Amor, política y espiritualidad

Tal como nos enseñan los pensadores clásicos y contemporáneos, la política es un valor y virtud ética esencial por la que nos realizamos como seres humanos, en la búsqueda y responsabilidad ciudadana por el bien común, la libertad y la justicia. La virtud ética de la política, en este compromiso por una sociedad y mundo más justo, es un camino vital para ir logrando el sentido y la felicidad de la persona, de la comunidad social y de la historia. Para la fe católica, aún más, es una virtud teologal ya que Dios nos regala la Gracia de su Amor que se realiza en la vida de fe, esperanza y caridad que tiene una constitutiva dimensión social y pública. Es la “caridad política” que, como ya nos enseña Pío XI, esel campo de la más amplia caridad”.

Los Obispos españoles afirman muy bien que

la vida teologal del cristiano tiene una dimensión social y aún política que nace de la fe en el Dios verdadero, creador y salvador del hombre y de la creación entera. Esta dimensión afecta al dinamismo entero de la vida cristiana. Desde esta perspectiva adquiere toda su nobleza y dignidad la dimensión social y política de la caridad. Se trata del amor eficaz a las personas, que se actualizan en la prosecución del bien común de la sociedad… Con lo que entendemos por caridad política no se trata sólo ni principalmente de suplir las deficiencias de la justicia, aunque sea necesario hacerlo. Ni muchos menos se trata de encubrir con una supuesta caridad las injusticias de un orden establecido y asentado en profundas raíces de dominación o explotación. Se trata más bien de un compromiso activo y operante, fruto del amor cristiano a los demás hombres, considerados como hermanos, en favor de un mundo más justo y más fraterno con especial atención a las necesidades de los más pobres” (CVP 123).

En este sentido, Benedicto XVI nos transmite de forma magistral que

amar a alguien es querer su bien y trabajar eficazmente por él. Junto al bien individual, hay un bien relacionado con el vivir social de las personas: el bien común. Es el bien de ese «todos nosotros», formado por individuos, familias y grupos intermedios que se unen en comunidad social. No es un bien que se busca por sí mismo, sino para las personas que forman parte de la comunidad social, y que sólo en ella pueden conseguir su bien realmente y de modo más eficaz. Desear el bien común y esforzarse por él es exigencia de justicia y caridad. Trabajar por el bien común es cuidar, por un lado, y utilizar, por otro, ese conjunto de instituciones que estructuran jurídica, civil, política y culturalmente la vida social, que se configura así como pólis, como ciudad. Se ama al prójimo tanto más eficazmente, cuanto más se trabaja por un bien común que responda también a sus necesidades reales. Todo cristiano está llamado a esta caridad, según su vocación y sus posibilidades de incidir en la pólis. Ésta es la vía institucional —también política, podríamos decir— de la caridad, no menos cualificada e incisiva de lo que pueda ser la caridad que encuentra directamente al prójimo fuera de las mediaciones institucionales de la pólis.

El compromiso por el bien común, cuando está inspirado por la caridad, tiene una valencia superior al compromiso meramente secular y político. Como todo compromiso en favor de la justicia, forma parte de ese testimonio de la caridad divina que, actuando en el tiempo, prepara lo eterno. La acción del hombre sobre la tierra, cuando está inspirada y sustentada por la caridad, contribuye a la edificación de esa ciudad de Dios universal hacia la cual avanza la historia de la familia humana. En una sociedad en vías de globalización, el bien común y el esfuerzo por él, han de abarcar necesariamente a toda la familia humana, es decir, a la comunidad de los pueblos y naciones, dando así forma de unidad y de paz a la ciudad del hombre, y haciéndola en cierta medida una anticipación que prefigura la ciudad de Dios sin barreras” (CV7).

