Si se pregunta a bocajarro en qué consiste el cristianismo (como a los rabinos célebres de la Mishná les preguntó un curioso por la esencia de la Torá, pero exigiendo que la respuesta no durara más que el tiempo en que él fuera capaz de sostenerse a la pata coja), habrá que decir: Consiste en sostener con la propia vida la verdad de que el amor absoluto es el fundamento y la realidad última de todas las cosas. Y el interlocutor, aunque interesado por esta posibilidad maravillosa y extrema, seguramente moverá la cabeza como quien piensa que qué lástima de desvarío; que no hay tal verdad y que esa afirmación solo corresponde a un piadoso deseo de gentes que no se atreven a mirar de hito en hito el rostro terrible de la realidad –pobres gentes que se han llenado de miedo ante lo trágico de la vida y esconden la cabeza bajo el ala y se empeñan en figurarse una belleza que de ninguna manera existe–.

Pero quien ha sido interrogado de manera tan directa continuará de este modo: Y el cristiano es quien tiene confianza en que es portador de esperanza absoluta.

Photo Credit: 藍川芥 aikawake via Compfight cc

Photo Credit: 藍川芥 aikawake via Compfight cc

Ahora quien preguntó quedará convencido de la ingenuidad insondable del cristiano: ¡Si es un niño, si se ha vuelto como un niño!…

Salta, pues, a la vista cómo la posición cristiana exige dar razón de sí misma, es decir, mostrar que, aunque permanezca habiendo en ella un factor que es fe (¡y no demos por sabido qué significa esta palabra!), predomina aquí en conjunto la verdad al alcance de todos –y esto es lo que significa el término razón-.

Por cierto, querría yo pensar que la certeza en que la divinidad o el Misterio o lo Absoluto es amor perfecto constituye la base y la esencia de toda religión auténtica. No lo sé; pero reconozco que no puedo representarme más que de este modo a qué cabe llamar en general religión. En el siguiente texto de este blog expondré algunos de los desarrollos de esta cuestión capital que son solo propios del cristianismo. Dejo a quienes profesan otras religiones notar si en ellas hay analogías con las tesis cristianas.

Y añado un segundo “por cierto”: la metafísica ha de tender al mismo resultado. La religión lo tiene en la forma peculiar de la fe, y la metafísica, o bien conceptual o bien experiencial o bien prácticamente…

El amor absoluto es el amante de un otro amado, un alguien; espera reciprocidad, la anhela infinitamente, pero no la forzará jamás; y, por fin, precisamente para no inducir violencia ninguna en la posible respuesta (a lo mejor no la hay siquiera), desaparece de la escena, no impone su presencia. Aquí quien da amor absoluto se oculta en su don mismo con infinita discreción. El don es la huella de su obra, y en ella solo imprime Dios la capacitas Dei, o sea, la posibilidad de que si a su amor se contesta con amor (no absoluto, desde luego, pero sí amor puro), el amado pueda llegar a compartir la vida misma de Dios.

La cuarta nota del amor absoluto es crear a quien ama (o engendrarlo eternamente en el seno de la divinidad); crearlo solo por amor y para que pueda responder desde sí mismo con su propio amor. A nadie se da mayor don que a quien se crea y se otorga, en el acto mismo creador, la capacidad de la divinización.

Se ve aquí cómo, si dejamos al margen de estos pensamientos la Trinidad –la processio trinitaria esencial a Dios mismo–, el objeto principal de la creación divina ha de ser alguien libre; hasta el punto de que esta libertad coincide en su raíz con la misma capacidad de la théosis, de la divinización.

Pero esto es solo el comienzo.


Foto: un niño comtempla el cuadro de Mark Rothko “Verde, rojo, azul” Photo Credit: <a href=”https://www.flickr.com/photos/88951160@N00/5084638375/”>.michael.newman.</a> via <a href=”http://compfight.com”>Compfight</a> <a href=”https://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/2.0/”>cc</a>