Autenticidad e identidad en América Latina

Caracas https://bit.ly/2LiFqY7

Señalé en mi post anterior que iba a trabajar la noción de autenticidad en mi próxima entrega. Así que comenzaré a ocuparme de qué significa ser auténticos y los lineamientos morales que se derivan de dicha postura valorativa, contextualizando la cuestión de la autenticidad en América Latina, específicamente, en relación con la pregunta por la identidad latinoamericana.

Este recorrido que realizaré en diversas entregas enriquece nuestras precedentes reflexiones sobre la formulación teórico-existencial de la reflexión encarnada. La construcción de dicha reflexión la considero plausible, en tanto razonable, para abordar nuestro mundo con los otros porque se alimenta en cada una de sus líneas de un pathos de cercanía afectiva necesaria en la relación con el prójimo.

La finalidad de la reflexión encarnada que les estoy ofreciendo es que sigamos construyendo Humanidad y que, al pensar y al actuar, nos esforcemos en otorgar buenas razones que favorezcan siempre al diálogo y a la comprensión intersubjetiva, generando espacios de libertad auténtica, aquella que promueve en todas sus acciones una vida digna y busca eliminar las raíces de las injusticias sociales que padecen los más vulnerables, las víctimas de la violencia, los discriminados, los excluidos que claman un trato humano, justo e igualitario por parte de todos los miembros de la sociedad y sus instituciones.

Esto es así, porque la reflexión encarnada que estamos levantando supone un arduo trabajo de reflexión interior, de compromiso y superación de afectos carentes y mezquinos que nos distancian de los otros y de nosotros mismos, de forjar y encarnar con firmeza convicciones humanitarias que se verterán en nuestro rededor contribuyendo, de este modo, a construir un mundo solidario de cercanías.

Comencemos, pues, la primera de varias entregas.

La pregunta por la identidad y su condición existencial

La pregunta por la identidad en América Latina recorre todo nuestro Continente. Tenemos una particular fuerza emocional cuando discutimos el tema sobre quiénes somos los latinoamericanos. Nos apasionamos al entablar dicha discusión porque preguntarnos por quiénes somos auténticamente transita por la tensión de tener que dar respuesta a la Conquista; respuesta al nuevo proyecto civilizatorio que arribó a nuestras tierras con Colón y al modo de vivir de los indígenas que se aniquiló con la instauración de la modernidad a manos -en su mayoría- de la España peninsular y que, junto con el aporte de los negros traídos de África, tiene aún vigencia en múltiples modos y encuentros culturales de nuestro Continente, inclusive, en sus formas de resistencia.

Desembarco de Cristóbal Colón de Dióscoro Puebla, 1862
https://bit.ly/2zAHk53

“La interpretación que se hace de América por parte de los conquistadores, desde un comienzo pone en duda su autenticidad, al menos en el área de dominación hispánica: las culturas indígenas están inspiradas por el demonio; y por esta falsedad radical es preciso aportarles la forma verdadera de vida, la cristiano-europea… (…) No se trata pues de un problema de jerarquía estimativa, de comparación entre una cultura superior y otra inferior, sino de cultura verdadera versus pseudo-cultura”… (1)

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Si bien es cierto que Europa y Norte América no ignoran Latinoamérica, hasta el punto de haber generado una abundante bibliografía sobre ella, también es cierto que el Occidente moderno no piensa a América Latina existencialmente, en el sentido específico de que no requiere de ella su reconocimiento y en ella no se encuentra en juego su identidad, al menos no en un sentido importante como fabulación de sí. En gran medida, Europa se auto-reconoce, mientras que el pensar de América Latina respecto de sí se halla embebido constantemente de referencias al Viejo Continente.

De modo tal que nuestras respuestas al problema de nuestra identidad transitan –inevitablemente- por la experiencia existencial de responder a la interpelación de quiénes somos auténticamente, verdaderamente, si la identidad que perdimos con la Conquista o la nueva identidad cultural fraguada a partir del contacto con la modernidad europea desde la Colonia hasta nuestros días.

