Fernando Álvarez de Miranda, in memoriam

Por Álvaro Gil-Robles y Gil-Delgado.

Apenas entrada esta lluviosa primavera, Fernando nos ha dejado. La noticia de la desaparición de un amigo siempre deja un sentimiento de vacío, por muy esperada que pueda ser, por muy natural que haya sido.

Y los recuerdos se acumulan. En un tímido homenaje a lo que fue, me gustaría revelar algunos de los que me asaltan en este momento. Para empezar, a Fernando lo conocí de la mano de la política. Política de oposición a la dictadura franquista, cuando era secretario general del partido demócrata cristiano que animaba mi padre, y yo era estudiante universitario. Nos veíamos en el despacho de mi padre, en la calle Velázquez. En reuniones de grupo clandestinas, que llevarían, más tarde, a preparar el encuentro de Munich, en la famosa sede de la AECE (Asociación Española de Cooperación Europea), sita en la entonces calle José Antonio 47. Allí se preparó la posición de la oposición española del interior y aquellos esfuerzos hicieron posible dar con el “contubernio”, el primer paso de la futura transición.

Por aquella participación unos pagaron el precio del confinamiento, entre ellos, mi padre el del exilio. Pero Fernando siguió fiel a su compromiso demócrata cristiano.

La transición habría de quebrar aquella travesía conjunta de tantos años en la oposición. Unos quisieron continuar con el compromiso de presentar al pueblo español una oferta electoral demócrata cristiana. Fernando y otros buenos amigos, no lo vieron claro y prefirieron incorporarse a la UCD. Fueron momentos de incomprensión que dejaron profundas y silenciosas heridas.

fernandoLa aventura demócrata cristiana fracasó y allí terminó una aportación a la democracia española que aún no se ha estudiado y valorado con rigor y justicia. El vendaval de los vencedores levantó una polvareda que aún no se ha asentado del todo. Cuando esto ocurra, poco a poco se abrirá la verdad histórica de la mano de quienes mejor lo pueden hacer, los historiadores que no hayan sido actores.

Pero Fernando y otros compañeros de aquella aventura fueron elegidos y además, en su caso, le correspondió el honor de presidir el primer Congreso de los Diputados de la democracia.

Fue emocionante, pese a todas las discrepancias del pasado, y las heridas aún no cicatrizadas. Porque un compañero del largo camino de la oposición ostentaba ahora esa alta representación. Daba igual bajo qué siglas, al menos para mí.

Como es natural, desde aquel inicio de la democracia, seguimos caminos distintos. Solo volvimos a reencontrarnos cuando lo eligieron Defensor del Pueblo, sucediéndome en esa responsabilidad. Y debo decir que me volví a sentir contento, porque Fernando, títulos oficiales aparte, sentía la función, la comprendía, la respetaba. No siempre ha sido así con posterioridad.

Lejos ya de la actividad pública los dos, Fernando siguió teniendo un comportamiento sencillo, y discreto. Su progresiva pérdida de visión nunca le acobardó, y estuvo en cuantos actos institucionales entendía que debía estar. Cada vez que nos encontrábamos mostraba su afabilidad y el cariño mutuo que nunca desapareció. Efectivamente fue un demócrata sencillo y discreto, que en su momento no se echó atrás ante los riesgos. No todos pueden decir lo mismo. Descansa Fernando, que te lo mereces.

1 Comentario

  1. Gracias, Álvaro, por tu nota: personal, ecuánime, cualificada. Si caer en ninguna mitificación de la Transición, lo cierto es que proyectos como la Democracia Cristiana y personas como Fernando Álvarez de Miranda supieron estar a la altura de las circunstancias. Y es bueno contar con cronistas que, como tú, puedan transmitirlo desde la sensatez, la concordia y –también– las discordancias.
    Además de sus responsabilidades como Presidente del Congreso y Defensor del Pueblo, querría yo también recordar su labor como Embajador en El Salvador y, concretamente, su papel tras el asesinato de Ellacuría y los jesuitas de la UCA.
    Gracias, Álvaro.
    Descanse en Paz, Fernando.

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