Ahmed y el binomio fe-justicia

Había una vez un niño que todos los días se subía a lo alto de una endeble torre de madera a llamar a las palomas para darles de comer.

Ahmed tiene ocho años y esto no es un cuento.

Ahmed vive en uno de los barrios marginales de El Cairo. Allí, religiosamente sube a su castillo de palos y astillas, ondea su bandera verde incansablemente, con la energía con la que juega un niño y con la paciencia con la que espera un anciano. Ahmed, a su tierna edad, espera a las palomas con sus bracillos apoyados en la raquítica barandilla del palomar, de nuevo entra, coge la bandera azul y la agita para que no pierdan el centro.

Mientras lo observo, cuento las palomas y me salen 15: unas blancas, y otras negras. Las cuento de nuevo y ahora salen  16, se mueven en círculo y poco a poco se van acercando a la torre de madera donde Ahmed cada día las alimenta.

Las palomas en Egipto son un bocado muy preciado, se rellenan de frik, un grano muy rico que desde tiempos de los faraones se consume en estas tierras.

Las palomas son también el medio de subsistencia de la familia de Ahmed. Viven en un barrio donde la educación universal no es universal sino algo de ricos, no ha llegado eso que ahí afuera llaman colegios.

Los “ashuayet” son barrios marginales de El Cairo, no hay agua, no hay electricidad, no hay colegios, no hay hospitales. Ahmed cuida de las palomas como su padre hizo de niño y como probablemente su hijo hará un día. Ahmed, dentro de su “ashuayet” tiene suerte, porque su familia tiene una caseta donde llamar a las palomas y así subsisten.

Intuyo que más que Tahrir ( o mejor dicho, “además” de Tahrir), será el acceso a una educación universal y de calidad lo que traiga a este pueblo una primavera de verdad. Ojalá que esa primavera llegue más pronto que tarde.

A estos barrios pocas cosas llegan, la cobertura de servicios estatales es nula.  En muchos casos, obras eclesiales acompañan estas realidades, organizaciones religiosas llegan a donde nada llega. La fe llega más allá de los márgenes. Nunca deja de sorprenderme los lugares donde se pueden encontrar obras que, movidas por la fe, acompañan realidades realmente difíciles y desamparadas, donde no llegan ni las ONG porque no hay financiación que cubra ciertas realidades.

Durante toda la cuaresma, la llamada es clara:

“El ayuno que yo quiero es éste: abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, romper todos los cepos; compartir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo y no despreocuparte de tu hermano. Entonces brillará tu luz como la aurora, tus heridas sanarán rápidamente; tu justicia te abrirá camino, detrás irá la gloria del Señor. Entonces llamarás al Señor, y te responderá; pedirás auxilio, y te dirá: Aquí estoy”. (Isaías, 55 6-9).

En este deseo de encontrar puntos de encuentro entre religiones creo que la solidaridad, la justicia social y la lucha por la dignidad de las personas es un lugar común donde instituciones religiosas y personas creyentes de cualquier credo, podemos sentarnos a dialogar o mucho mejor, luchar y trabajar.

La solidaridad, la justicia social y la dignidad humana son las bases para el diálogo donde instituciones religiosas deben aunar esfuerzos.

La tangente entre la fe y la justicia, son un buen binomio donde las diferentes religiones pueden ponerse en juego juntas sin perderse en debates doctrinales ni en diferencias que sólo separan. Pues en la promoción de la dignidad humana y el compromiso social nos la jugamos los y las creyentes, se la juegan las iglesias, y las religiones y diría yo que se la juega el mundo. Pues desde ningún parámetro humano-creyente o no creyente- se pueden aceptar las desigualdades que hay en nuestro mundo.

Una fe sin compromiso social, es una fe desencarnada. Y una fe en “quien se ha encarnado”, no puede estar desencarnada. O al menos, habría que sospechar algo. 

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