¡Aún dicen que el pescado es caro!

Por Juan Esteban Pérez Rodríguez. Delegado de Apostolado del Mar en Las Palmas (España)

Dos pescadores de edad avanzada, serios y preocupados, sujetan y atienden a otro más joven tendido en el suelo tras sufrir un accidente. De este último pende una medalla protectora contra los infortunios de la mar. Diversos aperos de pesca e incluso algunos peces capturados completan la escena. Se trata del famoso cuadro de Sorolla “¡Aún dicen que el pescado es caro!”  y que responde a su gran preocupación social, en este caso poniendo al descubierto las penalidades del oficio de la mar. Se dice que en este caso está directamente inspirado en la visión sobre el tema del escritor Vicente Blasco Ibáñez en su novela Flor de Mayo. No está de más tenerlo presente en el Día de las Gentes del Mar.

Aunque  el día de las gentes de la mar coincide en España con la festividad de Nª Sra. del Carmen, hay dos fechas, además, a nivel internacional que tienen un objetivo semejante, aunque poco difundidas en nuestro país, por diferentes motivos: el Domingo del Mar, en el segundo domingo del mes de julio, que es una celebración  internacional  y ecuménica,  promovida  en 1975  por el Apostolatus Maris (Iglesia Católica), la Mission to Seafarers (Anglicana) y la Sailors Society (Protestante), y otra, también anual, de reciente creación, Día del Marino, el 25 de junio, promovida por la OMI (Organización Marítima Internacional) en el encuentro de Manila en el  2010, año del Marino. En este 2º caso, el criterio de gente de mar está más reducido al de la marina mercante. En todos estos acontecimientos hay un denominador común que es el reconocimiento  al esfuerzo y sacrifico de todos los marinos tanto del ámbito de la mercante como de la pesca de altura y bajura.

El día de la gente de la mar  pretende ser una fecha  que se propone a toda la sociedad, eclesial y civil, para hacer visible al trabajador del mar, que permanece en la orilla  de los intereses y preocupaciones de la gente de tierra adentro (instalada en sus seguridades), a pesar de ser responsables del transporte de más del 90% del comercio internacional y por lo tanto, sin exagerar, de  nuestro bienestar  general. Pero las estadísticas que tienen relación con la actividad laboral, de las que destacamos el índice de siniestralidad, 25 veces mayor que la de las actividades del trabajador de tierra, o el índice de mortalidad en la marina mercante y la pesca, 12 y 80 veces más  respectivamente, nos está describiendo, además del riesgo de su trabajo, el valor de su sacrificio.

Si ya el criterio de bienestar entra en precario  con los anteriores  datos, las actuales condiciones de trabajo, afectados por la reducción de tripulaciones, la convivencia multicultural y multilingüística de los marinos (barcos con nueve tripulantes y seis nacionalidades), las estancias prolongadas a bordo (entre seis y nueve meses para marinos del 2º y 3er mundo), las largas jornadas de trabajo y la fatiga consecuente en la pesca, la lejanía familiar, la rutina, los salarios en ocasiones  tercermundistas (los hemos conocido de 350 dólares), los abandonos de barcos con tripulaciones a bordo, las estancias cortas en puerto, en muelles cada vez más distantes de la ciudad, las dificultades para ejercer el voto, sin igualdad de oportunidades laborales y profesionales etc, hace todo ello que el bienestar en el mar esté reducido a mínimos.

Conviene  entresacar del anterior etcétera otra situación de los profesionales del mar: la dispersión de los marinos, que impide, en esta sociedad que lidera el poder y el dinero (estructuras de desamor/pecado) contraponer las medidas que debiliten las posiciones de la mayor parte de las navieras, hoy fortalecidas además con la aparición de las banderas de conveniencia. Un signo de  dispersión: la normativa laboral en España consideraba a la naviera una unidad empresarial, actualmente cada barco de una compañía marítima es una empresa.

El Apostolado del Mar – acción misionera de la Iglesia con el marino y su familia- habla de bienestar integral, incluida la dimensión espiritual. El Día de la Gente de la mar vendría a ser desde lo descrito, una jornada de sensibilización, de llamada a la solidaridad y el compromiso, y para los creyentes, un momento de oración y compromiso a imagen de la Virgen del Carmen liberadora y siempre atenta para el servicio.

Para todos sería un día de  compromiso  que debe sugerir instancias de debate y discusión relativas a la seguridad en los mares y al respeto de la vida en los mismos.

En un mundo en cambio, donde ya más de la mitad de la población vive en el medio urbano, aún hay muchas gentes que dependen directamente del mar, de sus recursos, productos, beneficios e influencias directas o de las oportunidades que ofrece como medio de comunicación y transporte, y también supone un lugar de investigación, de relaciones, de estímulo creativo e incluso aún mantiene un halo de aventura. Pero la situación de los mares dista de ser idílica. Surgen una y otra vez amenazas y deterioro, desastres ambientales, sobrexplotación de recursos y pérdida de diversidad biológica (aunque sólo conocemos una mínima parte de las especies que viven en el mar), entre otros. Los naufragios frecuentes y el duro trabajo en el mar  nos recuerdan el interpelador cuadro de Sorolla : “¡Aún dicen que el pescado es caro!”.

Hoy es un día especial para caer en la cuenta de ello.

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