Arturo Sosa sobre política y justicia

En su reciente visita a Brasil, el p. General de los Jesuitas, Arturo Sosa, ha pronunciado varios discursos y homilías de gran interés. Extraemos aquí algunos párrafos de su Discurso en la Pontificia Universidad Católica de Río de Janeiro del pasado 18 de octubre:

El reconocimiento de la esfera pública, como dimensión esencial de la vida humana y social

La comprensión cristiana del ser humano insiste en que nadie puede ser verdaderamente humano aislado, fuera de una vida de relación con otros seres humanos. No existe lo humano en soledad. Lo humano es el vivir de los seres humanos los unos con los otros. La antropología bíblico-cristiana parte de que el ser humano, todo ser humano, es creado a imagen y semejanza de un Dios que es Trino, es decir, de un Dios que es, en sí mismo, comunidad de Amor, que es sí mismo, comunicación, comunión.

(…) El ser humano, por tanto, sólo puede realizarse como ser humano en la red de relaciones con otros seres humanos. De hecho, cada uno de nosotros nace ya inserto en esa red, así llega al mundo y entra a la historia. Poco a poco, uno va tomando conciencia de esa realidad en la medida en que se desarrolla y va aprendiendo a vivir en y desde esa red de relaciones, y así la va fortaleciendo y ampliando (o, infelizmente, en algunos casos, debilitando o dañando) a lo largo de su existencia.

A su vez, la comunidad, como red de relaciones que es, se forma, alimenta y enriquece desde la interrelación de individuos con características propias, pero todos con el elemento común, constitutivo e irrenunciable de la relacionalidad.

Tomando como base esa antropología, que es fundamento de toda y cualquier antropología que se quiera cristiana, no puede negarse que lo público es parte sustantiva de lo humano, de la humanidad.

Reconocer el vínculo indisoluble entre ética y política

Los seres humanos somos, por tanto, constitutivamente comunitarios, en otras palabras, políticos, en el mejor sentido de esa palabra.

(…)

La política es el ámbito de la vida social en el cual se toman las de decisiones públicas o colectivas en la búsqueda del bien común. Es justamente en el ámbito de la búsqueda por esas decisiones que afectan la vida de los humanos en sociedad donde cada uno de los participantes es llamado a vivir un ejercicio de libertad. Pero de una libertad que no es individualista, que decide con base por “capricho”, estrechada por intereses particulares y egoístas, sino una libertad que trasciende al individuo y establece la relación con los demás, es decir, crea la comunidad. Una libertad “para los demás”.

En ese sentido entra la ética como la dimensión de la vida humana en sociedad que ofrece las garantías de lo humano en el proceso de toma de decisiones políticas. La ética coloca a la persona como sujeto libre de las decisiones públicas y privadas, afirmando la importancia de la participación y aporte de cada uno de los involucrados en el proceso, abriéndose a acoger, en el espacio de discusión en común, su punto de vista, su percepción, sus deseos e ilusiones. Pero, a la vez, hay necesidad de una ética que cuya mirada sea ensanchada, amplia, desde la cual la acción política se oriente a propiciar el mejoramiento de la calidad de vida de todos los miembros de la sociedad, los cuales son reconocidos como integrantes de la misma humanidad, todos merecedores de respeto y sujetos de derechos (humanos y ciudadanos).

Por tanto, podemos afirmar que la gran equivocación es, sin lugar a duda, des-vincular la política de la ética. Al hacerlo se les resta humanidad a las personas, los grupos y los pueblos. Cuando eso se da, la política se convierte en instrumento de in-humanidad perdiendo completamente su razón de ser. Y en vez de ser una de las formas más altas de la caridad, se convierte en la más terrible forma de pecar, o sea, de dañar, incluso de aplastar, lo humano, en uno mismo y en los demás.

(…)

Fe y Justicia

Para quienes encuentran en la experiencia religiosa la fuente motivacional de su vida, la justicia es una exigencia de la fe. Por consiguiente, la lucha por la justicia, en su más amplio sentido, se convierte en una dimensión constitutiva e irrenunciable del sentido religioso de la vida, es decir, es una consecuencia del haber experimentado al Dios de la vida, al Creador de la historia humana, enteramente bueno, al que podemos llamar, como nos enseñó Jesús de Nazaret, Abba, Padre. Jesús nos coloca a todos en una relación de fraternidad que conlleva necesariamente la exigencia de que entre los hijos e hijas del mismo Padre, el reconocimiento, la acogida, el respeto, el apoyo, la colaboración y la comunión sean vividos como dimensiones fundamentales de su existir como seres humanos.

La justicia por la que luchamos, inspirados desde la fe, es la del reinado de Dios. La comprensión de lo que significa ese Reinado nace del mismo anuncio que de él hace Jesucristo con su vida y su palabra. Es un Reinado en el que el Rey -Dios Padre- no hace otra cosa que cuidar, sostener, servir a sus hijos e hijas, como nos los hizo ver Jesús de manera radical en la escena del lavatorio de los pies. Lo que Jesús hace es lo que hace a su vez el Padre. Es lo que nos transmite Juan sobre Jesús en su Evangelio: El que me ve, ve al Padre (Jn 14,8) y todavía, Mi Padre trabaja siempre, y yo también trabajo. (Jn 5,17)

Nosotros, que, por la acción del Espíritu Santo, hemos acogido la Revelación del rostro del Padre en Jesucristo, Su Palabra hecha ser humano, y que nos hicimos seguidores del Cristo, como camino hacia la vida verdadera, no podemos huir a las exigencias de la justicia, si queremos ser fieles a nuestro nombre de cristianos.

En esa misma línea, la Compañía de Jesús, desde la Congregación General 32ª (1974) comprende su misión como el servicio de la fe, del que la promoción de la justicia constituye una exigencia absoluta, en cuanto forma parte de la reconciliación de los hombres exigida por la reconciliación de ellos mismos con Dios. La Compañía de Jesús, reunida en la Congregación General 36ª, se comprende, desde nuestra actual realidad mundial, en la misma línea, como un grupo de compañeros llamados a una misión de reconciliación y de justicia.

Desde la perspectiva de la Iglesia Católica y de esta Universidad, la justicia realmente existente en una sociedad se mide desde la perspectiva y situación de los pobres de esa
sociedad. Por eso, los derechos humanos son en primer lugar los derechos de los pobres

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