De igual forma, el Papa Francisco nos enseña que

la política, tan denigrada, es una altísima vocación, es una de las formas más preciosas de la caridad, porque busca el bien común. Tenemos que convencernos de que la caridad no es sólo el principio de las micro-relaciones, como en las amistades, la familia, el pequeño grupo, sino también de las macro-relaciones, como las relaciones sociales, económicas y políticas” (EG 205). “El amor, lleno de pequeños gestos de cuidado mutuo, es también civil y político, y se manifiesta en todas las acciones que procuran construir un mundo mejor. El amor a la sociedad y el compromiso por el bien común son una forma excelente de la caridad… Por eso, la Iglesia propuso al mundo el ideal de una «civilización del amor». El amor social es la clave de un auténtico desarrollo: «Para plasmar una sociedad más humana, más digna de la persona, es necesario revalorizar el amor en la vida social –a nivel político, económico, cultural–, haciéndolo la norma constante y suprema de la acción». En este marco, junto con la importancia de los pequeños gestos cotidianos, el amor social nos mueve a pensar en grandes estrategias que detengan eficazmente la degradación ambiental y alienten una cultura del cuidado que impregne toda la sociedad. Cuando alguien reconoce el llamado de Dios a intervenir junto con los demás en estas dinámicas sociales, debe recordar que eso es parte de su espiritualidad, que es ejercicio de la caridad y que de ese modo madura y se santifica” (LS 231).

Para este inherente amor sociopolítico que es clave para la existencia ética y espiritual, la fe e iglesia con los Papas, por ejemplo Benedicto XVI o Francisco, nos muestran unos principios irrenunciables que han de cuidarse, protegerse y promocionarse en la vida social y política. Son los “valores fundamentales como el respeto y la defensa de la vida humana, desde su concepción hasta su fin natural, la familia fundada en el matrimonio entre hombre y mujer, la libertad de educación de los hijos y la promoción del bien común en todas sus formas. Estos valores no son negociables” (SC 83). Tal como nos transmite Francisco en su magisterio (EG, AL y LS), se trata de promover el bien común más universal con una bioética global y una ecología integral: en el cuidado, protección y defensa de la vida y dignidad del ser humano con la familia e hijos en todas sus fases, formas y aspectos; en la justicia social-global con los pobres de la tierra y ambiental con esa casa común que es la hermana tierra. Todo ello desde la comunión con Dios encarnado en Jesús, Señor del cosmos y de la historia, y su iglesia-sacramento de comunión.

En esta línea, como nos sigue transmitiendo la doctrina social de iglesia, con su enseñanza del desarrollo humano e integral, hay que impulsar los valores y principios del destino universal de los bienes y la socialización de la empresa con sus medios de producción, que tienen la prioridad sobre la propiedad. El trabajo decente con un salario justo, que está antes que el capital. La paz y el desarme mundial, para erradicar la muerte del negocio de las guerras y de las armas. Es un amor y ética política coherente, más allá de toda ideología e ideologización de la moral, de la fe e iglesia. Tal como nos enseña Francisco,

la defensa del inocente que no ha nacido debe ser clara, firme y apasionada, porque allí está en juego la dignidad de la vida humana, siempre sagrada, y lo exige el amor a cada persona más allá de su desarrollo. Pero igualmente sagrada es la vida de los pobres que ya han nacido, que se debaten en la miseria, el abandono, la postergación, la trata de personas, la eutanasia encubierta en los enfermos y ancianos privados de atención, las nuevas formas de esclavitud, y en toda forma de descarte. No podemos plantearnos un ideal de santidad que ignore la injusticia de este mundo, donde unos festejan, gastan alegremente y reducen su vida a las novedades del consumo, al mismo tiempo que otros solo miran desde afuera mientras su vida pasa y se acaba miserablemente” (GE 101).


Ph. D. Agustín Ortega (España) es Trabajador Social y Doctor en Ciencias Sociales (Dpto. de Psicología y Sociología).  Asimismo ha realizado los Estudios de Filosofía y Teología, Doctor en Humanidades y Teología. Profesor e investigador en diversas universidades e instituciones universitarias y educativas latinoamericanas. Autor de distintas publicaciones, libros y artículos.

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2 Comentarios

  1. Lo único que puedo decir es gracias, me ha servido de mucho y lo he compartido en Facebook, pues muchos no entienden mi pensamiento político basado en el Evangelio.

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