La mulata cartagenera de Grau Araujo , Colombia 1940
https://bit.ly/2LecOz9

Obviamente he señalado en otra parte que abordar de forma binaria, excluyente, es decir, o esto o lo otro, o anterior a la Conquista o después de la Conquista, es un modo ingenuo y simplista de ver la trama histórica que nos envuelve y que nos ha configurado.  Además he resaltado que esta visión de la identidad es de corte esencialista y obvia la construcción de la identidad a partir de la historia que se vive, por tanto, desecha el mundo histórico-social que nos identifica. Volveremos a este punto.

Por lo pronto, desde luego que Europa, particularmente España, tiene en su propio pasado el “descubrimiento de las Américas” pero este hecho, más allá del cambio que produjo en la España de los Reyes Católicos y desde allí, mediante el comercio, sostenido con el oro y la plata extraídas de América del Sur, hacia toda Europa, con más énfasis en las ya por ese entonces prósperas ciudades italianas y de los Países Bajos, no alcanza el núcleo de la identidad europea, forjado en gran parte, antes del encuentro de los dos mundos. Toca ver ahora el desarrollo de la identidad europea dada la actual fuerza migratoria y los múltiples espacios multiculturales que se están gestando y que propician, gracias a la auténtica encarnación de los Derechos Humanos en la cultura, la necesaria interculturalidad e integración democrática.

https://bit.ly/2JmVFSi

Modernidad -subalternidad y el problema de la identidad

Ahora bien, América Latina no es la simple continuación de Occidente y no sólo porque no haya alcanzado todavía, pese a sus esfuerzos, una condición moderna, sino porque en la búsqueda de su auténtica identidad no se reconoce como plenamente Europea o Norteamericana. El desgarramiento latinoamericano al cual hacíamos referencia arriba, este haber padecido una primera relativamente rápida occidentalización a través de la Conquista para luego resistirse paulatinamente con los restos de las antiguas culturas, hace que América Latina tenga como posibilidad más propia una casi permanente confrontación dialógica con la cultura occidental y la modernidad.

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Esa confrontación dialógica se da en el convivir de, al menos, dos proyectos culturales contradictorios que coexisten en nuestras tierras, como señaláramos en un post anterior -a propósito de Venezuela- y que en dos citas resumo para los fines de la labor de hoy: “la orilla moderna con su proyecto social, cultural y económico que se sustenta en el logos de la modernidad occidental y su racionalidad tecno-científica y la orilla subalterna que desarrolló durante estos 18 años un modelo de sociedad alternativo que se tradujo en la práctica en el colapso de nuestras instituciones y de todo nuestro cuerpo social”…“cada orilla cultural promueve valores que entran en contradicción en el interior mismo de un individuo haciendo colapsar su proyecto de vida. Porque en nuestro suelo, extensivo a Latinoamérica, los individuos tienen en su interior pautas de conductas modernas y subalternas que colisionan entre sí reflejando dicho choque cultural en la sociedad”.

De modo tal que la modernidad alude al cultivo del logos racional con paradigmas científicos occidentales llegados con la modernidad traída con la Conquista y la subalternidad, a grosso modo, como aquello que se resiste a la modernidad y que lucha por el rescate de una identidad de corte esencialista, ultrajada, malograda con la Conquista y que nos viene de nuestros antepasados indígenas y negros. La pregunta por la identidad, por quiénes somos auténticamente se encuentra en el meollo de esta discusión. Esto es así porque con su respuesta tratamos de resolvernos en, al menos, dos sentidos: “como factor explicativo de lo que acontece, y como criterio regulativo de lo que se ha de hacer, y por lo tanto de lo que no se ha de hacer y de lo que no es admisible que sea” (2).

