Danos entrañas de misericordia frente a toda miseria humana.

Inspíranos el gesto y la palabra oportuna frente al hermano solo y desamparado.

Ayúdanos a mostrarnos disponibles ante quien se siente explotado y deprimido.

(Tomado de las plegarias eucarísticas Vb/Vc)

Estaba empezando a escribir un nuevo artículo sobre los nacionalismos, cuando ¡zasca!, como un puñetazo en la cara recibía las declaraciones del Cardenal Cañizares sobre las personas inmigrantes y refugiadas y sobre la pobreza.

Sobre las personas refugiadas se preguntaba: “¿Esta invasión de emigrantes y de refugiados es todo trigo limpio?; ¿Cómo quedará Europa dentro de unos años con la que viene ahora? No se puede jugar con la historia ni la identidad de los pueblos”.

No daba crédito, pensaba que se habían manipulado sus palabras, pero no. Son las afirmaciones literales que realizó en el desayuno informativo del pasado 14 de octubre en el Forum Europa. ¿Qué decir? ¿O mejor no decir nada? No es cuestión de “sacar la escopeta” en cuanto pasa algo, pero ante tanto disparate por parte de opinadores profesionales es preciso que quienes nos consideramos creyentes también podamos sumar nuestra voz al debate, aun a riesgo de equivocarnos y de no acertar con el diagnóstico. Por eso estas letras las firma un servidor y nadie más, pero no es bueno callar porque, lo queramos o no, las declaraciones del cardenal nos dejan en mala posición a todos los cristianos. 

Dos apreciaciones. La primera, el cardenal, para calificar la situación que están viviendo las personas refugiadas, habla de invasión sin cortapisas. En segundo lugar, habla de que Europa pierde identidad por la acogida de esas personas refugiadas.

Para no entrar en lo que yo pienso o dejo de pensar al respecto, transcribo algunas referencias de documentos eclesiales que vienen bien para la ocasión. Porque lo que está en juego no es solo el cardenal y lo que opine, sino la situación, el modo de acoger a los refugiados, los valores de fondo que se juegan y que nos jugamos.

La pertenencia a la familia humana otorga a cada persona una especie de ciudadanía mundial, haciéndola titular de derechos y deberes, dado que los hombres están unidos por un origen y supremo destino comunes.  (San JUAN PABLO II, Mensaje para la Jornada Mundial de la paz, 6 – 2005).

Los cristianos deberíamos acoger con afecto y respeto a los inmigrantes del Islam que llegan a nuestros países, del mismo modo que esperamos y rogamos ser acogidos y respetados en los países de tradición islámica. (EG, 253)

Exhorto a los países a una generosa apertura, que en lugar de temer la destrucción de la identidad local sea capaz de crear nuevas síntesis culturales. (EG, 210)

Es trágico el aumento de los migrantes huyendo de la miseria, que no son reconocidos como refugiados en las convenciones internacionales y llevan el peso de sus vidas abandonadas sin protección normativa alguna. (LS, 25)

Hemos de valorar la riqueza de los inmigrantes, cultivando la actitud de acogida y el intercambio enriquecedor, a fin de crear una convivencia más fraternal y solidaria. En un futuro próximo nuestra sociedad será, en mayor medida, multiétnica, intercultural y plurireligiosa.  (Iglesia servidora de los pobres, 9)

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El cardenal arzobispo de Valencia dijo además sobre la pobreza que “no hay más pobreza que antes porque no ve más gente pidiendo en la calle o durmiendo bajo los puentes”.

Ante estas palabras sí que me permito compartir una reflexión personal. La pobreza no siempre se ve. Sucede como sucedía hace no mucho con las personas discapacitadas, se les escondía por vergüenza. Son familias enteras las que malviven con míseras pensiones y la propia solidaridad  familiar o las ayudas de  entidades diversas. Hay muchas más personas pobres que hace unos años, bastaba preguntar a Cáritas Valencia. El último informe Foessa señala que la pobreza se ha intensificado y se ha hecho crónica en estos últimos años. Y lo que es peor, que el trabajo no está evitando salir de la pobreza. De hecho, más de la mitad de las personas que acuden a Cáritas son personas en las que hay algún familiar trabajando. Por tanto, el trabajo se está precarizando y por ello se precariza la vida de las personas y sus familias. El trabajo está dejando de ser principio de vida. Ayer mismo, EAPN daba el dato de que hay 13.657.232 millones de de personas en riesgo de pobreza y que este año se han sumado más de 800.000 personas a este grupo de exclusión.

Por supuesto que estas declaraciones no nos quitan la fe, pero para poder seguir haciendo carne aquello de “la Iglesia se hace diálogo”, un diálogo con las culturas al que nos invita el Papa en la Evangelii Gaudium, necesitamos ser dialogantes y con capacidad de empatía con las situaciones que conmueven a la sociedad, como es el drama de los refugiados, en este caso. Como dice mi amigo José Luis Jiménez, para transmitir la fe y la alegría del Evangelio es siempre más cómodo que el ambiente esté algo “más relajado”.  

Me duelen estas declaraciones porque me duele mi Iglesia, pero sobre todo porque me duele mi vida, porque todavía no acabo ni acabamos de reflejar ese amor tan grande, tan misericordioso y tan gratuito que Dios nos regala cada día, en cada ocasión. Voy acabando invitándoos a leer el comunicado de Cáritas, CONFER y Justicia y Paz dicen NO a la política del miedo, donde invitaban a un cambio en la política migratoria, donde el control y el miedo no son aceptables. También invito a leer la carta semanal que el propio Cardenal firmaba el 12 de octubre: ”En casa hay sitio para un hermano más”.

Hoy me quedo con la imagen de otro arzobispo, el de Tánger, Mons. Agrelo, pidiendo que acaben las muertes en las fronteras y unas palabras suyas: “Mucho me temo que preocupados por Europa, nos olvidemos de la persona, del Evangelio, del pobre, lo que es una forma muy triste de olvidarnos de Dios”.

Os dejo con la canción de mi hermano Migueli, “Extranjero”.


@manocope