Otra de las grandes alteraciones, antropológicas y sociales, es la relativa a las relaciones en la era digital. Después del tiempo y el espacio, aporto algunas ideas respecto a este cambio. Muchos han mostrado su preocupación con suspicacia y sospecha, y otros tantos manifiestan su encanto y hacen valer sus posibilidades. Lo cual muestra, ya partida, que es una cuestión cuanto menos controvertida y muy polivalente. Si alguien tiene todo claro, quizá no sepa absolutamente nada.

Como punto de partida diría que Internet es un espacio lo suficientemente dilatado y real como para que tengan cabida infinidad de tipos de relaciones. Las relaciones en la era digital se mueven igualmente en dos ámbitos. Y existen tantas en lo digital como en la vida no digital. Abarca tanto el trato asiduo y constante con los amigos que vemos todos los días o una vez al año, como la búsqueda de nuevos contactos y experiencias, de cualquier signo.

Antes de comenzar, hablemos de qué es una relación y qué la define. Sin muchos matices, es la capacidad de una persona de llegar a otra, por lo tanto la caracteriza la capacidad de apertura del uno al otro. E, igualmente, ese conocimiento se da recíprocamente, de tal modo que uno y otro se reconocen mutuamente. Esa fractura, la de la distancia absoluta y la ignorancia mutua, se rompe definitivamente. Y dicha nueva situación para ambos es causa del cuidado común, de la responsabilidad compartida. La vida sólo se amplia en más vida.

1. Amplitud y alcance de la relación digital.

Una de las características más destacadas de las relaciones en la era digital. Llegar, por doquier, a miles de personas. Se define como viralidad esta capacidad de comunicación, quizá sin llegar a crear una auténtica relación, por carencia de encuentro. Pero no puede ser todo. La amplitud define posibilidades, también de establecer otro tipo de relaciones y entrar en contacto con personas allende los mares. El encuentro se define por el tema, que aproxima interesados y convoca. Un #hahstag auténtico define una enorme proximidad, que debe ser a su vez ampliada. Es decir, que cuando hablamos de amplitud se trata del espectro de posibles, pero la vida digital debe llevar necesariamente a la concreción, selección y cuidado de la relación.

2. Fragilidad y fortaleza del vínculo digital.

Se dice, a mi modo de ver con muy poco acierto o criterio, que las relaciones digitales son frágiles, se limitan al “contacto”. Creo que esta debilidad descrita no provine de la cultura digital, sino del individualismo postmoderno. Diría que aquellas relaciones que se quedan en el ámbito digital meramente, ciertamente pueden decaer en frágiles. Pero, por el contrario, las relaciones se fortalecen gracias al alcance y presencia de estos nuevos espacios. Recibir una palabra de ánimo, de alguien que queremos en un momento en el que lo necesitamos. Los vínculos y su fortaleza no dependen de las herramientas sino de quién las usa. La clave está en crear verdaderas comunidades (amigos, familia, trabajo, proyectos) que se vean cuidadas también en lo digital, pero no al margen de la vida.

3. Encuentros entrecortados.

Otra característica, que todos hemos vivido: la multitarea, estar a varias cosas al mismo tiempo. También en el campo de las relaciones. Igual que es posible “abrir ventanas”, sin centrarse en ninguna, lo mismo ocurre en el campo de las relaciones. La imagen común es la de estar a mil cosas, y a mil relaciones. ¿Esto es cierto?

Diría más bien que se trata de encuentros “breves”, más que encuentros entrecortados. Un comentario, la respuesta a un mensaje, no son encuentros. De hecho, la llegada del streaming a las redes sociales impone la permanencia. Quien participa del directo de otra persona, no puede ver más a través de su dispositivo. Queda atrapado en la relación, todavía en germen de humanidad. Falta mucho, pero el paso es definitivo. Cada vez mayor presencia y más dedicación personal, del uno con el otro.

4. Tratar al desconocido. ¿Autenticidad?

La gran cuestión del desconocido es la autenticidad del otro. Dando por supuesto, eso sí, aunque quizá demasiado rápido, la propia autenticidad en la red, el deseo de mostrarme como persona, sin instrumentalizarme primero a mí mismo. En principio, toda persona es desconocida y me llevo de ella una primera impresión. Ya sabemos que nunca debemos quedarnos ahí, sino profundizar. El hecho de saber “algo” de “alguien” no significa, en absoluto, haber llegado a conocer a esa persona. Es decir, nos conocemos por “datos”, más o menos simples, y se mantiene el reto de llegar a saber quién es, no qué. Quien en la red se da a conocer por “algo”, ciertamente se instrumentaliza primero a sí mismo. Pero también valdría esto para todo aquel que entabla relación con otra persona por “algo” distinto a la persona misma.

El “algo” que conocemos de una persona es la oportunidad para ir más allá. ¿Se da este paso en el mundo digital? Creo que sí, sin lugar a dudas. El desconocido deja de serlo. Los vínculos y las relaciones se deslocalizan, superan ampliamente los límites de un espacio concreto. Nos permite llegar mucho más allá.

5. La circularidad y el encerramiento.

Toda persona en la red, como en el mundo, se ve posicionada en un espacio concreto, no tan visible ni tan perceptible. Viene dado por la información que la red analiza de nosotros mismos, derivada eso sí de nuestra actuación, comentarios, vínculos. Este posicionamiento es muy útil para seguir creciendo en una determinada dirección, con unas relaciones concretas. Un educador difícilmente encontrará y ampliará su red con médicos, y a la inversa exactamente igual. A no ser que decida no encerrarse en sí mismo y en sus cosas. Pero, por desgracia, debemos hablar que la obligación que comporta la presencia física con personas de distintos ámbitos, no se da por igual en la vida digital. De ahí que la red sea, al mismo tiempo, una fuente de conflictos y enfrentamientos en el que unos “grupos” se intentan alzar por encima de otros, funcionando en masa. Esto se ve muy reflejado en la radicalidad creciente de posiciones políticas y sociales. Lo humano, desgraciadamente, es otra cuestión: la proximidad, la obligación de tratar con el otro, distinto, para que no se convierta en distante y ajeno.

6. Descuido de los cercanos.

Es la gran crítica, la madre de todas las críticas. Padres enfadados con sus hijos porque “no están” en familia, sino con el móvil, profesores que se quejan de las distracciones de sus alumnos, empresarios que se plantean la falta de productividad de sus trabajadores. El argumento es claro: estar “en las pantallas” comporta el olvido de lo más próximo. Sinceramente creo que esto no es así, por la cultura digital sin más, sino por la adolescentización de la sociedad, la falta de madurez. Evolutivamente estamos diseñados para la proximidad y el cuidado de lo próximo, pero también necesitamos de un momento de expansión y formación personal. Ese desarrollo de uno mismo comporta las relaciones de forma decisiva y la persona debe cuidarlas. Lo cercano, ciertamente, es elegido por uno mismo en su crecimiento y creado por sus decisiones y libertad. Esto se da en la adolescencia, pero cuando esta se prolonga bajo el individualismo y una sociedad líquida, las relaciones carecen de compromiso y se valoran en función de uno mismo y no las relaciones. Yo diría que quizá la cultura digital está cultivando, aún más si cabe, esta tendencia pero podría ser de otro modo. Un adulto, persona madura en la red, no descuida, ni de lejos, lo más próximo sino al contrario. Ve en este nuevo espacio una oportunidad más.