De un modo general, incluso para quienes éramos niños cuando se celebró el Concilio, sumidos en la España que no lo quería ni lo entendía mayoritariamente, ha supuesto éste, en cuanto el uso de nuestra razón nos ha permitido entenderlo y gozarlo, una apertura de los horizontes históricos de la Iglesia católica a la que quizá debamos nuestra fidelidad a ella, nuestro entusiasmo por ser y seguir siendo sus hijos, nuestro mismo compromiso misional.

Es sencillamente maravilloso releer el comienzo de la Declaración Dignitatis humanae, sobre todo si se repara en que procede de una autoridad religiosa de supremo rango: “ , sobre todo en lo que se refiere a Dios y a Su Iglesia; y, una vez conocida, deben abrazarla y conservarla. El Concilio proclama que este deber concierne y vincula a la conciencia de los seres humanos, y que la verdad no se impone sino por la fuerza de la verdad misma, que se apodera de las mentes suavemente al tiempo que con fuerza”.

El Concilio -y los documentos más importantes de los Papas que han venido a desarrollar después su doctrina- ha encarecido, pues, la búsqueda universal de la verdad como deber básico de todo ser humano; lo cual comporta tanto una máxima confianza en la verdad desde la que esta recomendación se hace, cuanto el abandono de fijar desde la autoridad religiosa una o solo algunas muy determinadas vías para que la exploración simplemente racional (o sea, vital en todo el pleno sentido de este término) de lo real termine por preparar el terreno para que una persona decida, movida por la gracia, aceptar la verdad. En este caso, la verdad salvífica del cristianismo, o sea, prestar fe con buen fundamento racional a la humanamente en principio más inverosímil de las historias que pretenden aclarar el sentido de todo cuanto existe. Porque esta es la condición del logos toû stauroû [discurso de la cruz], como llama Pablo en Gal al contenido esencial del kérygma cristiano.

El Concilio y su exégesis han alcanzado la prudencia sabia que no hubo en otros tiempos, en demasiado largo tiempo: la prudencia que impulsa a no circunscribir heterónomamente las posibilidades legítimas de la búsqueda humana.

Personalmente, viví en Roma hace ya varios años uno de estos momentos iluminadores, inspiradores: la única audiencia colectiva con un Papa que he tenido. Justamente, Benedicto XVI había sido el motor de un amplio congreso en la Universidad Lateranense, reunido bajo el lema Ensanchar la razón. Con ocasión de algún otro documento del pontífice menos esperanzador, era muy claro que una parte considerable de quienes entramos en aquella audiencia aguardaba con mucha confianza que el Papa volviera a recomendar tan solo un modo de filosofía. Pero el Papa defraudó esas expectativas y, en cambio, fomentó las mías, las nuestras, con un solo consejo que más bien sonó a grito de socorro o a conminación angustiada: Ricerca, ricerca, ricerca! [¡Investigación, investigación, investigación!].