El aire acondicionado, metáfora de Occidente

Miguel Ángel García

Llevamos tan sólo veinte día de verano, y no hemos parado de vivir inmersos en pequeñas olas de calor que incluso ya habían ocurrido al final de la primavera. Se habla otra vez de máximos históricos (en medias, en valores puntuales, y hasta me atrevería a decir que en sensación ciudadana) y, por supuesto, la venta de aparatos de aire acondicionado se dispara para hacer frente a esta situación. Así, al menos, nuestro entorno estará fresquito, aunque a cambio pongamos un nuevo granito de arena en nuestro saco de emisiones de efecto invernadero.

No me voy a sumar, no obstante, a las numerosas críticas a este comportamiento. He de decir que lo comprendo, porque algunas tardes son casi insufribles sin esa ayudita, y es grande el gustirrinín que sientas cuando entras en algún establecimiento que tiene en marcha el aire acondicionado, después de haber atravesado el horno en que algunas de nuestras calles se convierten con estas temperaturas. Hay que reconocer que esta sofocante experiencia no es nada agradable, aunque la compartan, por desgracia, miles de personas en otros ámbitos del mundo, sin posibilidad de resolverlo con ningún aparatito al alcance de sus medios.

Pero sí quería que el hecho de comprar el correspondiente aparatito de aire acondicionado, o de ponerlo en marcha, no aparezca como un hecho inocente. En absoluto lo es. Y con ello tan sólo pretendo sacar a la luz las consecuencias que esa compra, o esa puesta en marcha, puedan tener, para tenerlas en cuenta y, al menos, sentirnos responsables de ellas. Quizás así nos veamos obligados a dar alguna respuesta, y no tan sólo a encender alegremente el aparato desde el botoncito del mando a distancia.

El consumo eléctrico se dispara en nuestro medio en dos momentos del año, coincidiendo con las mínimas y máximas temperaturas en invierno y en verano respectivamente; además, el patrón horario cambia, siendo las horas centrales del día las de mayor consumo energético en verano (las horas de mayor temperatura), mientras que en invierno son la media mañana y la segunda mitad de la tarde. La relación parece clara: en esos momentos se incrementa el consumo medio con el producido por las distintas fuentes de suavización térmica, la calefacción y el aire acondicionado. Y según informa Red Eléctrica Española, esa concentración de consumo en picos máximos incrementa la dificultad de gestión del tráfico de energía y la necesidad de producirla a partir de las centrales con mayor índice contaminante.

Está claro, el aire acondicionado consume energía y aumenta nuestra huella de carbono y nuestra repercusión global en el medio ambiente (no olvidemos que también se consumen materias primas para la producción de estos aparatos electrónicos). Pero me gustaría que fueramos un poco más allá. Porque en el aire acondicionado no todo termina con el consumo energético y su repercusión sobre el medio. No. También alcanza a la conciencia personal.

Porque cuando dedicimos utilizar una medida de climatización, suele ser porque no nos es suficiente con abrir las ventanas y aprovechar la temperatura exterior. Más bien es todo lo contrario: queremos aislarnos de ese exterior excesivamente cálido (o excesivamente frío), cerramos todas nuestras ventanas, nos aislamos completamente y presionamos el deseado interruptor. Y allí nos quedamos, absolutamente cómodos con el ambiente que se crea en el interior, y aislados del agreste exterior, del que tan sólo hemos adquirido el maravilloso aparatito y consumimos su energía eléctrica. Y al que, por cierto, vertemos una oleada de aire caliente.

Y este es el riesgo: que creemos nuestro microclima y deje de preocuparnos lo que ocurre más allá de nuestras ventanas (o incluso lo empeoremos). ¿No es eso, al fin y al cabo, lo que ha hecho occidente a lo largo de su reciente historia: crear un ambiente interior cómodo y seguro, a la vez que tratar de aislarlo completamente del exterior (salvo para importar todo aquéllo que necesitemos)?

Así que, querido/a amigo/a, si decides hacer frente a las inclemencias térmicas en tu casa o en tu medio de trabajo, no lo hagas inocentemente: siente primero que hay muchos seres humanos expuestos a esas mismas inclemencias; mira a ver qué alternativas sostenibles te permitirían hacer algo más agradable la temperatura de tu entorno habitado (quizás un ventilador antes que un aparatito de aire, o a la vez que éste, para reducir el consumo eléctrico), y, si finalmente pones en marcha tus aparatos, no olvides nunca que eso no mejora el ambiente exterior, sino que lo contamina y puede que reduzca tu nivel de contacto con él. Haz, entonces, un esfuerzo por asumir tu responsabilidad con ese exterior en el que muchas otras personas conviven y luchan con todo tipo de inclemencias. Y aprovecha tu situación privilegiada para colaborar de una forma más efectiva en ayudar a resolverlas.

Y no, abrirte al exterior no hará que consumas energía de forma poco eficiente. Hará que transformes un consumo negativo de energía en otro positivo, ese que produce bienestar para el conjunto de la humanidad.

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