Caracas
https://bit.ly/2NfjptH

Identidad y autenticidad

Así que si consideramos que perdimos nuestro auténtico ser con la Conquista y con la imposición del logos racional occidental buscaremos resistirnos y revertir la modernidad en nuestros países porque ésta no nos es propia, porque atenta contra nuestra identidad, porque es violenta y va contra lo que somos auténticamente. Mientras que si abordamos la identidad como un proceso histórico social buscaremos integrar el pasado, las heridas de la Conquista, alimentando todo aquello que nos haga crecer en Humanidad y promoviendo el encuentro dialógico y de mutuo reconocimiento entre todos los habitantes de estas tierras con el mundo entero ya globalizado. Porque valga acotar que:

Toda individualidad humana es histórica y social en su identidad, y en la construcción de su identidad. No hay identidad sino por relación con los otros, aun en el caso del fallecido al nacer, del enfermo mental, o del náufrago solitario; pero cada uno de estos otros es a su vez una identidad por el entrecruzamiento de relaciones múltiples con los otros. Toda identidad humana es histórico-social, o sea cultural”. (3)

Es mi convicción, que se gana muy poco rechazando de entrada la modernidad por considerarla una empresa neo-colonizadora y estrictamente eurocéntrica que nos ha quitado nuestra auténtica identidad. Más aún cuando esta postura -que ha alimentado a nefastos populismos en nuestra Región trayendo aún más pobreza y desigualdad entre los más vulnerables de nuestra sociedad– se sostiene en una identidad esencialista que carece de asidero y que además sólo unos pocos, los elegidos y políticos populistas de turno, encuentran cual espejo enterrado y se valen de ella para sus artilugios y beneficios particulares.

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https://bit.ly/2JnUQsg

Sacudiendo el tablero

Sacudo el tablero a la pregunta quiénes somos auténticamente los latinoamericanos ya que la considero equívoca en tanto apela a una identidad esencialista y a una autenticidad del mismo corte. Más bien, invito a que vivamos nuestra identidad desde una modernidad histórico-social que a través de su propio proceso de auto-interrogación y auto-crítica se abra a lo subalterno -porque duda de sí misma y reconoce en tal dudar su valor supremo- no para encontrarse como certeza absoluta a la manera del cogito cartesiano, sino, justamente, para dialogar con nuestras contradicciones, inclusive cuando éstas se encuentran en  nuestros pliegues e intersticios como una herida sangrante.

Las heridas están para ser sanadas si apostamos a la vida, a los afectos abundantes y al porvenir desde una reflexión encarnada. Porque el problema de la identidad latinoamericana también se puede plantear preguntándonos por quiénes queremos llegar ser los latinoamericanos, qué no queremos cultivar y qué no queremos seguir viendo en nuestro Continente. Y es allí en donde la autenticidad y la identidad convergen para crear Humanidad dejando atrás los fundamentalismos o posturas metafísicas que nos distancian entre nosotros y del resto del mundo occidental. Somos todos seres humanos y hemos de apuntar siempre a aquello que nos lleve a reconocernos entre todos como iguales.

Se trata de forjar auténticamente una reflexión encarnada que se sostenga en convicciones, hábitos, usos, costumbres, valores, posturas y actitudes que, reconociendo nuestro pasado de la Conquista, se esfuerce por construir el futuro humano que queremos para las generaciones presentes y futuras. De construir nuestras verdades junto al otro mirando el mundo inclusivo, libre, demócrata e igualitario que queremos para nuestros hijos, para nuestros estudiantes, para todas las personas que amamos y para nosotros mismos. Y, precisamente, en ello están trabajando desde hace tiempo muchas personas e instituciones tanto en Latinoamérica como en el resto del mundo occidental.

Seguimos en este orden de ideas en nuestra próxima entrega. Muchas gracias por su gentil lectura.

Referencias bibliográficas:

  1. SAMBARINO, Mario; Identidad tradición y autenticidad. Tres problemas de América Latina.Caracas, Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos, 1980. p. 223.
  2. Idem, 16
  3. Idem, 20.

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