Si quieren mi (muy personal y discutible) opinión, las proximas elecciones van ocurrir principalmente para que Mariano Rajoy asuma que tiene que irse. Curiosamente no tanto por lo que ha hecho, sino por lo que no ha hecho: su inhibición en algunos temas centrales como la corrupción en su partido, la cuestión autonómica o la reforma de la Justicia, y su dejación a la hora de encarnar un liderazgo político correspondiente a su ejecutoria económica, impopular incluso entre su propio electorado.

Esas inhibiciones lo han convertido en una subespecie de zombi que ni siquiera come cerebros. Con más votos y más diputados que nadie, su capacidad de negociación para formar gobierno ha sido cero. Cualquier líder de otro partido que se alíe con él, queda automáticamente contagiado y se vuelve un walking dead. Entonces vamos a nuevas elecciones, donde el PP obtendrá una importante votación, a ver si se dan cuenta de que hay que cambiar a Rajoy para no salir fuera del juego otra vez.

La esperanza de que Pablo Iglesias quede segundo y eso arroje al país a los brazos de Rajoy, estará más o menos fundada en su primera parte (yo creo que no tanto: el PSOE es un partido con gratitudes profundas y clientelas numerosas). Pero seguro que no está fundada en la segunda parte, por más que Rajoy se sienta imprescindibilísimo: A lo mejor un Podemos segundo ya claramente identificado con la izquierda radical arroja al país a brazos del PP, pero no lo hará a los de Rajoy.

Cuando el PP recupere su capacidad de negociación con un líder más vendible, los resultados electorales deberán realizarse en alguna forma de coalición. La voluntad básica del electorado no va a cambiar, salvo que ocurran fenómenos extraños de abstención diferenciada. Las elecciones del 20D dijeron dos cosas:

  1. Que el 70% del electorado quiere seguir con el sistema constitucional existente, frente al 30% que (por diversas y a veces opuestas razones) quiere romper con él.
  2. Que el dicho 70%, votara a quien votara, vería muy mayoritariamente con buenos ojos que el sistema se reforme sin romper con la ley, básicamente para que el Estado de derecho recupere operatividad y dominio sobre las fuerzas clientelares, centrifugadoras, oligopólicas, etc., que lo están destruyendo desde dentro.

No es difícil darse cuenta de que una cantidad considerable de los votantes de Podemos lo son porque piensan que la reforma interna del sistema no es posible, no porque piensen que no sea deseable. Realizar una reforma que nos devuelva el estado de Derecho (la igualdad efectiva de todos ante una ley operante) es necesario para que los mercados (hoy muy oligopolizados y además crecientemente fragmentados a favor de las oligarquías locales) mejoren su funcionamiento, y haya más oportunidades económicas para todos, no principalmente para los amigos de los amigos. Con otras palabras, dado que Podemos vive en buena parte de la falta de oportunidades de los jóvenes, la mejor medida anti-Podemos no es ponerles a caer de un burro por cosas de poca monta (*), sino hacer sin ruptura las reformas que devolverán un horizonte laboral razonable a los jóvenes, sobre el cual puedan edificar una vida.

No será fácil, pero es el único proyecto viable para el sistema constitucional en cuya virtud hemos dejado de sacarnos las tripas unos a otros, según tradición que duraba ya dos siglos. Los electores votaron bien el 20D, con un mandato suficientemente claro respecto al qué, aunque no lo fuera respecto al quién. Los políticos leyeron mal la voluntad del electorado, centrados en el quién efímero de ser el presidente precisamente cada uno de ellos.

El 26J hay que ir a votar de nuevo: hay que hacerlo, no quedarse en casa. ¿Por quién? Por quien cada uno considere realmente mejor para el país, sin mayores cálculos estratégicos (voto a uno para que gobierne otro, etc.) Hemos hablado de la prudencia como virtud básica de la política: en este caso toca aplicársela a cada elector.

Después del 26J, los políticos tendrán que demostrar haber aprendido de sus errores. Aunque sea por pura vergüenza, deberán producir un gobierno para hacer lo que el electorado manifieste querer en sustancia. Los que no hayan aprendido, deberán irse. Y para quienes ya es muy tarde incluso si aprendieran, también es hora de dejarlo: hay que saber cuándo tiene uno el sol a la espalda, y retirarse con cierta elegancia. A ver si el partido más votado es el único que no pilla la seña, que ya captaron Ciudadanos, Podemos, la Corona, el PSOE e Izquierda Unida, en ese orden cronológico.


 

(*) Nota: Lo de Venezuela-Podemos no es de poca monta, dicho sea de paso. En la medida en que se demuestre judicialmente, resultaría de hecho muy grave. Pero la mayor parte de lo demás que se echa en cara a los dirigentes y cargos de ese partido son peanuts. En muchos casos, además, se les reprocha que hablen y actúen como radicales de izquierda, lo cual es perfectamente congruente con su ideología, su programa electoral y las motivaciones de la mayor parte de sus votantes. Resulta raro reprocharles que cuando alcanzan algún poder hagan más o menos lo que prometieron. Aunque si hacen otra cosa distinta, los mismos también se lo reprochan. Es una comunicación rara la que está ocurriendo en torno a Podemos. Eso no quita que su programa, tras analizarlo en cierto detalle, me parezca un suicidio nacional por la vía rápida. Pero no puede decirse que engañen al personal. Además, “ataremos a los perros con longanizas” forma parte de todos los programas electorales, como en general de todas las operaciones de marketing desde que el mundo es mundo. No sé si quedará alguno de más de diez años de edad que todavía pique.


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