Escozor electoral: el post debate desde el paro

Foto de Alejandro Scaff

Hoy he estado con un grupo de personas de distintas edades (la más joven 21, el mayor, 52) de distintas nacionalidades, con distintas formaciones (desde primaria inacabada a estudios universitarios), hispanohablantes y multilingües. El factor común es el empleo, o más bien la falta de empleo digno.

Había mucha frustración, rabia, y desconcierto. Había personas que habían trabajado durante décadas y que, cuando se hundió el ladrillo, y con el ladrillo tantos otros sectores, tuvieron que reconvertirse a una edad en la que reconvertirse no es nada fácil. Y se han visto empezando desde cero, como si fueran jóvenes, pero sin serlo. Haciendo cursos que no les valen sin experiencia. Y en eso mayores y jóvenes tienen algo en común: la desesperación de quien hace lo se supone debe hacer, pero no es suficiente, y que no saben qué tienen que hacer para solucionarlo. Repasan su historia y encuentran fallos en decisiones que tomaron hace muchos años, cuyas consecuencias eran imprevisibles, o inocentes hasta que llegó la crisis y les puso encima culpas que hasta ahora no habían tenido.

Había incluso quien, cuando quedó sin empleo, decidió emprender. Y se estrelló. Quien trabaja muchas horas sin contrato, sabiendo que no lo debería aceptar, pero no se puede permitir el paro, porque hay hijos que alimentar. Y para quien trabaja en negro no hay derechos. Todos se habían encontrado con quienes ofrecían condiciones abusivas, y se sintieron amenazados cuando les dijeron “si no te gusta, ahí está la puerta, que hay otros trescientos que están esperando para coger este puesto”. Y frente a la amenaza se sintieron desvalidos. Todos habían tomado decisiones difíciles, impulsados por la supervivencia, soñando con un contrato digno, que no está y no se le espera. Hablaban de contratos indefinidos a jornada completa como quien habla del paraíso.

Y todos coincidían en que las prestaciones ayudan, pero no son suficientes. Hay algo que el trabajo digno da y que es irreemplazable: Paz. La principal diferencia entre trabajar y estar en paro es que, cuando no trabajas, no dejas de pensar en qué vas a hacer para poder trabajar y sobrevivir, y tienes que lidiar con mil demonios que te acompañan constantemente, las facturas, el pago del alquiler, y los pensamientos obsesivos que van incluidos en el pack: ¿y si no vuelves a encontrar trabajo nunca más? no te puedes enfermar, que nadie contrata enfermos, debiste haber sacado permiso de conducir hace años, que lo piden mucho en las entrevistas y ahora de dónde vas a sacar dinero para eso. Para los jóvenes, los demonios son otros ¿y si nunca consigo el primer trabajo? O ¿Cuándo voy a encontrar un trabajo que parezca un trabajo de verdad?

Para todos ellos, el trabajo significa descanso… entre trabajar jornadas inacabables y no trabajar en absoluto, lo más agotador es no trabajar. El paro de larga duración consume una energía inmensa. Todos tenían claro que no hay nada que puedan hacer que les asegure tener un trabajo decente: vienen de vuelta de esperanzas vanas. Pero saben que no pueden dejar de hacer lo que sea necesario: aunque volver a estudiar les cueste, aunque las posibilidades sean pocas.

Y lo cuento porque ayer todos habían visto el debate a cuatro, y nada de lo que escucharon parecía que iba con ellos. Y eso que hablaron muchísimo de empleo. No hablaron de vivienda (algunos están en riesgo de perderla) y de pobreza casi nada (y todos están lidiando con ella) Pero de empleo y paro se habló mucho, aunque el empleo que se genera ni lo huelen, (pero si les duele, como apuntaba una de ellas) y no creen que puedan tener uno de esos trabajos pronto. Las soluciones que se proponían estaban fuera de su universo. No están para emprender nada, que algunos ya se dejaron los ahorros tratando de levantar un negocio en medio de la crisis. Y aunque todos los candidatos prometieron generar empleos, para quien está yendo a tres entrevistas a la semana, y no queda en ninguna porque es demasiado mayor para trabajar y demasiado joven para jubilarse, estas promesas electorales escuecen. Y para quien perdió los papeles durante la crisis, también. Y para quien se está asomando a la vida laboral, y ve el panorama, le escuece el futuro que le espera, y nada de lo que digan los presidenciables parece que vaya a calmar ese escozor.

**Por cierto, la foto la eligió uno de los participantes; “así me voy a sentir si firmo un contrato indefinido”. Ojalá.

Compartir

Escribir un comentario

Please enter your comment!
Please enter your name here