“Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen”

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En estas semanas hemos estado pendientes y hemos rezado desde muchos lugares por la realidad de las comunidades cristianas de Oriente Medio y en concreto por los veintiún egipcios que murieron en Libia, a cuya reflexión dedicamos el anterior post

Con este telón de fondo, la lectura de este sábado de Cuaresma, parece venir oportunamente a invitarnos a dar un paso más:

“Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen”.

Son palabras que, viviendo en Egipto y, con “la que está cayendo”, dejan en la perplejidad por unos momentos, pero creo que toca repetirlas y contemplarlas hasta la saciedad, pues resuenan como una de las más poderosas armas de paz, de cambio, de transformación profunda, de esa que trastoca la sabia y sana.

Con el deseo de ver cómo “actualizar” -y no me refiero a “modernizar”, sino a hacer “actuar” esa Palabra y hacerla real y “encarnada” aquí y ahora- comparto algunas reflexiones de lo que entiendo que podrían ser algunas traducciones concretas de esa invitación. Es decir, he aquí algunas ideas (para seguir completando) de cuál puede ser nuestra respuesta y nuestro papel  como personas creyentes y comunidades eclesiales:

1.     Rezar por las víctimas y acompañar a las comunidades perseguidas.

Rezar por las víctimas del martirio, y por las comunidades que son perseguidas. Presencia de obras eclesiales acompañando a estas comunidades. Y hay muchas, pero estos acontecimientos intensifican la llamada.

2.     Rezar por los enemigos.

Que su corazón enfermo se ablande y que no contaminen nuestros corazones con odio y miedo. Comprender que ni ellos escapan a la misericordia de Dios, pedir la gracia de participar de este misterio.

3.  Luchar contra la visión homogeneizadora que convierte a todas las personas que profesan el Islam, en sospechosas de terroristas

Lo menos que podemos hacer es ser rigurosos y no confundirnos: no confundir el terrorismo con la comunidad de hermanos y hermanas creyentes en un mismo Dios, quitar la etiqueta monstruosa que una banda terrorista pone a toda una religión y todas las personas que la profesan.

Nuestra mirada al Islam no puede quedarse en este absoluto desconocimiento que tenemos hacia esta religión monoteísta y abrahámica (es decir, hermana por todos los lados) pues entonces la batalla la habrá ganado Isis internacional y sus financiadores, no el Reino de Dios.

4.     Buscar diálogo con el Islam, con sus instituciones y con las personas musulmanas que podamos tener a nuestro alrededor.

Construir puentes, ir al encuentro, que los actos terroristas no ganen y sigan generando mayor separación, confrontación y sentimiento de bandos, de guerra. Que gane el encuentro, sí, aunque sea en las fronteras más incómodas. Aprender a dialogar y convivir juntos, poner “entreparéntesis” las etiquetas para construir un espacio común.

5.     Comprender el fenómeno desde una perspectiva amplia.

Entender los factores de contexto que tienen que ver sí, con la revisión y renovación de algunas instituciones islámicas pero también con un contexto africano y de Oriente Medio con altos problemas socioeconómicos, graves crisis de gobernanza e identitarias, etc.

No digo que estos factores sean la explicación absoluta, pero están ahí y son un caldo de cultivo de inestabilidad y violencia. En muchos casos, son una auténtica emergencia humanitaria permanente, aunque sólo la pongamos en el punto de mira cuando estallan con culpables bien definidos. Necesitamos evitar la visión reduccionista que mira sólo desde la perspectiva del enfrentamiento entre religiones, pues hay muchos más factores en juego y es necesario comprender las causas de fondo para poder combatirlas.

6.     Generar al interno de nuestras propias comunidades eclesiales y contextos una actitud de diálogo y de apertura.

7.     Promover y buscar espacios donde personas musulmanas y cristianas rezemos juntas. Debemos rezar juntos al mismo Dios en quien creemos.

En conclusión, como comunidad eclesial, junto a la oración por las víctimas, tenemos una llamada a dar un mensaje bien alto y sin fisuras de diálogo, respeto activo y amor. Pues esta es nuestra única arma para que el mal, el miedo y el terror no tengan la última palabra.

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