Dentro de unos años la mochila digital desplazará a la mochila tradicional como micro contenedor de libros, cuadernos y material escolar. Hace unos años, la preocupación por la salud de nuestros escolares generó un gran debate público que llegó a plantearse en términos épicos como “el mito del peso de las mochilas escolares”. Fundado en el incremento de lesiones de espalda entre los escolares, que un año tras otro forzaban su columna a llevar un material escolar que superaba el 10 o 15% de su peso. Aunque los fabricantes se las ingeniaron para poner ruedas y asas extensibles, la mochila tradicional no aligeró su peso hasta que aparecieron las tabletas y ordenadores portátiles. Con la llegada de estos artilugios, algunas editoriales iniciaron sus campañas para vender sus unidades didácticas en formato digital anunciando que “ahorraban cinco kilos” en la mochila tradicional.

Los lectores que tengan hijos en edad escolar habrán comprobado que casi ninguno de nuestros hijos anda más de 15 minutos con la mochila al hombro, que nunca se lleva todos los libros y que la era digital no ha suprimido libros, cuadernos o material escolar. Lo que sí habrá comprobado es que ahora no sólo hay que dejar un hueco para las tabletas u ordenadores, sino para los móviles, algunos cables o la PlayStation. Así pues, la mochila digital no parece llamada a sustituir a la mochila tradicional.

La mochila digital ahora está llena de textos digitales que las editoriales han elaborado minuciosamente y casi platerescamente. En los libros tradicionales sólo se podía jugar con la imagen y los textos, no había espacio para los documentos sonoros, para las imágenes en movimientos o para los cambios en el formato de letra. Esto último resulta verdaderamente revolucionario porque la adaptación del tamaño de letra no sólo facilita los aprendizajes en alumnos disléxicos o con alguna disfuncionalidad visual, sino porque facilita que los padres y abuelos podamos resolver las dudas que nuestros hijos tienen cuando hacen los deberes.

Los textos digitales no son como el papel porque ofrecen infinitas posibilidades para el aprendizaje dado que también el profesor puede personalizar las unidades de aprendizaje de su grupo. Los defensores de su uso también argumentan que se puede escribir, anotar y borrar en ellos de la misma forma que se hace con los cuadernos tradicionales. De la misma manera que usamos lápices, bolígrafos o rotuladores, las tabletas y ordenadores permiten marcar con teclados, ratones o punteros.

Los críticos de la mochila digital sostienen que el uso continuado de tabletas y ordenadores en las clases favorecen la distracción e impiden la concentración. Más que un instrumento de aprendizaje, la mochila digital es una herramienta para la distracción donde la permanente conexión con las redes sociales dificulta la atención educativa. Por el contrario, los defensores consideran que los maestros y profesores no debemos tener miedo a las distracciones porque el libro o la pizarra tradicional no nos garantizan por sí mismos una buena case, es decir, la mochila tradicional no evita los déficits de atención, el aburrimiento o la pasividad.

A diferencia de los digital-fóbicos, los digital-fílicos consideran que esta nueva mochila puede abaratar los costos de la enseñanza. Teniendo en cuenta que todo el sistema educativo impone el desarrollo de la competencia digital, parece absurdo resistirse al uso de las herramientas TIC, el manejo de los portales web para realizar programaciones educativas y el inicio de estrategias de innovación vinculadas con aprendizajes digitales. Si cualquier actividad, ocupación, empleo, trabajo o profesión del futuro estarán relacionado con herramientas digitales, no tiene sentido que el sistema educativo se construya de espaldas a la era digital.

 El desafío educativo acaba de empezar porque la comunidad educativa no está preparada para la mochila digital. No me refiero solo a los maestros y profesores que aceleradamente se están capacitando digitalmente, me refiero a las familias y las autoridades locales. No todos los centros educativos tienen las instalaciones adecuadas ni pueden permitirse contratos de mantenimiento que garanticen velocidad y seguridad en fibra o banda ancha. De nuevo asistiremos a una dualización de centros, unos con solventes recursos para infraestructuras tecnológicas que facilitan aprendizajes y otros dependiendo de la cobertura de la zona, de la obsolescencia de los materiales y de las correspondientes líneas presupuestarias.

En lo que respecta a las familias el desafío no ha hecho más que comenzar porque los maestros y padres no comparten las mismas competencias digitales, tampoco tienen claro el valor de la cultura digital para el futuro de los escolares. Y lo más interesante de este desafío está en los nuevos horizontes culturales que se abren para unos equipos educativos donde siempre hay dos tipos de educadores, unos que con la promoción de la mochila digital señalan con el dedo la luna y otros que se resisten a su uso porque prefieren un dedo… aunque esté manchado de tiza.

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