Alteración del tiempo en la era digital

Cuando pensamos en una sociedad digital nos damos cuenta de que estamos ante un cambio de era, no ante un cúmulo de cambios. La era digital supone una transformación real y efectiva de parámetros tan esenciales como el espacio y el tiempo, a los que estábamos socialmente adaptados de otro modo. Negar los cambios es un absurdo, sentir resistencias me parece lo más razonable. No en vano está en juego el desarrollo mismo del ser humano. El tiempo en la era digital es crucial.

Uno de estos grandes saltos ha sido la inmediatez, la necesidad de atender a cualquier cosa casi en cualquier momento y despojada esta reacción del espacio. Basta con entender lo que supone el teléfono móvil y sus aplicaciones de mensajería. Pero ligado a esta inmediatez está una sensación de sincronicidad, carente del encuentro y del rostro al que estábamos socialmente adaptados. En cómo vivir esta sincronicidad, sabiendo distinguir momentos, sin mezclar continuamente unas cosas con otras, está el reto. La constante disponibilidad, la cantidad de oportunidades de comunicación no puede enturbiar el criterio respecto a la calidad del encuentro, la profundidad del encuentro, la presencia del encuentro.

El tiempo en la era digital se vive, muy descrito ya por muchos, como una nueva aceleración. No la primera, sin duda alguna, pero sí quizá la más exigente en los últimos siglos. De la mano de la tecnología vivimos una constante renovación y necesidad de estar al día. “Lo último” tomado por “lo bueno” demanda una capacidad de adaptación constante y un ritmo frenético. La tendencia marca una proyección hacia adelante constante, que quizá derive en olvido y distancia con el pasado hasta el punto de la anmesia. La comunicación se entiende hoy como un continuo estar presentísticamente, por destacar su exageración, que se recrea a sí misma diariamente. Lo de hoy es lo de hoy, casi lo más importante. Lo de ayer, ya pasó. Pero triunfa el que llega a tiempo a “lo último”. Cualquier cosa menos parar, hay que seguir adelante. Pero cuando decimos “adelante” no decimos “futuro y horizonte”, sino ahora. Y no pocas veces lo hacemos con el obligado cansancio de estar respondiendo “al mundo” en lugar de a nosotros mismos. Una humanidad, por tanto, obligada, empujada, asfixiada por necesidades creadas.

Por otro, esta forma de vida nos condena a lo efímero. Entendido como esa vivencia del tiempo tan ligada al consumismo que pronto se convierte en caduca, carente de valor. Estamos en manos, dirán algunos, de “algoritmos” que cuestionan nuestra presencia y pertinencia sólo en función del ahora, de la reacción rápida, de llegar una y otra vez a ser los primeros, los que ocupemos un espacio relevante en un mundo en continua creación. El tiempo en lo digital es efímero. Las memorias son externas, objetos en los que rebuscar, donde el ser humano se desentienden en cierto modo. Quizá en parte también porque no se arroja el sujeto sobre nada sustancial, sino sólo sobre aquello que en cada momento es mero accidente. Quizá, y esto sería más grave, porque perdemos capacidad de profundización, de deliberación, de búsquedas hondas. Si todo se convierte en “cuanto antes mejor“, nos sobran los procesos lentos y tremendamente laboriosos del diálogo, de la escucha, de la búsqueda de acuerdos. Nada conviene más a lo efímero que la preocupación individual de cada uno consigo mismo, y destacar la eficacia como aquel que “pierde menos tiempo” y es más rápido en aportar una “solución”. Lo efímero es enemigo de la democracia, dicho sea de paso, y de sus bases sólidas. Lo efímero es lo líquido, lo que pronto deviene, deja de ser, se transforma en otra cosa y se adapta, carente de criterio, a las circunstancias del hoy.

La tercera característica del tiempo en la era digital será entonces la pérdida del individuo de su dominio sobre sí mismo. Muchos empiezan a criticar la cuestión por aquí, por los problemas de gestión del tiempo. Pero yo creo que es poco más que un síntoma, alarmante ciertamente pero síntoma al fin y al cabo, de la era digital. Un paso más del nihilismo y su avance destructor. Sin orden, sin fines, sin capacidad y motivo para dominar las cosas a su alrededor. Esta mala gestión del tiempo se nota en la falta de atención, de concentración, de esfuerzo. Mejor es, según dicen, dejarse fluir y que el tiempo siga su curso. Como si el tiempo no fuera una de esas cosas que la persona debería dominar, en lugar de dejarse dominar por ellas. El tiempo no es la vida, de la vida no se es dueño, pero del tiempo deberíamos serlo. La era digital ofrece una vulnerabilidad más del ser humano frente a la creación, de la que está llamado a cuidar.

No sólo afecta a la vivencia del pasado, sino también del futuro nebuloso. ¿Qué proyecto hay hoy, en medio de la incertidumbre y del cambio, que sea lo suficientemente atractivo como para comprometer enteramente una vida? Muchos creen que pocos, por no decir ninguno. La democracia se quiere “ya”, y a gritos, como si fuera tarea de otros conseguir alcanzarla y sin reflexionar sobre ella suficientemente. El imperio de la utilidad nos obliga a pensar continuamente para qué me sirve “ahora” esto, y a responder sin amplitud de miras, sin la construcción que requiere una vida entera. Así mis alumnos, que no comprenden la “utilidad” ahora de la historia, el arte, la ciencia, la biología, la química… ¿Qué gran proyecto tiene la humanidad para sí misma? ¿Cuánto está dispuesto a deliberar sobre él?

Por último, el fenómeno de la duración. Caduco, pasajero, sumido en la temporalidad e incapaz de reconocerla y mirarla con objetividad. Los jóvenes pueden pasar horas “absortos” sin conciencia de la duración. Porque lo que dura y permanece en cierto modo ha perdido interés y valor. La duración, que nos habla de una cierta solidez por consolidación, golpea duramente las relaciones que se vuelven instantáneas y momentáneas, sin lazos fuertes, sin vínculos asentados. No hay tiempo para esto, hay que seguir a lo siguiente. Para hoy sirve, para mañana ya veremos. La vivencia de la duración en el mundo digital es más bien pobre, penalizada, casi aburrida. Se necesita novedad, y volvemos al principio.

A lo anterior respondo ahora, para terminar. Lo nuclear es la persona, no las circunstancias. De lo que más se adolece hoy es de una mirada profunda y sólida sobre el ser humano en su conjunto. Sin una idea medianamente clara al respecto, dado el cambio de era al que asistimos, lo habitual será derivar en confusión y sometimiento. La persona lanzada, arrojada al modo de la “obligación del estar” pero vacía del sentido, de ser.

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2 Comentarios

  1. Muchas gracias por la valoración.
    Ojalá siga siendo completada esta reflexión, matizada y corregida. Estamos tan encima del fenómeno digital y sus cambios que son difíciles de ver.

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