Hay amores que matan… ¿Es posible superar los nacionalismos?

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¿Cómo poder entender hoy la fuerza de los nacionalismos? ¿Es posible superarlos para dar paso a una sociedad cosmopolita de ciudadanos del mundo, tal como muchos filósofos, incluido Kant, planteaban?

En las últimas semanas, por distintos motivos, me ha tocado hablar con distintas personas sobre el desafío que representa el nacionalismo.  En España tenemos muy presente el caso de Cataluña, pero no es una excepción: en Francia, Alemania, Austria, Escocia y Holanda se pueden reconocer brotes de nacionalismo que se aprovechan del descontento de un buen número de ciudadanos. Allende las fronteras europeas, nos encontramos con la situación del Kurdistán -cuyo presidente renunció hace unos días, debido al escaso apoyo internacional, sino nulo, a la causa independentista- y su búsqueda de independencia. Los nacionalismos también se presentan, de muy diversas formas, en el continente americano, desde Alaska hasta Tierra del Fuego. En el tiempo de la globalización, lo local sigue siendo esencial.

¿Qué es el nacionalismo?

Benedict Anderson describía a las naciones como “comunidades imaginadas”. Para él, todas las comunidades más grandes que las villas originales fundadas en las relaciones del cara a cara, eran imaginadas. Como seres humanos somos capaces de imaginar vínculos que nos unen más allá de nuestras pequeñas comunidades. Por eso entendemos que una nación se compone de ciertas similitudes o semejanzas entre distintas comunidades que comparten algo en común: la cultura, el idioma, la tradición, cierta historia, instituciones, etc. Todos estos aspectos se combinan para formar un sentimiento común de pertenencia, de sentimiento común, de unión y, por supuesto, de diferenciación frente a otros grupos distintos a los propios. En este aspecto el reconocimiento de lo propio, de la propia identidad, es fundamental. ¿Y qué sucede si no hay reconocimiento o marginación de la propia identidad? Al respecto el filósofo canadiense Charles Taylor señala que, muchas veces, los sentimientos de humillación o de no reconocimiento son fundamentales en los nacionalismos.  Por una parte, se da el sentimiento de humillación a través del no reconocimiento, pero, por otra, se genera una enorme fuerza que busca el reconocimiento y la estima del otro.

El sociólogo inglés Anthony D. Smith, por su parte, afirma que, en sus inicios, el nacionalismo era una fuerza inclusiva y liberadora, capaz de romper los localismos y regionalismos. Además, los nacionalismos eran una fuerza que apelaba a la democracia y a la rebelión frente a los feudalismos e imperialismos que buscaban oprimir al pueblo.

Peligros y posibilidades

Pero no todo es color rosa en los nacionalismos. El siglo XX nos ha mostrado -con profusa evidencia aquí en Europa- que los nacionalismos pueden llegar a ser fuertemente peligrosos: violencia, sentimientos de superioridad, nosotros versus los otros, parodias democráticas donde termina triunfando no la mejor razón, sino quien intimida al resto, etc.

¿Qué hacer frente a esta situación? ¿Conviene echar por la borda y erradicar todo sentimiento nacionalista, por los peligros que conlleva, en aras de la construcción de sociedades cosmopolitas?  Conviene ser cautos al responder. El ser humano, tal como afirmaba Aristóteles, necesita vivir en comunidad. Es más, solo se entiende perteneciendo, viviendo y en una comunidad. Y esta pertenencia a la comunidad no se puede dar en abstracto. Al respecto conviene recordar las palabras de Kwame Anthony Appiah en el libro Los Límites del Patriotismo. Appiah relata cómo su padre se sentía plenamente ghanés, pero al mismo tiempo sentía un profundo amor por Asante, la región multiétnica en la que había crecido. Appiah relata como su padre, al morir, dejó una nota a sus hijos en la que les hablaba de la importancia de amar lo propio, pero también de saberse y sentirse un ciudadano del mundo que tiene un gran amor por la humanidad.

Los nacionalismos estrechos -muchos de los cuales se viven hoy en día- dividen y encierran a los pueblos; miran por los propios intereses cortoplacistas y tienden a imponer una democracia de mayorías vociferantes. Pero hay otro camino. El sentimiento de pertenencia a la comunidad -que es algo fundamental y querido-, bien puede convivir con una mirada más amplia que tenga como horizonte a la humanidad. Así, lo local puede generar una dialéctica fructífera con global.

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