Apunte sobre la esencia de la religión en tiempos de desastre (1)

Hay por fin una conmoción mundial ante el alud de refugiados en Europa que proceden de Oriente Medio, o sea, de la guerra y la persecución en esa zona del mundo. Dejemos a un lado el hecho siempre angustiante de que otras guerras y otras persecuciones, al no afectar a la Unión Europea más que de muy lejos, no atraigan la atención y no merezcan ni un momento de nuestro cuidado…

Pero ¿qué guerra es esta que nos conmueve con sus consecuencias, tan poco deseadas desde el interior de nuestro paraíso de conformidades?

No es aún el conflicto o el choque de civilizaciones que se ha predicho hace 20 años. Es un choque cultural dentro del islam que recuerda fenómenos medievales como los que se vivieron en nuestra Península desde finales del siglo XI y hasta las postrimerías del Reino de Granada: desde el fondo de las regiones más aisladas del mundo islámico surgen grupos que pretenden ser puros en asuntos de la propia religión hasta el fanatismo, y que al aceptar este con orgullo y hacerlo su bandera, presionan violentamente contra el predominio político y el bienestar profano de las naciones islámicas que están en mayor contacto con el mundo no islámico. Este contacto es la causa principal de que se adopten modos de vida que de alguna manera sincretizan los propios y los ajenos, hasta establecer un terreno cultural que en la práctica diría un fanático que ha hecho tabla rasa de la religión y de lo que a esta la distingue absolutamente de las idolatrías que esos malos musulmanes están ya a punto de considerar también (¡hasta ahí se podría llegar!) religiones. No importa que el Corán mencione y hasta justifique la pluralidad de religiones. Siempre hay decisiones jurídicas de determinadas escuelas que han expuesto el sentido de esas aleyas hasta atraerlo al campo de quienes interpretan el mandamiento de yihad como una orden de “guerra santa”.

Si la gran perturbación política de estos días ocurriera, como hace aún pocos años, únicamente entre el orbe cristiano y ciertos estratos del musulmán, no sería de tanta relevancia para quien se interesa –no necesariamente como intelectual, ni mucho menos- por la naturaleza de la religión. Pero ahora es claro que no se enfrenta la cultura occidental cristiana secularizada con una forma no secularizada de religión, sino que la guerra es ya una persecución de ciertas realizaciones no secularizadas de religión por parte de ciertas otras (musulmanes que persiguen a cristianos de varias confesiones y a kurdos; musulmanes que persiguen a musulmanes). Luego el problema planteado es directamente qué es la religión: esto que a unos llena de violencia y a otros los impulsa a no ejercerla o a no recurrir a ella con la misma furia ni en el mismo espíritu (o a no apelar inmediatamente a que naciones más poderosas vuelquen su violencia, ni siquiera su violencia legítima, sobre los verdugos). Y esto no quiere para nada decir que la religión deje al margen la justicia…

La respuesta es demasiado compleja y demasiado importante como para intentar ofrecer aquí ahora más que alguna indicación. Me ocuparé de ampliarla en próxima contribución. Pero notemos esto, a lo que ahora nos induce también el anuncio del Papa respecto de hasta dónde debe la administración de sacramentos católica extender su comprensión de la misericordia: el amor, el amor acompañado de verdad y justicia, es la esencia de la religión. La calidad de la relación religiosa con el Misterio eterno y con la eternidad del prójimo se mide en términos de calidad del amor. Y en la política como tal, ¿de qué manera puede caber el amor?

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