Alteración del espacio en la era digital

Miramos con recelo la era digital, porque no terminamos de entenderla. Los entusiastas defienden sus notables avances, posibilidades casi imposibles de soñar hace un siglo, mientras los detractores digitales inciden una y otra vez en los cambios que provoca. Ciertamente supone la destrucción de un modo de vida y el nacimiento de otro. Respecto de la vivencia del tiempo o del espacio en la era digital caben muchas consideraciones, sobre las que hacer balance y reflexionar seriamente.

La red, muy especialmente su comprensión social y compartida, crea un nuevo espacio común. Su creación es diaria, constante. Es como si viésemos expandirse un continente entero por minutos y las personas se agrupasen en sus márgenes. La imagen de esta red revela una evolución y crecimiento permanente que tiende, de algún modo, a duplicar el existente analógico pero no sólo. No es un paralelo ni absoluto, ni total. En este nuevo espacio común se producen encuentros compartidos entre personas, proyectos, realidades que devienen en colaboración o competición. La clave espacial del posicionamiento digital nos revela que hay una pugna, muy potente, por estar siendo referente de este crecimiento imparable.

Gracias a Internet hemos estado, de algún modo, en muchos lugares del mundo. Digamos que la proximidad es real, el acercamiento posible. Fruto de la globalización de la comunicación, y la multiplicación y mejora de herramientas y canales, somos capaces de hacernos presentes en realidades muy distintas. Sin tocar, sin llegar a estar total y absolutamente, pero con una presencia muy real y con un impacto general. Por ejemplo, Rusia se involucra en las elecciones de EEUU, sin cruzar ninguna frontera, o los movimientos de capital producen flujos continuos que van de un lugar a otro del mundo. Las personas, también. Cientos de activistas de todo el mundo “han estado” en Grecia, han seguido las migraciones, y los propios inmigrantes recibían información de un lado y otro del Mediterráneo.

El matiz se hace imprescindible. Las formas de presencia digitales son insuficientes, cuando no esquizofrénicas. No hemos estado del todo, no al modo humano, con sus límites físicos y corporales en determinados lugares del mundo que sí hubieran necesitado una presencia contundente. Si en lugar de estar en la “Grecia digital”, ante el flujo de refugiados, los millones de personas que hablan en la red del asunto hubieran ido “allí mismo”, la cosa sería muy diferente. La presencia digital es una presencia en imagen, como proyectada y enajenada de algún modo, pero no absoluta. Esta división en la persona no debería derivar en la confusión sobre su propia vida y el lugar del mundo que ocupa. La contraparte lamentable, de un mundo que es capaz de mirar tantas cosas es doble: la pérdida de presencia en su entorno más próximo, sujeto a su corporalidad y a su mundo, con la atrofia de su contemplación de lo cotidiano; la sensación creada de que el mundo es capaz de ser mirado por una pantalla, conocido con una imagen.

Otro de los asuntos más destacados es la llegada de la realidad aumentada. Básicamente podríamos decir que se trata de enriquecer el espacio con información, datos e imágenes, que se presentan unidas para el usuario. Cientos de posibilidades se abren para la mente humana, a las que va a tener que acostumbrarse. Frente a quienes hablan de la creación de un “Matrix colectivo”, diría que tenemos la oportunidad declarada de hacer frente a semejante manipulación. Pero los peligros son reales, la desatención a lo físico, a lo corporal, a la construcción real de los espacios. ¿Servirá para abrir más los ojos o como instrumento cegador?

Un último aspecto es la relación entre lo digital y la propia corporalidad. En un doble sentido: en la experiencia de la propia corporalidad, que se diluye y se cosifica; y la experiencia del rostro ajeno, de la presencia del otro en mi vida y la irrupción que supone. Respecto a la primera, se vive una relación extraña con el cuerpo, como separado y seleccionado. La corporalidad prescinde de su estar en un lugar del mundo concreto, inserto en una realidad determinada con la que se relaciona dentro de sus posibilidades y limitaciones. De algún modo la persona convive consigo mismo y a través de una imagen consigo mismo. Esa selección es imposible fuera del mundo digital, ni en el caso del disfraz.

La segunda vivencia revela algo similar. El encuentro con el cuerpo del otro, con su corporalidad carece de rostro y se percibe en una imagen. De nuevo esta apariencia puede mostrar la persona u ocultarla. El juego de la relación se hace entre imágenes, no entre personas presentes la una a la otra. Son perfiles, que ciertamente son vividos por personas, pero con sus límites. Algo que en la corporalidad es natural, como tocarse y sentirse, se hace aquí por medio, en escala por así decir. Es un paso hacia el conocimiento mutuo, pero insuficiente en modo radical.

Concluyo, como en el pasado artículo, con la necesidad de reeducación social que requiere el cambio digital, de matizar estas transformaciones y reflexionar sobre ellas sin acogerlas crédulamente. Indiscutiblemente la ruptura del espacio, puede ser motivo, y ojalá así sea, de una mayor proximidad en lugar de división y encerramiento, de salir de uno mismo y su sofá hacia el encuentro con el otro. Hasta el momento, estos segundos pasos no están siendo lo prioritario.

 

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