La relación con lo divino es todo lo contrario de una pérdida de humanidad; es todo lo contrario de una fuga cobarde del mundo; es todo lo contrario del desprecio por la historia, la naturaleza y los demás seres humanos. Su misma esencia está en la esperanza absoluta respecto de cada destino individual y respecto de todas las realidades. Vivir de alguna manera ante lo divino, por más variadamente que se exprese en todos los campos de la existencia, siempre consiste, sobre todo, en mantener esta esperanza absoluta y universal, que orienta la crítica radical de todo lo imperfecto, ya que hace amarlo con todo el corazón.

Pero en este terreno, naturalmente, se aplica mejor que en otro ninguno el viejo proverbio latino: que la corrupción de lo óptimo es la pésima entre las corrupciones.

Y así sucede siempre que, como la relación con lo divino se encuentra en la línea de la razón, pero hace una apuesta hacia más allá de lo meramente demostrado y sentido con los sentidos del cuerpo, este último movimiento, al que las tradiciones del Libro llaman fe –fe reclamada por la gracia de lo Absoluto, pero siempre fe personal-, se presta a confusión con los factores enemigos de la razón que hay también incluidos en lo humano.

El amor, la entrega generosa, el sacrificio del egoísmo ante la desgracia de otros, la investigación de la verdad, la exploración de la naturaleza, el aprovechamiento óptimo de la tecnología, la reforma radical de los sistemas jurídicos y las instituciones nacionales e internacionales, el respeto de las minorías, la promoción de la cultura, el florecimiento del arte, el cuidado del medio ambiente…; todos ellos son asuntos de la razón y, al mismo tiempo, de la auténtica fe religiosa. Poner a la religión en contradicción y en lucha con cualquiera de estos asuntos no sólo es desconocer qué es la religión e insultar a las personas que la viven, es también una blasfemia respecto de lo divino y un impulso muy grave a favor de todas las fuerzas retrógradas de la historia.

Pero no se puede terminar nunca con el peligro de que este movimiento de la fe, de la sumisión confiada a lo divino, en vez de entenderse y, sobre todo, de vivirse como la prolongación adecuada de las empresas de la razón humana, se tergiverse con cosas esencialmente opuestas. Y hoy vemos cómo esto es tan frecuente y está tan extendido, no sólo fuera sino también dentro de los grupos que se dicen religiosos, que nosotros nos sentimos indignados, alarmados y, desde luego, llamados a decir y hacer algo, por poco que parezca.

Es evidente que la fe religiosa puede ser cambiada por una de las innumerables formas del miedo, causa principal de la violencia y la barbarie; o también por la exageración del voluntarismo. Lo sobrenatural está y estará siempre expuesto a que cada cual lo tome por lo infranatural, o sea, por lo irracional, lo fantástico, lo pasional. Una vida en el miedo es una vida esclava y fácilmente propensa al resentimiento, a la venganza. Cuando alguien es presa del miedo, no tiene ya paciencia para la voz, a la vez humana y santa, de la razón que llama a lo verdadero, a lo bueno, a lo hermoso. La persona aterrorizada necesita seguridades que ella sola no puede conseguir, de modo que se refugia en una masa de gente tan aterrorizada como ella misma, pero que sirve a alguna causa violenta, siempre contra otras gentes. La necesidad de una identidad fuerte que sirva de refugio en la intemperie de la vida se hace notar en momentos en que los grupos sociales tradicionales entran en crisis, como justamente ocurre en nuestra época. Casi cualquier oferta de pertenencia a una comunidad enfrentada a otra u otras, en la que haya reglas claras, calor de hogar y un cierto horizonte de futuro, es tentadora en un tiempo de crisis.

Pero la fe no es un modo de calmar el miedo, la carencia de identidad y, en general, las inseguridades. La auténtica experiencia religiosa está centrada en la esperanza, no en la seguridad. Es de veras religiosa la persona que trabaja razonablemente por mejorar las condiciones de la existencia de todos en medio de su cotidianidad; que está abierta a la verdad; que se deja atraer por la profunda creatividad que lo hermoso y lo bueno reclaman por su propia naturaleza. Por eso mismo, tendrá esta persona una dolorosa conciencia de todo cuanto nos distancia de llevar una vida individual y colectiva que de verdad se funde en la paz que proporciona buscar el bien, la verdad, la paz, la belleza. En el ser humano religioso se aúnan la impaciencia por entender estos ideales y el camino de la práctica que hoy lleve a aproximarnos todos a ellos y la paciencia de la relación personal y comunitaria con lo divino; puesto que con esta palabra sólo se puede entender el máximo de verdad, de bien, de belleza, de paz, de hermandad. Lo divino es, para todas las religiones llegadas a madurez en toda la Tierra, el punto de referencia para entender y cambiar el mundo justamente no con la violencia sino con los instrumentos de la razón y la paz.

Foto de “House of One”, en Berlín, edificio en construcción que albergará una iglesia, una mezquita y una sinagoga.