Hace unas semanas mi compañera de blog Anna Bajo Sanjuán publicó un interesante post sobre la crisis de la prensa y sus consecuencias, titulado «Prensa ahogada, libertad ahorcada». Quisiera aquí limitarme a hacer algunos comentarios a ese post, por lo que les invito a leerlo antes de seguir con el mío. Por mi parte, también me he referido a este mismo tema anteriormente aquí y aquí.

Financiación de los medios

Me resulta provechoso el repaso que hace Anna a los modelos de financiación que ha explorado la prensa en los últimos años: paywall o muro duro, modelos mixtos como el soft paywall o metered model, el freemium o, por último, las donaciones privadas.

En mi opinión, a esa lista habría que añadir, por lo menos, un modelo más: la subvención pública directa a los medios. Hay que contemplarlo, porque se trata de un modelo que ya se aplica en nuestro país, aunque solo en determinadas circunstancias. Por ejemplo, en el País Vasco se conceden ayudas a los medios en euskera, dado que sería imposible sostener en el mercado un periódico con un público potencial tan reducido ―700.000 euskadunes alfabetizados―. No digo que ese modelo sea generalizable, pero hay quien, desde la consideración de los medios como un «bien público», lo cree justificado. Por cierto, frente a los temores que algunos pudieran albergar, la prensa euskaldun subvencionada está lejos de mostrarse sumisa ante el gobierno que la subvenciona, más bien lo contrario.

Por otro lado, el debate no debe limitarse a fórmulas ya ensayadas. La situación puede demandar medidas excepcionales y creativas: por ejemplo, la propuesta de convertir los medios en fundaciones no lucrativas con privilegios fiscales, como propone Julia Cagé en su libro Salvar los medios de comunicación.

Las consecuencias de la crisis de la prensa

Anna advierte en su post del peligro de que, ante la crisis del modelo tradicional, los periódicos caigan en el negocio de la venta de datos a empresas financiadoras y de que, a consecuencia de ello, en el futuro tengamos que «leer lo que los propietarios o patrocinadores de turno deseen que leamos».

Me parece una advertencia pertinente, pero no es ese mi mayor temor. Lo verdaderamente preocupante —y no es ninguna conjetura, sino una realidad ya constatable— es que al pasar de un modelo de negocio en el que se daba un equilibrio razonable entre publicidad y venta de ejemplares a un modelo prácticamente sostenido solo por la publicidad, se desata entre los medios una encarnizada batalla por el click —¡cada click vale dinero!— que deteriora la calidad de la prensa: titulares llamativos, emotivismo y sensacionalismo, fake news, polarización y gusto por el conflicto, etc. El nuevo contexto mediático es el ejemplo perfecto de situaciones de mercado en las que la «mano invisible» de Adam Smith juega contra el interés común: todos compiten por ser peores.

El caso Vocento

Anna menciona en su post el caso de los periódicos del grupo Vocento que están experimentando en España con el paywall ―el proyecto se llama ON+ y por el momento lo ofrecen El Correo, El Diario Vasco y, desde hace unas semanas, El Diario Montañes―. Me interesa el caso, por las enseñanzas que puede darnos para el futuro. Les cuento mis impresiones personales sobre lo que está ocurriendo en Gipuzkoa.

Gipuzkoa es un territorio en el que El Diario Vasco goza de una hegemonía envidiable: su cuota de mercado en prensa escrita, si excluimos los diarios deportivos, ronda el 85%. En los últimos años, el Diario Vasco no ofrecía en su sitio web los contenidos del periódico, sino otros contenidos más ligeros, que podían en algún caso nutrirse de algunos apartados del periódico, pero que eran gestionados de manera independiente. ¿Qué sucedió? Que muchos lectores dejaron de comprar la versión impresa —descensos anuales en ventas en torno al 4%—, pero siguieron considerando a este periódico su cabecera de referencia, adquiriendo el hábito de visitar diariamente la web para informarse —diariovasco.com es el sitio web más visitado en Gipuzkoa—. Lo más interesante es que muchas de estas personas seguían creyendo leer el Diario Vasco, sin darse cuenta de que habían pasado a una versión descafeinada, que tenía poco que ver con el periódico, y que competía por sus clicks como forma de rentabilizar el producto, con todo lo que ello acarrea.

De ahí el interés del nuevo experimento de Vocento. Se acabó la navegación libre por la web: pueden consultarse 10 artículos al mes de forma gratuita, pero a partir de esa cantidad, hay que pagar 4,95 € al mes para gozar de acceso ilimitado. A cambio, la nueva web incluye más contenidos y mayor calidad ―aunque, ¡ojo!, no es lo mismo que el periódico:  ON+ no es el modelo del New York Times―.

Tras constatar que las vías de financiación ensayadas por la prensa en los últimos años son insuficientes, Anna Bajo Sanjuán advierte en su post de que «el riesgo que corremos si no nos volcamos en reconocer —y eso implica pagar— el trabajo de calidad de los periodistas, es enorme. Está en juego nuestra propia libertad». Bien está decirlo, pero si entendemos esa apelación en términos morales ―en el sentido de que deberíamos pagar por una cuestión de justicia o para garantizar cosas abstractas como la democracia, la libertad o el bien común ― me temo que no va a convencer a la mayoría. Si, por el contrario, entendemos la apelación como una advertencia de que hoy sigue mereciendo la pena pagar para recibir, como indivíduos, mejor información, el interrogante es el siguiente: ¿hay un número suficiente de personas conscientes de ello, como para sostener proyectos de calidad? Vocento no ha dado por el momento —que yo sepa— datos de sus suscriptores a ON+.