Cuando las cosas no se hacen, porque no se puede, lo mejor es no hablar más del asunto, repartir tabaco y barajar. Cuando no se hacen porque no se sabe, lo que procede es aprender y luego poner manos a la obra. Y en todo caso, antes de haberse tirado al ruedo y decir que “vamos a hacer tanto y cuanto”… lo suyo hubiera sido sentarse a calcular –como el de la parábola- cuánto costará la torre y si tenemos recursos para terminarla en tiempo y forma. No vaya a ser que, por un exceso de imprudencia o de estupidez, si vienen mal dadas quedemos, al final, como Cagancho en Almagro. Ahora bien, cuando las cosas no se hacen porque no se quiere, entonces, sí: entonces la cosa cambia.

Viene esto a cuento de la incoherencia entre el discurso y la práctica; entre la prédica y el trigo… a propósito de la lucha contra la corrupción, en cualquier lugar mundo: que el fenómeno está presente en todas partes, como Dios Nuestro Señor.

Aquí en España, por sólo dar leves pistas, tenemos al PSOE enfangado en Andalucía; al PP en Madrid y Valencia; a CiU –o como se llame ahora- con el caso de los Pujol y el tres-por-ciento… ¡Si hasta mi paisano, el compañero ugetista  Lito Fernández Villa metú la mano en caxón!

Los políticos –sobre todo en este largo período de campaña que venimos padeciendo- sacan pecho, hinchan el garganchón como los pájaros macho en celo, y hablan y hablan de luchar contra los corruptos… pero –es lo que tiene amagar y no dar-, las cosas siguen como siempre, al no haber voluntad política de ir al fondo de una fórmula tan sencilla como perversa:

C = M + D – Rc.

La corrupción es igual a: Monopolio, más Discrecionalidad, menos Rendición de cuentas. Por ello, sabiendo que eso es así, no hay más que incidir en los tres términos de la ecuación, con las medidas oportunas. Hace años propuse, entre otras, las siguientes: primero, castigar a infractores importantes –de manera más desgarrada decía yo entonces que había que “freír unos cuantos peces gordos, a efectos de ejemplaridad y de aviso para navegantes”. En segundo término, acometer reformas en favor de una economía verdaderamente competitiva –alejada de monopolios, oligopolios y del crony Capitalism o capitalismo clientelista que anula al mercado. Como providencia tercera habría -¡cómo no!- que tocar la palanca del régimen fiscal y la transparencia presupuestaria. En definitiva, se trataría de reforzar las instituciones democráticas, aumentar los controles y promover la transparencia.

Quien, pudiendo hacer algo al respecto, opta por mirar para otra parte, buscar excusas y racionalizaciones, decir que es muy difícil luchar contra el fenómeno… es, cuando menos un comparsa legitimador de los corruptos. Eso si no llega al punto de ser cooperador formal al mal.

Por suerte, hay también vidas ejemplares que merecen el aplauso ético. Tal es el caso de Mark Pieth y Joseph Stiglitz en lo referido a los papales de Panamá.

Pero eso se lo contaré en el próximo artículo.