Continuaré aproximándome al problema central de cómo el amor absoluto pueda ser Dios mismo y, por tanto, el fundamento de toda la realidad. Desde ahí quiero analizar la esencia de la religión, como anunciaba el mes pasado, y desde ahí es también desde donde se pueden acometer los problemas que el diálogo interreligioso y el diálogo entre las religiones y el mundo secular presentan.

Pero el momento actual que vive la Iglesia Católica, reunido el Sínodo en Roma y llenas de tensión algunas instancias jerárquicas, a la vez que está llena de esperanza la iglesia madrileña, me inducen a compartir con vosotros algunas reflexiones críticas (y autocríticas, sobre todo) sobre las tribulaciones del ejercicio habitual del cristianismo en nuestra sociedad, que es uno de los factores por los que parece difuminarse en el horizonte su significatividad.

El aspecto general de esta gran tribulación, es decir, aquello en ella que no solo me afecta a mí sino que nos viene concerniendo a todos, sobre todo, es el de la deficiencia en la fraternidad, el de la escasez horrible de veracidad y la pobreza, no menos horrible, de libertad. Todo ello redunda en merma de la alegría cristiana. Pero es que, aunque sea la gracia la que principalmente opera tales milagros, nosotros, los cristianos comprometidos, y desde luego los laicos cristianos que desempeñan oficios que comportan graves deberes, somos responsables parciales de la difusión y la solidez de la esperanza absoluta en la sociedad que nos cuenta entre sus miembros.

Las disensiones y estas deficiencias a las que me acabo de referir serían de poca monta -serían tan irrelevantes como se está volviendo la iglesia visible en España (para no hablar de regiones del mundo que conocemos menos)-, si solo afectaran al grupo que se sigue identificando como católico; pero nuestra actual irrelevancia no implica que no continuemos siendo hondamente responsables de la esperanza de quienes no saben cuál es su identidad religiosa y no saben siquiera si tienen alguna.

Así va a ser siempre. Unos granos de sal que están destinados, por su misma naturaleza, a salar una cantidad enorme de buena comida -enorme en comparación con el tamaño y la calidad de ellos mismos-; una lamparita de aceite que da poca luz, pero que es un foco impresionante si se la compara con la oscuridad total. En pocas verdades ha insistido más Jesús, según la memoria evangélica: la levadura, la semilla de la mostaza, la higuera en un recodo del camino… Una y otra vez. Somos pocos y valemos menos; pero eso no nos exime de estar bajo el peso de una responsabilidad creciente por la verdad, la libertad, la justicia y, sobre todo, la esperanza en algo tan loco e improbable como que el amor (cuyo concepto está más viciado que ningún otro -casi como si el diablo realizara esta asquerosa tarea con máxima fruición), repito, como que el amor absoluto sea Dios mismo y esté en las raíces y la sustancia de cada realidad.

Un sermón estupendo sobre cómo debe vivir un cristiano y, en especial, sobre cómo debe contribuir a la fraternidad de la Iglesia, podemos hacerlo todos ahora mismo; yo, supongo, menos que quienes tenéis el oficio ministerial de la predicación constante… Pero lo terrible de nuestro caso es que, como quizá en ningún otro colectivo, sucede aquí que hablamos y no hacemos, que hablamos y no sentimos, que hablamos y no se calienta ni conmueve nuestro corazón hasta el punto de que las verdades que describimos cambien, siquiera un poco, nuestra vida cotidiana. Esto es no solo un pecado de proporciones extraordinarias, sino casi una enfermedad o una manía. Voy a exagerar algo, para destacar más este punto: cuesta trabajo encontrar menos sinceridad y menos veracidad por ahí que en innumerables relaciones entre nosotros, los cristianos pertenecientes a la misma Iglesia. Antes que decir y practicar caritativamente la verdad (la auténtica corrección fraterna), hacemos casi cualquier maniobra extraña, pero recubierta de maravillosas palabras, apenas dándonos cuenta de que las pronunció, con una boca y un sentido bastante diferentes de los nuestros, nada más y nada menos que el Señor Jesús.