella, es que el otro se nos torne cercano, familiar, amigable, que deje de ser lo Otro. Esto es así porque lo desconocido, lo extraño, lo lejano fomenta en las relaciones interpersonales y en nosotros mismos miedos, desconfianza y extrañamientos que nos impiden disfrutar de la dicha de experimentar y vibrar con la experiencia enriquecedora que todo viaje trae consigo. Experiencia que habla de fortalecimiento y crecimiento en sensibilidad.

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Del tocar y ser tocados: arriesgándonos a vivir

Entonces, viajar trata del tocar y ser tocados. Tocar que no es hurgar ni husmear sino, más bien, es movilizarnos para ser cercanos, para construir cercanía, para conectar con los otros y coincidir. Gracias al arrojo, el viaje nos permite alcanzar unos yoes más abiertos, generosos y solidarios, en la medida en la cual, superamos nuestros encierros, nuestros dolores o heridas precedentes, salimos de los hábitos que coartan nuestras alas y de nuestro lugar fijo que nos impide ponernos en los zapatos del otro.

Nos comprendemos mejor entre nosotros, de manera distinta y más profunda, cercana y amigable cuando viajamos, cuando nos trasladamos de nuestros lugares a las razones, experiencias y afectos del otro. Esto es así porque realizamos una labor de traducción: traducimos los lenguajes opuestos, traducimos para comprender, para acercarnos, para disolver las diferencias, para volver familiar lo nuevo y acogerlo en nuestro seno y ser acogidos de vuelta.

¿Y, nuevamente me pregunto, les pregunto, por qué se requiere del arrojo, de la valentía y del coraje espiritual para viajar? Arriesgarse a viajar es arriesgarse a vivir humanamente, abrirnos y superar la incomodidad inicial que nos suscita lo diferente del otro porque lo desconocemos, porque nos hace cambiar de sentir o porque se nos acerca demasiado trastocándonos.

Es también arriesgarse a encontrar en la travesía misma experiencias dolorosas y desencuentros que merman tu ser, que te pueden llevar a naufragar y a perder la estabilidad existencial que con tanto empeño te has esforzado en construir a lo largo de tu vida y con cada una de tus decisiones.

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De los desencuentros existenciales en el viaje: una ganancia

Pero es precisamente allí, en los desencuentros que generan las experiencias dolorosas, en donde el viaje te ha hecho ganar, desde ya y para siempre, en madurez existencial.

Esto es así porque en el contacto con aquello que te ha hecho daño en los viajes precedentes te has fraguado como persona, te has apropiado con valor de tu interioridad para ser capaz, entonces, de reconocer en el futuro las experiencias que disminuyen tu ser y cerrar con firmeza tus puertas a esos lugares, a esas experiencias que te dañan, de alejarlas por siniestras: has aprendido viajando a resguardarte, a protegerte, a cuidarte decidiendo que las experiencias perjudiciales, aquellas que atentan contra tu integridad como persona, no son ni tu lugar ni las experiencias que quieres cultivar.

Diferencia entre el viajero y el turista

De modo tal que no es lo mismo el viaje para los viajeros, que el itinerario para un turista. Una cosa es ser turistas de paso que pasean y que, gracias al paquete turístico, van de una estancia a otra y otra cosa es ser viajeros: el turista pasea, sonríe todo el tiempo, busca la comodidad, compra recuerditos y juega al juego de la felicidad instantánea. Mientras que el viajero se imbrica, se queda, se elige, transforma y se transforma con la experiencia auténtica del viaje, viviendo sus altos y sus bajos.

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El viajero sabe que existen momentos para el juego y las risas, pero entiende también que hay duras y serias batallas que se libran en la cotidianidad; enriquece con su paso su historia de vida y la de todos aquellos que se topan con su mochila o con sus maletas cargadas de sueños, esperanzas e ilusiones. La incomodidad inicial la disuelve con honestidad y sonrisas, no sabe lo que busca en concreto porque el viaje de la experiencia humana compartida es desde ya su lugar y no tiene nada que comprar, ni vender o canjear sino mucho que agradecer, ofrecer, escuchar y donar.

Viajar forma parte de los misterios de la vida, del arriesgarse a vivir a pesar de los dolores que la vida trae consigo. De no vivir la vida como un turista. Que la vida como trae dolores también porta consigo dicha y amaneceres si nos dedicamos a cultivar el viaje de la sanación, del encuentro humano, de la calma luego de la tormenta, de los abrazos compartidos que construyen Humanidad.

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Conversando con mis estudiantes

¿El viajero tiene casa o busca casa? En el viaje halla su hogar porque el viaje mismo es su casa, allí se encuentra, reposa y edifica lo que auténticamente le pertenece. Es un misterio el viaje y la travesía misma porque sólo el que viaja es capaz de hallarse y de ser hogar para sí mismo y para todos aquellos que le rodean. No hay un destino ni casa prefijada con anterioridad, ni paradas conocidas ni puerto seguro.

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Sólo viajando hallarás tu lugar porque es en la travesía misma en donde construyes el auténtico hogar, aquél que edificas cuando no tienes miedo, cuando sabes aquello que quieres para ti y para los tuyos y esto sólo se alcanza conociendo, experimentando, saliendo del terruño afectivo y cultural en el cual has nacido, sacudiendo el tablero.

No se trata de negar la casa de donde procedes, sino de construir la propia integrando la de procedencia y levantando la tuya en la adultez.

Poniéndole música al viaje

¿Y el viaje termina alguna vez? Mientras haya vida y coraje para vivirla, el viaje continúa. Muchas gracias querida @LalySerrano por recordarme esta canción de mi juventud que tarareé en el  Poliedro de Caracas hace ya muchos años atrás, cuando en los años ’80 Miguel Ríos se presentó en mi ciudad y nos dio la bienvenida a todos los hijos del rock’n’roll, a todas las Santa Lucía y que ha marcado mi camino sin saberlo.

No puedo despedirme sin antes agradecer a todos los que nos han dado una calurosa bienvenida y nos están tendiendo una mano. Y a ustedes mis lectores, muchas gracias por su gentileza y hasta la próxima entrega.

Los dejo con Miguel Ríos y “Todo Pulmón”:

 

 

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